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El cuarto poder

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El cuarto poder

Antonio García

A finales del XIX las relaciones entre España y Estados Unidos estaban hechas unos zorros por el tema de las colonias. La cosa es que Cuba era posesión española –potencia decadente-, y para USA –potencia en auge- era objeto de deseo. El año clave fue el de 1898. Estados Unidos disputaba a España Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Los periódicos useños comenzaron una vergonzosa campaña de acoso y derribo contra nuestra nación que, según parece, tuvo como origen una nobilísima y desinteresada causa: vender más periódicos. Es decir, la prensa como negocio crematístico. Se creó tanta tensión y se expandió de tal manera el olorcillo a guerra, que la prensa de la época hizo su agosto. La guerra siempre vende.

Se decía que los españoles, siempre tan incivilizados, crueles y bárbaros, se comían crudos a los cubanos, hasta sin pelar. Los maltrataban, humillaban, confinaban en campos de concentración y les inferían todo tipo de desprecios. Naturalmente no era así, pero el morbo vende. Y no solo eso, sino que predispone. Si lo dice la prensa…

Y así, mandaron a la isla a sus corresponsales más espabilados, con el fin de que contaran al pueblo americano las atrocidades que cometían los hispanos. Pero lo que estos periodistas se encontraron fue que el ambiente en la isla era más aburrido que “Gran Hermano”, que quitado algún rifirrafe entre rebeldes y españoles no había gran cosa que contar, y que allí no pintaban nada.

Uno de los corresponsales, que además era dibujante mandó a su jefe un telegrama que decía: <<Todo está en calma. No habrá guerra. Quiero volver>>. La respuesta del jefe fue: <<Usted suministre las ilustraciones que yo suministraré la guerra>>.

El jefe en cuestión era William Randolph Hearst, considerado el creador de la prensa amarilla y fundador de la Hearst Corporation, uno de los más poderosos grupos de comunicación del mundo en la actualidad. Su lema preferido era: I make news” (Yo hago las noticias). Los aficionados al cine se acordarán de la extraordinaria película “Ciudadano Kane”, protagonizada por Orson Well, basada en la vida y milagros de este angelito de la comunicación. Hombre ambicioso, tiránico y sin escrúpulos que, por negocio propio, provocó una guerra. Hay que decir que intentó por todos los medios que la película no se estrenase.

Por razones de espacio obvio un desafortunado incidente diplomático entre el embajador español en Estados Unidos y el presidente William McKenley, donde aquél, en una carta, le dedicaba a éste algunas lindezas que provocaron que el dicho embajador fuera expulsado del país. Pero las cosas para la prensa continuaban jodidas: la guerra seguía sin declararse. Hasta que llegó la gran oportunidad: El acorazado estadounidense Maine explotó en el puerto de La Habana. De más de trescientos tripulantes, murieron 258 marinos norteamericanos. El resto se encontraban fuera de la nave. ¡Qué gran ocasión! Antes de que nadie supiera las causas del desastre, la prensa yanqui se apresuró a señalar a España como culpable. En una edición extra sobre el suceso del Maine, los titulares ya hablan de “Traición Española”. “Oficiales del Maine creen que el barco fue destruido por una mina española”, etc.

El tiempo demostró que España no tuvo nada que ver, pero la guerra estaba servida. Y se perdió Cuba, para humillación de España y cabreo de la burguesía comercial catalana.

¿Y qué nos demuestra esta historia? La realidad de lo que sigue ocurriendo. La prensa generalista, los grandes medios de comunicación, en poder de pocas y muy poderosas manos, más que informar, crean opinión. Ideologizan. Y manipulan cuanto pueden y les da la gana. Gran parte de la información que nos llega son noticias falsas, verdades a medias, interpretaciones manipuladas y torticeras… y ausencia de noticias sobre lo que “no interesa” contar. No lo digo yo, lo dicen profesionales del más alto nivel que han conseguido mantenerse independientes: la profesión periodística está hecha unos zorros. Mandan el amo y la tendencia ideológica. Y el negocio.

Y encima, la Asociación de Prensa Española se pone muy digna cuando se les critica. Como si ellos tuvieran la exclusiva. Se lo han buscado y se lo merecen.

Uno de los casos más vergonzosos de la capacidad que tienen los medios de comunicación para influir en los acontecimientos, es la historia que acabo de contar.

Los tres poderes clásicos que definió Montesquieu, el ejecutivo, el legislativo y el judicial -que debían ser completamente independientes-, se veían amenazados por los poderes oligárquicos o clases sociales privilegiadas. Digamos que una fórmula correctora de ese proceso fue la creación, desde la sociedad civil de otro poder, distinto de los clásicos, que podía de alguna forma vigilar, equilibrar. Se pensaba que así se podría contrarrestar la invasión y manipulación de los poderes legislativo y judicial.

Pero ese “cuarto poder” no tardó en convertirse en parte del poder gubernamental o de otros poderes fácticos que aspiraban a tenerlo, y que de hecho, lo tienen. Las grandes cadenas de comunicación se han convertido en partes esenciales de los poderes existentes. Traigo a colación las palabras de un columnista: <<Los grandes medios privados son sólo una pequeña parte dentro de grandes empresas que los utilizan a su antojo y para sus propios intereses. Nos venden pluralidad y neutralidad, y es falso, aunque gran parte de la sociedad ha asumido esa mentira. Por ello les molesta que se saque a la luz esa realidad, porque ven en riesgo su posición de poder e influencia y es demasiado goloso manejar la opinión pública y las decisiones políticas como para ceder esa capacidad de control>>. Y eso es lo que tenemos, con honrosas y valientes excepciones, afortunadamente, en medios de menor influencia.

Termino con unas palabras del profesor Javier Barraycoa: <<Los medios de comunicación se han transformado en los agentes de “reconstrucción” de la realidad, en productores de sucedáneos de información>>… << La imbecilidad cree que todo está claro cuando la televisión muestra una imagen bella y la comenta con una mentira>>.

¿La solución? Pregúntenle al maestro armero.

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