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El turismo y el récord

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El turismo y el récord

Foto A. Martínez Mata

Por Antonio García

No hay record y, posiblemente, nunca lo habrá. Ha sido una pena, pena penita pena, pena de mi corazón. Pero luchar contra la realidad es como pelearse contra una tapia. Y de verdad que lo siento. Por un motivo muy concreto: me da lástima que el esfuerzo, el afán y la ilusión que han puesto los organizadores no se vean recompensados con el éxito de la empresa. Podría añadir también que lo siento por los hellineros; quedaría bien, pero les mentiría. Por ese lado no me da pena ninguna. Ni creo que a la mayoría. Ya se que obtener el récord Guiness nos habría añadido un plus de vanidad, hubiera enardecido aún más nuestro orgullo tamboril, pero nada más. No hubiese servido para nada más, aparte de figurar en los próximos carteles semanasanteros.

De manera que no hay que lamentarse. Si bien el reconocimiento oficial, la mágica palabra “Guiness” mola que te mueres, los hellineros sabemos ya a estas alturas que ostentamos la plusmarca mundial de participación tocando el tambor. Y si no, a ver: en Hong Kong consiguieron reunir en un recinto a 10.045 ojosoblicuos con tambor, de una población de más de siete millones de habitantes. Se les caería el braguero del esfuerzo. Si aquí se han contabilizado 12.909, háganse ustedes la cuenta. Más todos aquellos que no pasaron por la valla a la hora precisa y que no serían pocos, desperdigados por el pueblo. Lo mismo que me juego uno y la yema del otro a que, en proporción a nuestro censo, no hay ciudad con tal cantidad y calidad de imaginería religiosa como la nuestra. O sea, que lo tenemos claro a la hora de darnos postín.

Ahora bien, con lo que no comulgo es con eso de que el dichoso récord serviría para atraer turistas a nuestra ciudad. Yo no he contado los foráneos que han venido a Hellín antes de poseer la declaración de “Interés Turístico Internacional” y después de tenerla. Pero vamos…, pizcas pajas. Sin embargo, supongamos que hubiésemos conseguido el preciado galardón. Y supongamos que ello atrae, el próximo año a quinientos japoneses, sin contar otras nacionalidades. ¿Dónde los metemos? ¿Qué hacemos con ellos, aparte de dejarnos retratar? ¿Tenemos infraestructuras para atender un significativo incremento turístico? ¿O promovemos el surgimiento de emprendedores para construir cuatro o cinco nuevos hoteles, que serían ocupados cuatro días al año?

Que no, paisanos, que no. Que no, dignísimas autoridades, que no. La Semana Santa es un “producto turístico” puntual, pero no es suficiente para configurar todo un “destino turístico” con el necesario contenido, infraestructuras y servicios que hagan del turismo un sector rentable todo el año, o la mayor parte de él, que aporte a la economía hellinera algo sustancial y significativo. Algo que le haga sacar pecho y echar “michelines” a nuestro maltrecho PIB, que anda un poco famélico, como el rocín del Quijote.

Porque mientras algunos creen que la Semana Santa nos va a sacar de apuros monetarios, llenando arcas privadas y municipales, el Tolmo de Minateda permanece cerrado a cal y canto dado que la señora Junta, ni toma moza ni se pone a servir. Ni hace ni deja –y del Ayuntamiento, ni se sabe-. Que a la Camareta (sin protección alguna) solo puede entrar el que se lleve de su casa una escalera larga. Que un día de estos, el turista menos precavido se parte la crisma “escalando”, para ver las pinturas rupestres. Que si dices que aquí se pueden hacer deportes náuticos y te los llevas al Camarillas a pasearse en barca, la Guardia Civil les devuelve al secano en cuanto se percate. Que nuestro casco antiguo se muere, y no hay ni quien le de los óleos. Que…

Pero eso sí: “semos de Hellín, el pueblo más prencipal”.

Lo he dicho muchas veces, pero no me canso de repetirlo. Que todavía no ha llegado el que sepa, haga y deje hacer. Ni se ve en el horizonte. Y que los hellineros somos…, pues eso, hellineros. Y viva la madre que nos parió.

Y no les canso más por hoy. Ahora toca apurar al máximo el banquete semanasantero, que a la vuelta de la esquina nos aguarda la primavera, llena de promesas floridas y de paro obrero. Pero ánimo, Hellín es fuerte y siempre sale –no se

como- de cualquier atolladero. Incluso a pesar de nosotros, sus propios hijos y sus propios políticos. Racataplán.

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