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El engañoso cuento del igualitarismo

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El engañoso cuento del igualitarismo

Antonio García

Los regímenes y gobiernos que se llaman a sí mismos progresistas, abogan por construir una sociedad “igualitaria”. Es decir, predican la doctrina del “igualitarismo”. Y gran parte del pueblo, poco acostumbrado a investigar el significado de las palabras y sus diferentes matices, se lo traga crudo, feliz, contento y sin masticar. Qué bien, qué buenos y justos son que nos quieren a todos iguales. ¡Error! No nos quieren iguales, nos quieren igualitarios. Y aunque parezca mentira, no es lo mismo. Vaya galimatías, ¿eh? Pero no se preocupen y no abandonen el artículo, que la cosa es más sencilla de lo que parece, aunque ciertamente tiene su trampa.

Lo mejor que podemos hacer, como siempre en estos casos es acudir a las definiciones que nos da el diccionario de la lengua. Porque miren ustedes, nos expresamos con palabras, y si no entendemos bien el significado de las que utilizamos, el lío puede llegar a ser morrocotudo. Y resulta, queridos amigos, que no es lo mismo igualdad que igualitarismo. Es más, la diferencia es abismal. Así que veamos, y perdonen que me ponga en plan académico.

La “igualdad” es el principio que reconoce la equiparación de todos los ciudadanos en derechos y obligaciones. Por eso es correcto decir: todos iguales ante la Ley. Porque las leyes no pueden hacer distinciones entre personas por razón de raza, sexo, religión, etc., etc. Todo eso que ustedes ya saben. Pero fijémonos en una cosa: las leyes “reconocen”, que no otorgan. Dicho de otra manera, los poderes legislativos no conceden la igualdad, sino que la reconocen. Lo que quiere decir que la igualdad es innata de la condición humana. No la otorgan los hombres. ¿Y saben por qué? Porque todos fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios. Es decir, todos gozamos de dignidad, de mérito y, por tanto, todos somos iguales. En derechos y obligaciones, claro. Este principio solo fue reconocido en todo su significado con la llegada del cristianismo. Y si alguien cree que nos vino de otra manera, que nos lo cuente.

Sin embargo no ocurre lo mismo con el igualitarismo. Porque el igualitarismo es una “tendencia política” que propugna la desaparición de las diferencias sociales. Lo que jamás de los jamases ocurrirá y que además es demagogia pura y descarada.

Para empezar, ya la hemos cagado. Tendencia política. O sea, algo que quieren imponer unos hombres sobre otros hombres. Y si es tendencia política y por tanto obra humana, por fuerza tiene que estar sometida a error. Y de todas las tendencias políticas que pululan por el mundo, ¿a cuál de ellas le toca reconocernos igualitarios?

Además es que esto tiene su aquél, porque así como la igualdad es consustancial con el ser humano, el igualitarismo hay que imponerlo, implantarlo, obligarnos a ser igualitarios.

Pero sigamos metiéndonos en faena. Cuando hablamos de ser iguales, si no matizamos un poco estaremos cayendo en una malinterpretación, en un grave error. La igualdad que traemos puesta se refiere a nuestra inalienable dignidad como personas individuales. Las leyes positivas deben reconocerla y por tanto, no nos la pueden enajenar. Como la libertad. Pero tal como frecuentemente se interpreta es un error, porque no tenemos nada de iguales. Excepto lo ya apuntado, que es fundamental, no somos iguales, se empeñe quien se empeñe. Y yo diría que hasta afortunadamente. Pues de lo contrario no seríamos personas, sino autómatas, calcos unos de otros, amorfos, impersonales. Y por ende, improductivos. Jamás hubiésemos salido de un estado primario de masa informe. Lo que mueve a cada uno de nosotros, a la sociedad en su conjunto, a la humanidad entera son las desigualdades. Es decir, las diferencias. Sin máquina que arrastre, no hay tren que se mueva. Sin diferencias, no hay complementariedad, riqueza, variedad. Todo sería inmovilidad, todo sería gris. Al ser imperfectos y frágiles, debemos ser diferentes para complementarnos, para ayudarnos. El término “igualdad” se ha ideologizado hasta convertirlo en “igualitarismo”. O sea, igualar a los desiguales. Y sin embargo, está en nuestra propia naturaleza ser diferentes. La genética se encarga de ello desde el mismísimo momento de la concepción. Pero en estos tiempos que corren, el absurdo de la corrección política nos quiere conducir a un igualitarismo a ultranza. Sin embargo la excelencia de cada uno de nosotros está en que somos diferentes, y en que cada uno tenemos capacidad para llegar a ser aquello en lo que queremos convertirnos, libremente. No podemos renunciar a reconocer nuestra excelencia y la del otro, que todos poseemos, así como nuestras virtudes y limitaciones. La igualdad en la diversidad es fértil, enriquece. El igualitarismo empobrece. El Estado nos quiere igualitarios, es decir, una masa amorfa carente de riqueza creadora, crítica y libre. Fácil de manipular.

¿Y de dónde viene el empeño igualitarista? De los regímenes totalitarios. Como paradigma histórico: el comunismo. El socialismo radical que se está imponiendo en nuestro país. Los ciudadanos todos queremos ser iguales… a los ricos (la envidia produce el deseo de igualdad). El socialismo nos quiere a todos iguales en la pobreza, pero en la del pueblo, no en sus ideólogos y dirigentes. La educación actual (desde hace tiempo ya) no nos incentiva a intentar ser iguales en la excelencia, en el esfuerzo, en la iniciativa. Como eso no puede ser, es más fácil igualarnos en la mediocridad. Y así, enrasados por lo bajo, cuanto más ignorantes y borregos, mejor. Pero “tós” iguales. Perdón, igualitarios. Y como en esto el feminismo desaforado también está por la misma labor, me despido con este pensamiento de William Golding: <<Creo que las mujeres están locas si pretenden ser iguales que los hombres. Son bastante superiores y siempre lo han sido. Cualquier cosa que le des a una mujer lo hará mejor. Si le das esperma, te dará un hijo. Si le das una casa, te dará un hogar. Si le das alimentos te dará una comida. Si le das una sonrisa, te dará su corazón. Engrandece y multiplica cualquier cosa que le des>>.

Pero eso solo ocurre cuando no pretenden ser igualitarias a nosotros.

Que pasen buen día.

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