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Chantajear con la tragedia

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Chantajear con la tragedia

Antonio García

Un columnista digital, de cuyo nombre no me acuerdo ni viene a cuento, establecía una comparación entre el nefasto “caso” de Julen de Totalán y los ciento cuarenta niños a bordo de un barco de refugiados en mitad del mar. Hilaba ambas situaciones para arengarnos sobre lo paradójico que resulta que todo el país haya estado pendiente del niño caído en el pozo, y nadie se haya rasgado las vestiduras ante la crueldad intrínseca que supone la situación de todos esos niños a la deriva en medio del Mediterráneo. Comparto todo lamento ante las desgracias y las injusticias, pero vayamos por partes. No tiene nada que ver un caso con otro. No pretendo criticar al autor del artículo, que llevará buena intención, pero aprovecho el hilo.

Es evidente que los medios de comunicación, dicho asépticamente, han explotado hasta la saciedad el luctuoso y desdichado accidente de Julen. Lo que les ha servido para llenar páginas y páginas en la prensa escrita y horas y más horas de pantalla televisiva, moviendo los corazones de millones de ciudadanos y el interés por el desenlace. Normal por otra parte. Las desgracias conmueven. Y venden. También es normal que el pueblo español haya estado con el alma en vilo, maldiciendo el momento en que esa pobre criatura tuvo el infortunio de caer por el agujero. Por otra parte, es igualmente evidente lo poquito o nada que los medios han gastado en hacernos patente esa otra desdichada realidad, la de los niños atrapados en medio del mar, ocupantes de un barco pirata abandonado a su suerte. Porque son eso, barcos piratas pertenecientes a mafias que trafican con el género humano, y que de sobra saben (¡si lo sabrán ellos!) que en algún momento y en algún punto otros barcos vendrán para hacer el trasbordo (¿rescate?). Algo no me cuadra.

Julen era cercano, vecino, hijo, amigo, de “los nuestros”. De la familia. Y la cercanía da intensidad al sufrimiento, al duelo. Tenía cara y nombre, conocido entre sus paisanos. Y por lógica humana, también es más cercana su desgracia, como son las tragedias sufridas por otros niños, niñas y jóvenes de nuestra sociedad de cuya desaparición la prensa nos pone al corriente a menudo. A veces, meros accidentes fortuitos de los que nunca nos libraremos. Otras, raptos, violaciones, asesinatos… Casos que no siempre la justicia acierta a resolver. Criaturas inocentes que, sin comerlo ni beberlo, sufren la depredación de la jauría humana. Esa parte tenebrosa y oscura de los mortales que siempre habitará entre nosotros.

Pero lo de los niños inmigrantes embarcados, con ser también siniestro y macabro, pues al fin encierra injusticia y sufrimiento, es otra cosa. Y lo que no acepto, no trago, es que me quieran palpar la fibra sensible para abrir hueco en mi conciencia y hacerme admitir de buen grado el fenómeno migratorio que hoy se está produciendo en España y Europa. Ya comenté en un artículo anterior mi parecer sobre este asunto de la “moderna” inmigración y las políticas que <<no>> se están llevando a cabo para resolverlo. Porque nada de lo que deberían hacer los países industrializados se está haciendo. ¡Nada!

¿Qué no siento la tragedia? Claro que sí. Como siento las muertes de niños aplastados por desprendimiento de tierras en las minas africanas –son fáciles de reponer-, la cruenta persecución de cristianos en muchos países islámicos, las matanzas de misioneros y monjas que entregan su vida por los demás en tierras lejanas, la asquerosa trata de blancas o el empuje de criaturas a la pornografía infantil. Las vidas segadas por la sinrazón del terrorismo de cualquier tipo, las muertes de ancianos por congelación en los cinturones de las grandes y ricas ciudades del globo. El holocausto –crímenes sin parangón en la historia- de millones de niños en el vientre materno… y tantas y tantas desgracias, injusticias y desafueros.

Y por eso, porque no puedo con la tragedia, no puedo con el oscuro y sucio negocio de la inmigración. Y menos aún, con la hipocresía de los gobiernos. Aquellos que intentan cruzar el Mediterráneo en busca del paraíso, se dejan de promedio durante el trayecto de 7.500 a 9.000 dólares. El “billete” para un viaje a Europa desde Libia les cuesta unos 650 euros. Pero con los graves inconvenientes de las peligrosas aguas mediterráneas. Si lo quieren más seguro, a través de Turquía, el viaje llega a costarles de 4.500 a 6.000 euros. Según la Organización Mundial para la Emigración, el tráfico de inmigrantes mueve cerca de 32.000 millones de euros a escala mundial cada año. Un negocio que al parecer va viento en popa. Se calcula que en poco más de una década ha crecido un 75%. Los promotores compran barcos destinados al desguace a precios que amortizan en un solo viaje. Cada unos de los trayectos en estos barcos de la muerte reporta al armador unos ingresos de cuatro o cinco millones de euros.

Solo pido que dejen ya de mentirnos con el falso humanitarismo para bobos e ingenuos, mientras siguen expoliando los recursos naturales del continente vecino. Que se dejen de buenismo hipócrita. Despoblar África no es la solución, ni todos sus habitantes caben en Europa. Esta invasión descontrolada de, por una parte gente que busca legítimamente mejores condiciones de vida y, por otra, de reales o potenciales yihadistas disfrazados no puede terminar en nada bueno. Se sabe de los poderosos intereses que se mueven detrás del fenómeno migratorio. Pero los grandes medios callan.

Así que, menos <<acoge a un inmigrante en tu vida>> y más políticas efectivas de ayuda honrada, justa y eficaz al desarrollo de estos países. Estoy absolutamente convencido de que la Unión Europea y demás organizaciones de ámbito mundial, tienen medios más que suficientes para acabar con este mafioso tráfico de personas.

Pero claro, solo si quieren y les interesa.

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