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El miedo. Apuntes para una reflexión (I)

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El miedo. Apuntes para una reflexión (I)

Antonio García

Ascendiendo desde Cartago Nova (Cartagena), Aníbal cruza los Pirineos con su ejército y sus elefantes y se dispone a traspasar los Alpes para entrar en la península itálica. Eran los prolegómenos de la II Guerra Púnica entre Roma y Cartago. Cruzar la cadena montañosa de los Alpes parecía misión imposible en pleno invierno. Pero la noticia llega a Roma y hay quien -ante la inquietud y el miedo que ello despertaba entre los romanos-, atendiendo a sus planes personales, aprovecha la ocasión.

En su fenomenal novela histórica “Africanus, el hijo del Cónsul”, Santiago Posteguillo nos deja este jugoso párrafo:

Fabio Máximo –antes dos veces cónsul y aspirante al poder-, les comenta a sus interlocutores: <<Con el miedo, mi querido amigo Terencio Varrón, se pueden conseguir muchas cosas, se puede conseguir todo. El miedo en la gente, hábilmente gestionado, puede darte el poder absoluto. La gente con miedo se deja conducir dócilmente. Miedo en estado puro es lo que necesitamos. Lo diré con tremenda claridad aunque parezca que hablo de traición: necesitamos muertos, muertos romanos; necesitamos derrotas de nuestras tropas, un gran desastre, que nos justifique, que confunda la mente de la gente, del pueblo, del Senado. Nosotros, en ese momento, emergeremos para salvar a Roma>>. Esto ocurría a finales del siglo III a.C.

Llama la atención ese párrafo, porque es de tremenda actualidad. Lo ha sido siempre.

Uno de los sentimientos más básicos del ser humano es el miedo. Hace que no reaccionemos, que no sigamos adelante. Y muchas veces impide que vivamos plena y libremente a la vez que nos sometemos a ciertos mandatos –políticos y económicos- que acatamos sin cuestionar.

José Luís Sampedro, economista y escritor español dice que <<se nos educa para ser productores y consumidores, no para ser hombres libres>>. Y creo que es cierto. Cuanto más totalitario es el poder, más priva al hombre de libertad, porque lo que engendra es temor. Del pánico ajeno, siempre habrá quien saque provecho.

Pero el miedo es también una construcción ideológica. Una herramienta del poder cuando crea temor e intimidación como instrumentos de acción política, difundida y propagada a través de los medios de comunicación de masas. De hecho, el Ministerio de Hacienda español va a destinar a ellos 112 millones de euros en dos años. ¿Algún ingenuo se pregunta “para qué”?

El historiador francés Patrick Boucheron publicó en 2016 un libro titulado “El miedo”, en donde afirma que: <<dar miedo es el primer paso para provocar la obediencia… porque como vivimos bajo el gobierno de los afectos y las emociones, existe un uso político del miedo que crea y permite instituciones de dominación, y el miedo forma parte del ejercicio mismo del poder>>. Y continúa: <<Si la sociedad experimenta una inquietud difusa y tiene miedo, es entonces cuando el gobernante o el tirano de turno nos ordena dónde dirigir ese miedo; es el que nos convence de qué es lo que nos debe atemorizar, y nos obliga a desviar la mirada sobre el verdadero peligro para que miremos hacia una parte y nos concentremos sólo en el peligro que él nos indica como el más urgente de evitar. Y así logra ejercer un gobierno autoritario>>.

La utilización política del pánico es tan antigua como el concepto mismo, y también un fenómeno recurrente a lo largo de la historia, como se está poniendo de manifiesto, una vez más, con la “epidemia” de coronavirus en curso.

Con la actual “pandemia”, se ha creado una situación de pánico social que deriva en comportamientos irracionales en las personas, algo que las hace más proclives a ser obedientes a los dictados de los gobiernos. Ya Aristóteles hablaba del miedo como herramienta de control y manipulación. No es lo lógico actuar como un rebaño, pero para eso se utiliza el miedo. A lo largo de la Historia, detrás de todos los totalitarismos uno puede encontrar el uso del miedo.

En situaciones en las que el miedo es fomentado por un gobierno o un Estado, los márgenes de la legalidad se difuminan, cuando no se traspasan. En la actualidad, ¿hasta qué punto las medidas o decretos emitidos durante la “pandemia” son legales? ¿Están realmente legitimados? ¿Están fundamentados en la Constitución? ¿Se amparan en un transparente y verdadero soporte médico-científico? ¿O hay un uso político?

Suelo nutrirme de personas más sabias que yo –por poco que lo sean-, y en este contexto traigo a colación las palabras del Premio Nobel de Química, Michael Levitt: <<El confinamiento indiscriminado (una medida “basta y medieval”), ha aislado a quienes no hacía falta aislar mientras abandonaba a los más débiles. Contrariamente a la propaganda, y aunque todo juicio sea necesariamente prematuro, es dudoso que a largo plazo y a nivel global haya salvado vidas (quizá cueste vidas), pero es seguro que ha sido un desastre psicológico, social y económico y creo será considerado un error histórico. Uno de sus perniciosos efectos ha sido el poder dictatorial absolutamente fascista creado bajo coartada sanitaria. Sin embargo, su consecuencia más lamentable ha sido condenar a nuestros mayores a morir solos y angustiados, privados por imperativo legal de consuelo emocional o espiritual y de la compañía de sus seres queridos. Este acto de barbarie, impropio de sociedades civilizadas ejemplifica los límites intolerables cruzados por el gobierno al amparo del miedo. Nunca más debemos permitirlo>>.

Y termino. Uno de los recursos más viles, más canallescos, pero más efectivos es recurrir al miedo. Esto no es salud, esto es represión, control, dominio. Lo que estamos viendo es la politización del miedo, no para salvar a las sociedades de la falsa pandemia, sino para controlarlas, para inculcarles más temor y que obedezcan a más no poder. Que se vuelvan subordinados a lo que el Estado autoritario diga y disponga. Una sociedad vulnerable es una sociedad débil: una sociedad que se puede controlar de una manera más fácil.

Cuando el desastre sea total y no haya marcha atrás, vendrán los “salvadores de Roma”, a rescatar y socorrer a un pueblo totalmente atemorizado, vencido, desarmado y… arruinado.

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