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Don Miguel Picazo, Zapatero entre Partituras

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Don Miguel Picazo, Zapatero entre Partituras

Por Sol Sánchez

Otra figura que me encantaba: El zapatero.

Eran varios los señores que se dedicaban al arreglo del calzado.

Por cercanía, yo siempre visitaba la pequeña zapatería de Don Miguel, situada en el callejón, Juan Martínez Parras.

Siempre con la radio puesta, con su delantal de cuero y varios zapatos sobre la mesa.

Entre sus manos el martillo de remendón, clavando clavos sobre las tapas, con una gran habilidad.

Me gustaba ese olor a tintes y productos de limpieza del calzado. Y los trapos impregnados de betún con los que frotaba la piel, una y mil veces para sacarle brillo.

Las decenas de bolsas en las estanterías, envolviendo cada una un zapato, una bota, o dos y el nombre de la persona a quien pertenecía, escrito con bolígrafo en el plástico.

Los cinturones, colgados en una alcayata, a la espera de ser reparados.

-¡Buenos días! ¿Está mi zapato?-

-¡No he podido arreglarlo! Ven mañana a mediodía y ya te lo llevas-

¡Y me lo llevaba! Tras pagar unas monedas. Envuelto en la misma bolsa en la que lo entregué. Ahora con sus tapas nuevas.

Aquellos talleres de arreglo de zapatos, eran humildes, muy caseros y siempre había alguna persona amiga, vecinos, envueltos en conversaciones, como sucedía en casi todos los recodos de la Villa.

En aquellos tiempos el calzado era caro y no lo cambiábamos tan fácilmente.

Los zapatos pasaban varias veces por las manos de Don Miguel, que por las tardes se convertía en: “El gran Maestro, Don Miguel Picazo Quintanilla” Profesor de música.

Dirigiendo la banda “Unión Musical de Hellín”

Fuimos muchos los chavales que por el local situado en los Pisos del Ayuntamiento, pasamos para aprender solfeo.

Clarinetes, trompetas, Saxofones, platillos, trombones, tambores, sonaban cada uno por su lado, en ensayos individuales a la espera del general, o simplemente de la clase particular que tocaba ese día.

Un hombre que compartió el trabajo artesanal con la pasión por el gran arte de la música.

Nos enseñó la habilidad para leer las partituras y conseguir sacar las más hermosas melodías a los instrumentos.

A veces, cuando pasó por el local silencioso y abandonado, siento una profunda tristeza.

¡Son tantas las personas importantes y queridas que nos han abandonado!

Enseguida cierro los ojos y grito al aire:

¡Que se enciendan las luces del alba! ¡Para derribar las fronteras de los tiempos!

Que veamos caminar orgulloso por el Rabal y lleno de ilusión al gran Maestro, Miguel Picazo, seguido por su banda.

¡Música Maestro!

Un aplauso y la admiración de los hellineros, para Don Miguel Picazo Quintanilla.

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