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Anecdotario pandémico

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Anecdotario pandémico

Antonio García

Se podría escribir un libro con todas las situaciones sociales y personales acaecidas durante estos tiempos pandémicos, unas trágicas, otras tristes y otras hasta graciosas, con toda la gama de intermedios. Yo no tengo gran cosa que contarles, pero como hoy no se me ocurre nada mejor, les voy a narrar un par de historietas breves –nada del otro mundo- con el fin de rellenar el espacio del que dispongo en este periódico por gentileza de sus editores. Dos anécdotas, vividas en persona, personalmente. .

Un señor muy cercano a mi familia, del género masculino y sexo varón, un día se encuentra mal: tose, tiene algo de fiebre, moquea, en fin, ya saben lo que es eso. De manera que acude a su médico de cabecera… por teléfono. Lo habitual en tiempos pandémicos, ¿no? Explica sus síntomas y, tras un profundo y riguroso chequeo a través del cable, le recetan Paracetamol y que se quede en casa, que según el galeno es donde mejor se está. Como en la casa de uno… Por cierto, como saben ustedes el Paracetamol no cura nada, solo combate los síntomas.

Pasan los días y la cosa se va poniendo fea. De manera que sintiéndose peor que en las primeras jornadas acude a urgencias. Y el diagnóstico es de libro: neumonía. Hasta ahí todo normal, ¿verdad? Una simple gripe no tratada y no curada fácilmente deriva en neumonía, que es una infección bacteriana. Y entonces, antibióticos que te crio. En la mayoría de los casos se cura, si no se suman otras complicaciones.

Como digo, no hay que ser médico para entender el proceso. Pero lo que a mí me llamó la atención es que cuando este amigo me lo contó, me lo definió de la siguiente manera: lo he pasado muy mal con el “Coronavirus”. Me lo vendió como a él se lo habían vendido: “neumonía… coronavírica”. No me extrañó, pues sabido es que en el presente año solo existe la Covid19. Lo cual, a pesar de los estragos poblacionales que está causando, y a pesar de que el planeta se está quedando sin gente por su culpa, en el fondo es un alivio, porque si además del coronavirus nos siguieran azotando las enfermedades tradicionales, las de siempre, las de todos los años, apaga y vámonos. Pero la naturaleza ha sido clemente y esta temporada solo nos ha enviado el Shars-Cov-2, lo que es de agradecer. Y además reduce los quebraderos de cabeza de los médicos: neumonía coronavírica, apendicitis coronavírica, cánceres coronavíricos, almorranas coronavíricas, hepatitis coronavírica… Este año lo tienen chupao.

La otra que les voy a contar es como sigue: la viuda de un gran amigo mío que murió hace unos años, y una hija de ambos, viven juntas en la casa paterna. A veces voy a visitarlas. Domingo por la mañana. Café y un ratico de compañía y charla.

Al miércoles siguiente de una visita dominical, la hija se encuentra mal. Molestias de estómago, vómitos y dolor de cabeza. Acude al médico: Primperán para vómitos y náuseas y el famoso Paracetamol para el dolor de cabeza. Perfecto.

Pero he aquí que, aprovechando que el Segura pasa por Murcia le hacen un test PCR. Al viernes siguiente me llama y me cuenta sus males estomacales y la consulta médica. Ya se encontraba perfectamente del estómago, pero me avisa: <<Antonio, me acaban de comunicar que he dado “positivo”. Me ordenan confinamiento de quince días. Me han preguntado por las personas con las que estuve en días anteriores. Te llamarán>>. Y efectivamente, no había pasado un cuarto de hora cuando suena mi teléfono. <<Le llamamos del Centro de Salud. Somos el equipo de “rastreadores” de la pandemia. ¿Cómo se encuentra usted?>> Como choto a dos madres, le respondo. <<Como estuvo con esta mujer el domingo pasado y ella ha dado positivo, debe usted entrar en cuarentena>>. ¿Y cuánto debe durar el arresto? <<Diez días. Al término, le llamaremos para ver cómo está>>. De acuerdo, gracias. ¿Para qué le iba a decir a la amable “rastreator” que la cuarentena me la iba a pasar por el forro? Ella cumplía con la misión encomendada.

Al rato me vuelve a llamar la hija: <<Antonio, han llamado a mi madre. Que tiene que ir a que le hagan una PCR. ¿Puedes llevarla tú? Encantado, ahora mismo voy.

Y he aquí que camino del ambulatorio, me suena de nuevo el móvil. Otra vez los “rastreadores”. <<Don Antonio, que no, que no tiene que hacer cuarentena. Que como estuvo usted con doña… antes del positivo, no es lo mismo que si hubiese estado después>>. Evidente, pensé yo. Muchísimas gracias, no sabe usted el alivio que me embarga. Un error lo tiene cualquiera, hasta los test (esto no se lo dije).

El lunes me llama la madre: Antonio, he dado “negativo”. Enhorabuena. ¿Y cómo os encontráis tu hija y tú? Perfectamente. Lo suponía, y me alegro.

O sea, una “positivo” conviviendo estrechamente con una “negativo”. Y las dos tan lozanas. ¿Pues no dicen que el bicho ese es contagiosísimo? No entiendo nada. Hoy he vuelto a interesarme por ellas: ¿cómo va la cosa? Estupendo. Me alegro, ya nos veremos.

¿Cómo que estupendamente? ¿Pues no dicen que el bicho es letal? Sigo sin entender nada. ¿Ni una miaja de tosecica? ¿Ni un ¡at-chís!? ¿Ni un poquico de dolor de cabeza?… Oye, ¿pero en casa vais con tapabocas? ¡Qué dices, pues claro que no! ¿Y estáis siempre a más de dos metros una de otra? Antonio, no digas más tonterías.

En fin, queridos lectores, que después de ocho meses sigo sin entender nada. Porque si uno se fía del alarmismo de la prensa y televisión, lo esperado sería salir a la calle y contemplar un ambiente tétrico. Ver en la gente, en las caras de las personas un rictus de dolor. De abatimiento por tantas muertes. Expresiones serias, corazones doloridos… Pero esa no es la sensación que percibo cuando salgo de casa. Así, constato que no hay absolutamente ninguna proporción entre la alarma que despiertan e inducen los medios al servicio de los gobiernos, con la realidad cotidiana. No hay equivalencia entre las medidas que nos imponen con la realidad que observo. No hay correspondencia que justifique tanta pérdida de libertades, tanta ruina económica y social como se está produciendo. Me parece una desproporción escandalosa y criminal. Y me pregunto: ¿habrá algún objetivo oculto detrás de todo esto? Misterio…

Corre por las redes una frase atribuida a Eduardo Punset: <<Aislamiento, control, incertidumbre, repetición del mensaje y manipulación emocional son técnicas utilizadas para lavar el cerebro>>.

Lo dicho, no entiendo nada. Solo son cosas mías.

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