Periódico con noticias de última hora, multimedia, álbumes, ocio, sociedad, servicios, opinión, actualidad local, economía, política, deportes…

El Covid y el Síndrome de Estocolmo

Article   0 Comments
Line Spacing+- AFont Size+- Print This Article
El Covid y el Síndrome de Estocolmo

Antonio García

En el año 1973, en Estocolmo, capital de Suecia, un grupo de ladrones entraron en un banco armados con ametralladoras. Está claro que no fueron para abrirse una cuenta corriente. La banda iba liderada por un tal Jan-Erik Olsson. Pero he aquí que la policía, alertada rápidamente acordonó el edificio impidiéndoles salir. Los malhechores, a las órdenes de su jefe tomaron de rehenes a los empleados de la sucursal, entre ellos a tres mujeres. Fueron encontrados en una cámara, atados y con dinamita colocada por todo el cuerpo. Es evidente que fueron amenazados y temieron por su vida. Ciento treinta horas pasaron juntos delincuentes y rehenes.

Pero hubo algo sumamente sorprendente: cuando la policía los liberó, habían generado tal grado de apego a sus captores que hasta se negaron a testificar contra ellos. Es más, una de las tres mujeres retenidas llegó a enamorarse del líder del grupo, e incluso criticó al Gobierno de Suecia por no entender los motivos por los que los delincuentes habían querido inmortalizar el robo. Más tarde fue noticia que dicha rehén participó posteriormente en otro secuestro organizado por su propio captor. En aquellos momentos, los rehenes reconocieron en distintas entrevistas que llegaron a pensar que sus propios secuestradores fueron quienes les protegieron, al punto de creer que los malos eran quienes los habían liberado. Este suceso fue tomado como modelo por el profesor Nils Bejerot, especializado en investigaciones delictivas, para darle nombre al fenómeno como Síndrome de Estocolmo.

El Síndrome de Estocolmo es un trastorno psicológico temporal que se produce en la persona que ha sido secuestrada, retenida contra su voluntad, y que consiste en mostrarse comprensivo y benevolente con la conducta de los secuestradores e identificarse progresivamente con sus ideas, ya sea durante el secuestro o tras ser liberada. Es decir, desarrollan una relación de complicidad con su secuestrador e incluso pueden acabar ayudando a los captores a conseguir sus fines o evadirse de la policía. Y así, la persona secuestrada, con el paso del tiempo y el contacto continuo acabará empatizando y estableciendo lazos afectivos <<sin percibirse a sí misma como víctima del secuestro>>. El Síndrome de Estocolmo no suele necesitar un tratamiento específico, ya que con el tiempo y tras recuperar la vida rutinaria, los sentimientos benévolos hacia el secuestrador suelen desaparecer. Las víctimas pueden haber llegado a generar este síndrome como un mecanismo de defensa y supervivencia.

Aclarado esto, creo sinceramente que una gran parte de la población española ha caído en las garras de este síndrome, de este trastorno psicológico. El gobierno nos secuestra, elimina buena parte de nuestras libertades, nos amenaza, multa, detiene si no cumplimos sus reglas, nos aterroriza e infunde el pánico si desobedecemos sus indicaciones… Y terminamos amándole como a nuestro salvador, culpando, vituperando, menospreciando e insultando a numerosos científicos y médicos valientes –y a ciudadanos bien informados- que nos quieren “rescatar” de este delictivo secuestro al que estamos sometidos.

Si ustedes están atentos al pulso de la calle y de las redes sociales, verán que el Gobierno que nos ha secuestrado se está metamorfoseando, convirtiéndose en nuestro protector. Es el Gobierno el que nos está salvando de la pandemia, y si esto no ha terminado aún, si hay <<rebrotes>>, si vuelve a haber <<colapso>> en los hospitales, como embusteramente dicen algunos medios, no es culpa del secuestrador, sino de los propios ciudadanos que no hemos obedecido correctamente las órdenes recibidas de los delincuentes políticos, cuando son sus protocolos y medidas los que nos están matando. De tal manera es la cosa que la opinión de mucha gente es que nos deben confinar de nuevo. Ciudadanos convertidos en los títeres más fieles de toda esta manipulación. Transformados a su vez en delatores, policías y hasta agresores de aquellos que, por ejemplo, no llevan mascarilla por la calle, ignorantes, los pobres, de que no existe ni un solo estudio científico que avale la necesidad de llevarla puesta en espacios abiertos. <<Rehenes que no se perciben a sí mismos como víctimas del engaño>>. Cosa que ni antes, ni después ni nunca aceptarán por el revés al propio orgullo que supondría reconocer el fiasco.

Ya lo ha dicho el señor Presidente de la nación –líder de los delincuentes raptores-: la culpa de que aún estemos donde estamos es la desobediencia civil, particularmente de los jóvenes. Ya se ve en las redes sociales a mucha gente criminalizando a los buenos –los ciudadanos- en total consonancia con los planes de los malos –los gobernantes-. Los políticos jamás tendrán la culpa de nada.

Naturalmente ello nos obligará a continuar embozados, con riesgo de ser confinados militarmente de nuevo –el “confinamiento” no existe en la práctica médica- y a vacunarnos por los santos cojones de quienes disponen de nuestro destino y nuestra salud.

Esta actitud psicológica de la población no va a salir gratis. La mentalidad de síndrome de Estocolmo es muy preocupante e infunde incertidumbre y hasta miedo. Las personas caídas en el debilitamiento psicológico no prometen nada bueno y, me atrevo a decir, resulta más preocupante que el propio virus.

De la revista española Discovery Salud (Salud y Medicina): << Aunque parezca mentira a estas alturas la existencia del Sars-CoV-2 no está demostrada, y aun así, la comunidad científica ha aceptado como cierta la secuencia genética dada a conocer de su ARN; claro, que ha hecho lo mismo con otros muchos virus cuyo aislamiento y purificación nunca han sido publicados>>. <<La farsa de la pandemia asumida como real por todo el mundo ha sido posible merced a una estudiada estrategia basada en inexactitudes, manipulaciones, bulos y mentiras de los actuales responsables de la Organización Mundial de la Salud, a la complicidad de grandes grupos de poder, a la utilización descarada de grandes medios de comunicación, al silencio cómplice de muchos científicos, investigadores, médicos, políticos, fiscales, jueces y magistrados y a una sociedad acostumbrada a no pensar por sí misma, sino a asumir acríticamente las verdades oficiales…>>. Pero estos, añado, son solo sinvergüenzas.

Los ciudadanos, sin percatarse de ello, son las víctimas reales del Síndrome de Estocolmo.

Article   0 Comments
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner

Hemeroteca