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El silencio cómplice…

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El silencio cómplice…

Antonio García

…En el más benevolente de los casos, cómplice involuntario, lo que no exime de responsabilidad y culpa. Alguien dijo alguna vez que el mal lo tiene “chupao” por que el bien mira hacia otra parte. Bueno, no lo dijo igual, pero quería decir lo mismo.

Leo recientemente una noticia cuyo titular dice así: <<El episcopado polaco se ha levantado contra el lobby LGTB que pretende reducir a los católicos al silencio>>. No busquen en los periódicos de tirada nacional, no la encontrarán.

El episcopado polaco lo tiene claro, que es lo mismo que decir que tiene clara la doctrina de la Iglesia, la antropología humana y cristiana y la ley natural. Y tan clarito lo tiene que deja bien patente su oposición a la “ideología de género” y a las presiones del lobby LGTB. Presiones que, por si alguien no se ha enterado todavía, van contra todos aquellos que se atrevan a contradecir sus planteamientos. Ya lo he dicho otras veces: no se ha dado y ni tan siquiera se permite que se produzca un debate social, abierto, libre, científico y legítimo sobre este tema del que tan pocos saben pero que, a los hechos me remito, ocupa uno de los principales puntos en la agenda de todos los partidos progresistas –y no tan progresistas-, eso sí, hábilmente disfrazado. No solo no se permite, sino que se persigue, presiona o coacciona a todo aquél que lo intenta exponer públicamente. Y creo que muy, pero que muy pocos ciudadanos se han preguntado: ¿Por qué será? Si es por el bien social, si los ciudadanos en democracia reclaman la instauración de la ideología de género, si es una exigencia del pueblo soberano a todos sus representantes políticos, ¿por qué no se promociona y alienta el debate con luz y taquígrafos? ¿Qué se nos quiere ocultar? Blanco y en botella para cualquiera que use un poco la capacidad de raciocinio propia de nuestra especie, y que Dios nos ha concedido al crearnos a imagen y semejanza suya: raciocinio y libertad. Pero como Dios no existe… es el propio hombre el que impone las reglas. Y la regla ahora es la dictadura del pensamiento, en un claro y flagrante atentado contra la libertad de expresión y la dignidad humanas.

Cuando leí la noticia que les he comentado, me alegré. Me alegré por Polonia, uno de los poquísimos países europeos, junto con Hungría y alguno más que se están atreviendo a hacerle frente a las imposiciones masónicas de la Unión Europea. Y de los poquísimos que se declaran abiertamente cristianos. Los obispos polacos no tienen pelos en la lengua al decir sin rodeos que “el sexo no es una libre elección, sino que Dios nos ha creado varones o mujeres y no nos ha pedido permiso ni tan siquiera para traernos a la existencia”. El arzobispo de Cracovia ha dejado meridianamente claro que la ideología de género es radicalmente anticristiana, y que tanto “derecho” como parece reclamar el lobby LGTBI es un atentado contra la libertad religiosa. Porque, apoyados, secundados y promocionados por las propias maquinarias estatales, no permiten que se discrepe de sus planteamientos, y ni siquiera que se les responda. Y la que menos, la Iglesia.

Pero al mismo tiempo sentí decepción al darme cuenta, o mejor dicho, recordar que la Iglesia en España está casi hibernando en lo que respecta a este asunto. Salvo excepciones, y considerando en todo su valor la admirable valentía y claridad de algunos prelados y presbíteros, el órgano colegiado llamado Conferencia Episcopal Española se la está cogiendo con papel de fumar. Parece que aquí aún no se ha dado cuenta nadie, pastores y rebaño, de la lucha encarnizada para destruir la Iglesia Católica y la familia tradicional que han desatado estos grupos de presión, apoyados por los mentados gobiernos progresistas –y de los otros- y fuertemente financiados por las instituciones del Estado con el dinero de todos nosotros. Parece que se ha hecho causa con lo “políticamente correcto”, con la modernidad, con las nuevas tendencias y hasta con el relativismo que nos corroe. Y a veces da la impresión –digo, impresión- de no querer molestar o espantar a todos esos feligreses que se han apuntado a interpretar el Evangelio y las seculares enseñanzas de la Iglesia desde “el modernismo relativista”, que es lo mismo que decir, desde su santa voluntad y acomodo. O sea, miedo a perder clientela.

Los Obispos callan frente a estas fuerzas atacantes. Los sacerdotes callan. Desde los púlpitos es rarísimo oír una sola palabra que nos alerte ante esta ola de decadencia y nos ilustre sin ambages y sin complejos de la doctrina cristiana aplicada a esta moderna y nefasta ideología. Y todo ello a pesar de las múltiples intervenciones del Papa Francisco, que en numerosas ocasiones ha puesto las cosas en su sitio. Los catequistas no tienen acceso a formación sobre tema tan peliagudo, de rabiosa actualidad humana, política y social. Y aquí todos felices y contentos, o sea, en Babia.

Callan -y no deberían hacerlo- a pesar de la amenaza que se cierne sobre la sociedad, el individuo, la familia y la Iglesia. Y si muchos de ustedes, queridos lectores, no captan la urgencia de “despertar” y presentar batalla, no les culpo, pero permítanme decirles con todo respeto estas dos cosas: o no se han enterado todavía, o los respetos humanos y el miedo a “comprometerse” lo llevan metidico en el cuerpo. Y tal vez una tercera, que aún considero peor: la total ausencia de interés por estos movimientos y políticas que nos están llevando al abismo moral o, lo que es lo mismo, a la destrucción de nuestro modelo de sociedad cristiana. Les pido que no se molesten con esto que les he dicho, a pesar de ese aforismo que reza así: <<todo el mundo aprecia la sinceridad, hasta que conoce a alguien sincero>>.

Mi afán al escribir estas letras no es criticar, pues soy un profundo –aunque pecador- creyente, hijo de la Iglesia Católica. Pero creo que tengo el derecho y el deber de lanzar un grito de alerta, y relanzar a los cuatro vientos aquella advertencia de Jesús: ¡Ay de los tibios!

Alabo a la conferencia episcopal  de Polonia, y desde lo más hondo de mi corazón le pido a Dios que nos despierte y nos ponga en camino. Y que de una vez por todas, intentemos al menos ser luz del mundo y sal de la tierra.

Lo demás es falta de verdadera fe, o cobardía.

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