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¡Antonio y Elisa… siempre formaréis parte de este Hellín que os acunó!

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¡Antonio y Elisa… siempre formaréis parte de este Hellín que os acunó!

Sol Sánchez

Dicen que no elegimos a la familia, y tampoco el lugar en el que nacemos, ni a las personas que inicialmente nos acompañan en esos primeros años de la vida, como son los vecinos, compañeros de clase, etc.

En mi barrio había personas con las que, a pesar de cruzarnos todos los días, no existía la química, ni afinidades, ni tan siquiera algo de cordialidad. En cambio, había otras que sin llevar la misma sangre por nuestras venas, eran mi familia.

Elisa y Antonio junto a sus cinco hijos vivían en mi misma escalera. Ellos en el segundo piso y nosotros en el cuarto. Formaban parte de nuestra vida, de nuestros días.

Antonio era policía municipal. Un hombre de aspecto serio que siempre me tocaba con sus dedos el pelo a modo de saludo y por el rabillo del ojo yo lo veía sonreír. Quería y protegía a cada uno de los niños a los que nos veía crecer.

Elisa era una madre para todos, incluso para nuestros padres. Era bondadosa, con un carácter dulce y tranquilo. Se daba cuenta de todo aunque nunca decía nada por prudencia. Elisa era hellinera y una gran mujer. Ella reflejaba a las “madrazas” de antaño mimando a sus hijos y a todos los que hasta su casa llegábamos.

Nos pasaron los años en un barrio frente a albaricoqueros con sus veranos e inviernos entre las cosas sencillas. Compartimos tormentas, alegrías y tristezas. Mantecados y aguamiel. Escuchamos los sonidos de las Ferias y Semanas Santas mientras al caer las tardes Elisa cocinaba y preparaba la cena para diez o veinte personas. ¡Lo hacía ilusionada! A todos nos encantaba estar en su casa y ella compartía y nos daba todas sus cosas porque era generosa. Cambiaron los tiempos. Nosotros crecimos y ellos fueron envejeciendo. El destino nos puso la distancia por medio, y algún que otro imprevisto. Lo cierto es, que dejamos de vernos.

Sé que por su parte el cariño jamás desapareció, lo mismo que por la mía. Sé que por muchos años que pasaran el reencuentro habría sido tan familiar como siempre. Pero de nuevo cometí el mismo error: pensar que estaríamos para siempre.

Antonio se marchó hace mucho tiempo. A ella la vida le regaló más años aunque dejó de ver con los ojos y siguió haciéndolo con el corazón. Me contaron que se fue sin saberlo. Que simplemente se durmió.

Se transformaron nuestros barrios. Envejecieron y se fueron nuestros vecinos…, pero jamás se irá la esencia de aquellos a los que hemos querido y nos ayudaron a vivir.

Elisa y Antonio seguirán viviendo en el segundo piso.

Y por siempre serán los auténticos vecinos.

Parte de una familia a la que el destino caprichoso unió.

Gracias a los dos.

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