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En el abandono…

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En el abandono…

Concha Ramirez de Arellano

Hace muchos, muchos días que nos dio por descubrir, lo lejos que se encuentra la población civil, el mundo de la calle de aquellos que nos administran, nos dirigen y nos sirven… Hace tanto tiempo, han pasado tantas lunas y tantos soles, tantos equinoccios, tantas ideas sueltas y tantas teorías políticas y sociales, que algunas veces parece estar muy lejos y a veces parece tan real, tan aplastante… Intereses enfrentados, dispares y lejanos, a los que cada vez resulta más complejo aproximarse.

De pronto, un par de muertes de dolor doloroso e implacable, en ese duelo que camina uno solo con su gran soledad, flotando en el ambiente de lo insólito, tal vez una ocasión cualquiera para pasar de largo por el trato inhumano del señor a vasallo, del poder al vulgar caminante que pasa de puntillas y de lejos por esa maquinaria de ruedas inservibles y remotas, que siguen dando vueltas a pesar de que nadie recuerda cual era su función, cual su servicio, cual el valor exacto del recoveco opaco de las parafernalias que toda burocracia arrastra pesarosa, sin apenas levantar los pies del suelo, perdiendo de la vista el objetivo, el fin, el para qué y lo que aún es más grave… El cómo, el quién, el cuándo y hasta el dónde.

Entre esa gran madeja, el muro de melaza de la desolación de los papeles, aparece pequeño “el habitante”. En un primer momento, a informarse. A enterarse del lugar y del plazo, del proceso kafkiano (¡Qué tipo! ¡Un visionario!) que supone morirse y que se mueran. El mismo día del duelo, aparecen los plazos, los impuestos, los informes, repartos de los restos de los restos que tocará ordenar, o dar, o regalar, o ensartar en el pincho del espeto para asarlo en la lumbre, en la lumbre infinita del fin del fin del fin…

Y camina pequeño hasta el registro, hasta las voluntades, hasta las testamentarías, los bancos, los notarios, los “ivas” y los “ibis”, a las alturas diferentes que nos hacen iguales, las del administrador que no administra nada, nada de nada en la administración central, es el Registro, Hacienda, está todo tan lejos… En un pueblo pequeño, de una ciudad pequeña, de una sola provincia, de mi comunidad, tendrá también que hacer los recorridos, las vueltas, los lugares, las citas y los plazos de cada círculo inconexo, que no sabemos bien a donde va. Y aunque se siente solo, “el habitante” conoce sus derechos. Sabe que esa estructura, ese edificio blanco de cúpulas azules donde se siente en casa, lo pagamos con gusto, un poco caro sí, pero lo hacemos nuestro, en la seguridad de que cuando cruzamos esa puerta (casi siempre cerrada) están los entendidos en esas burocracias para hacer su función (que es pública), y que las ruedas giren y se engranen y ese muro tan alto de papeles y plazos, se allane ante sus pies y le resuelva raudo los mil interrogantes que toca despejar.

“El habitante” ha cruzado la puerta esperando su turno, con mascarilla doble para cumplir la norma, ha esperado el momento en que alguien le informe a dónde dirigirse y por quien preguntar, y le mandan a “tasas y exacciones” pero es que allí no es.

“El Ayuntamiento no tiene la culpa de que aquí no sea” le dice el funcionario haciendo su función (que es pública).
¿Y dónde es?
“pues vaya usted a Urbanismo”, pero es que allí no es.
¿Y qué hago?
“Pues eche usted una instancia pidiendo información” le dice el funcionario haciendo su función (que es pública).
¿Y eso donde es?
“Eso es en sede” le dice el funcionario haciendo su función…

Y “el habitante”, cada vez más pequeño, no puede desistir. Se ha parado a pensar si debería seguir en el intento de cumplir requisitos y plazos y recursos e instancias, continuar su vida y sus proyectos que conoce y desea, que se sabe capaz de acometer, que generan dos, tres, cinco o veinticinco docenas de puestos de trabajo, que traerán la bonanza perdida entre tanto engranaje, la frescura del aire limpio y puro que cargado de aromas, de esencias y de pólizas y firmas digitales, limpiará nuestras calles de basuras caducas, ordenará los órdenes de barrios y de calles, tal vez de dos en dos, sin caballos, sin coches. Paseando, saludando al vecino que agradece sus soplos y también al que viene a comerse sus panes y fabricar los nuestros.

¡Adiós vecino!
¡Buenas noches Agente!

En los días de calor de este verano, sacar a los camiones a que rieguen las calles y refresquen los parques y las plazas. Esas plazas vacías, porque en el abandono, el habitante…

Decidió desistir…

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