Periódico con noticias de última hora, multimedia, álbumes, ocio, sociedad, servicios, opinión, actualidad local, economía, política, deportes…

Adiós a un hellinero de pro

Article   0 Comments
Line Spacing+- AFont Size+- Print This Article
Adiós a un hellinero de pro

Juan Bravo Castillo

Para muchos sin duda ha sido una auténtica sorpresa, por más que la muerte siempre lo sea. Pero no cabe duda de que la de Juan Antonio Muñoz Moreno lo ha sido, y gorda. Acostumbrado a verlo pasear por las calles de su querido Hellín, se va a hacer muy duro hacerse a la idea de no verle más.

Hellinero de la diáspora, como tantos, Juan Muñoz pertenece a la generación de los que, por una razón u otra, tuvimos que dejar nuestro querido pueblo en los años sesenta para buscarnos la vida, pero que siempre llevamos Hellín en el corazón. Juan, en ese aspecto, fue un hellinero sublime, un hellinero ejemplar, un hellinero que, desde el corazón de Extremadura, predicó con el ejemplo.

Hizo carrera, se casó con una extremeña con la que tuvo dos hijos, luchó denodadamente en la vida, se comprometió hasta las cachas, viajó, pero jamás olvidó dónde estaban sus raíces, tanto que, en la medida de sus posibilidades y en cuanto dispuso de medios suficientes, adquirió una vivienda desde la que poder contemplar a sus anchas ese Hellín que llevaba en el alma, con sus ermitas dominando el paisaje.

Hacía el recorrido Mérida-Hellín, Hellín-Mérida como el que va de un lado a otro de Madrid. Porque si una parte de su corazón estaba en Extremadura; la otra, la esencial, estaba en Hellín: padres –hasta que fallecieron–, hermanos, amigos y, sobre todo, recuerdos. Para él Hellín era un cúmulo de vivencias conservadas en una urna de cristal que se complacía en ir desgranando una a una. Lo de Hellín, para Juan, era y fue auténtica adoración. La hermandad de la Virgen del Dolor, la peña de los Sereneles, la Gran Vía… Conocía el pueblo en sus menores entresijos; conocía a sus gentes variopintas; y era una auténtica gozada pasear a la caída de la tarde por el Hellín viejo con él y con el otro compañero del alma, Segismundo Brusi, disertando sobre todo aquello con lo que se podría haber escrito una novela verdaderamente galdosiana.

Aparentemente duro y a menudo enfurruñado, era, como Fernando Fernán Gómez, auténtica ternura, alma romántica, amigo de sus amigos, y, sobre todo, añoranza. Esperaba como agua de mayo el Jueves Santo para nuestra reunión anual y ni siquiera se daba cuenta de que, año tras año, la vida se nos iba a raudales, y, si se daba cuenta, no le importaba, porque sabía el misterio de vivir en plenitud.

Hoy que nos has dejado huérfanos, te aseguro que no sabremos qué hacer, porque carecemos de tu optimismo, de tu liderazgo, de tu capacidad de aglutinar en torno a ti a todos aquellos que, en mayor o menor medida, conocimos un Hellín sin duda pobre, recién salido de la guerra civil, pero dotado de una magia y de un encanto excepcionales, magia y encanto del que desde tus más tiernos años te dejaste contagiar y contagiabas. Recuerdo y recordaré tu eterna sonrisa cuando te hallabas a gusto. Recuerdo y recordaré tu capacidad para granjearte el cariño de los pequeños, de nuestros hijos y nietos.

Hay despedidas que saben a sangre y adioses que marcan a fuego. Gentes como Juan Muñoz dignifican un pueblo y lo menos que podía plantearse el Pleno Municipal es consagrarle una calle, porque el saber de Juan Muñoz, por encima del ingeniero, fue Hellín; porque su vida fue Hellín; porque no me cabe duda de que murió el pasado lunes con la palabra Hellín en los labios. Hellín, sin él, jamás será el mismo, por más que nos quede el consuelo de su recuerdo impregnando las calles y plazas que recorrimos con él; su imagen enfundada en su eterna túnica repiqueteando por el monte Calvario; las inacabables tertulias en el Restaurante Emilio; los millares de vivencias ensambladas como las perlas que ornan el cuello de la Virgen del Dolor, en aquel colegio capuchino donde aprendimos a soñar.

Fue sin duda, mi querido compañero del alma, un orgullo y un lujo conocerte, ser tu amigo, disfrutar de tu amistad y, sobre todo, ser copartícipe de tu pasión por la vida y por ese Hellín eterno, cuyo cielo azul, que decía nuestro amigo Miguel Ángel Garrido –con quien sin duda estarás– es único.

 

Article   0 Comments
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner

Hemeroteca