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Soy hellinera

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Soy hellinera

Por Sol Sánchez

Hay gente a la que le produce cierta vergüenza buscar al niño que lleva en su interior. Otros, simplemente no recuerdan ese ayer aparcado hace tantos años…

Pero también hay gente que a pesar de esos años que se van sumando, a veces, en las noches oscuras cierran los ojos y vuelven a ese lugar único y mágico que les pertenece y en el que pueden ser lo que deseen.

Cierro los ojos y pido un deseo. Vuelvo a las calles en las que crecí, al escenario en el que jugué. Huelo a leña quemada y veo brillar las estrellas. Soy la niña que cree que los castillos sobre la arena serán eternos. Que sobre mí lloverán sueños a los que hay que atrapar, lápices y plastilina de colores…, gomas de borrar. Soy la misma que quiso subir sobre el arco iris y convertirse en una atractiva tabernera para coquetear con el capitán Jack Sparrow y robarle sus monedas de plata y oro, mientras jugaba con patas de palo, brújulas, mapas y catalejos.

Soy la niña hellinera que en los relojes de la realidad conseguía parar el tiempo y por las noches hablaba con el mago Merlín. Ese hombre centenario que me contaba al oído que algún día, de mayor, bailaría con mi propia esencia entre bambalinas, movida por los acordes de una viola, mezclados con violines, trompetas y pianos. Merlín instructor de la poesía, poseedor de mi corazón danzando conmigo entre letras y lo secretos del sol.

Soy una de las niñas que nacieron en Hellín allá por los años sesenta. A la que intentaron que sobre un trozo de esterilla hiciera punto de cruz y cadeneta. La misma que en las mañanas de verano miraba al huerto de albaricoqueros desde el balcón y se escondía, a veces, entre las páginas de los cuentos con Hans Christian Andersen, para recorrer los caminos de “La Cerillera”, y otras con Charles Perrault y los hermanos Grimm.

Cuando me preguntan de dónde soy, respondo que de un lugar de la Mancha en el que brillan las luciérnagas que son hadas de luz. Soy hija de un Geppeto de las letras dentro de su humilde taller en el que crecí entre composiciones, libros, tinta…, y veía como las máquinas se tragaban papeles de todos los tamaños y los escupían impresos a color.

Hija de la mujer más bella que mis ojos han visto, la más dulce y cariñosa. Aquella, cuyas manos olían a la frescura del jabón de losa y coleccionaba novelas de Corín Tellado, envuelta

entre las caricias y sollozos de sus hijos. La misma que me enseñó cuál era el camino de Santiago en el cielo y pedía deseos al ver caer las estrellas.

Procedo de un pueblo noble, en el que con mis manos, modelaba figuras de barro con la ilusión. En el que en lo alto de un cerro, rodeada de romeros habita una Virgen Reina. En el que no hay embates del mar, pero tiene una cueva llamada Cuevallá repleta de leyendas y misterios por desvelar.

Soy de un lugar al que no podrás acceder si no conoces el lenguaje de un tambor y la esencia de los tiempos que marca un redoble en la oscuridad. Entré en la escuela de ese idioma del corazón con tres meses de edad.

Soy hellinera… Soy real.

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