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La Nada

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La Nada

Por Antonio García

Hoy enderezo por aquí. Y si ustedes, exiguo y fiel grupo de lectores me lo permiten, pienso calentarles un poco la cabeza. Pero no se alarmen ni esperen ingeniosas novedades, porque el tema viene de muy antiguo, y lleva cociendo el caletre a insignes pensadores desde que se “inventó” la civilización, mucho antes de los tiempos de Mari Castaña, sobrina de Matusalén por parte de madre.

Así pues resulta que, una palabra que empleamos con mucha frecuencia: “nada”, en el fondo nadie sabe a ciencia cierta lo que significa. Porque <> es nada. La inexistencia, el “no ser”. O sea, ná de ná. Y siendo así, ¿cómo podemos pensar en ella?, ¿cómo puede existir ese concepto, que ya “es algo”?

Pero vayamos despacio. Vamos a organizarnos, porque hay dos formas de considerar esta cuestión. Coloquialmente es muy fácil entender el significado de “nada” en las diversas acepciones corrientes de nuestro lenguaje. Con ello indicamos la ausencia de una persona, una cosa, un esfuerzo, una creencia… Por ejemplo, si yo digo: mi madre hizo de comer para veinte personas como si “nada”, todo el mundo se entera de lo que quiero decir. Y si informo que: mi primo estuvo comiendo con el presidente de las Cortes, “nada” menos, seguro que también percibimos el significado. En la coloquial y educada expresión “de nada”, indicamos que no tienen por qué darnos las gracias, que no hay mérito o valor en el favor que hemos hecho. Etc.

Pero la cosa se complica cuando empezamos a hablar del ser, la vida, la creación… Y aquellas famosas preguntas: ¿de donde venimos?, ¿de donde ha salido todo lo que existe?, ¿qué había antes de la existencia del Universo?

Ya les digo que estas preguntas vienen de antiguo, y todavía se siguen haciendo. Desde los lejanos Parménides, Platón, Aristóteles, hasta los modernos Hegel, Bergson, Heidegger, Sartre, por citar algunos. Pero, ¿saben qué? Que no les recomiendo que los lean, y ni siquiera lo intenten, porque no se van a enterar de nada, dado que ni ellos mismos se enteraron, y además pueden terminar con dolor de cabeza. Hubo y hay explicaciones filosóficas para todos los gustos, como en botica, pero a la pregunta ¿qué es la nada?, jamás se encontrará respuesta. Sencillamente, porque “la nada” no existe.

Cuando hablamos con un ateo, un no creyente en Dios, y le planteamos la pregunta de quién hizo el Universo, normalmente responde que salió de la nada. O que es producto del azar. O a lo sumo, acuden a la teoría de “la gran explosión”, el Big Bang.

La primera respuesta se cae por su peso: de la nada no puede salir nada. La nada no puede tener capacidad creativa. Hasta el prestidigitador, cuando al decir “nada por aquí, nada por allá”, saca un conejo, todos sabemos que el conejo “existía”, el mago también, y el escondite también.

En cuanto al azar, sabido es que consiste en el término empleado cuando no sabemos dar respuesta a un fenómeno, cuando no sabemos explicar el “por qué” de algo, y de esa forma nos sacudimos de encima nuestra ignorancia. Ha sido el azar. Pero, ¿quién es ese ser, llamado Azar, con capacidad creativa? ¿Es “alguien”? ¡Oh, el azar, qué poderío, que supo y pudo construir el Universo!

Lo del Big Bang es todavía más chusco, porque una gran explosión supone la existencia previa del combustible, o sea, la materia prima –o energía- que, en un momento, explosiona y se expande. Es decir, de “algo” que fue creado previamente.

El buen científico –sabio y humilde- sabe de sobra que la ciencia tiene sus límites y no lo puede explicar todo. La ciencia solo sabe “descubrir” lo que ya existe y manipularlo. Es necesaria la filosofía para encontrar ciertas respuestas. Y aún así no nos dejará plenamente satisfechos. Por lo que, para dar respuesta a las grandes preguntas que la Humanidad se hace desde el principio de los tiempos, hemos de acudir a la Teología. Ninguna de estas ciencias está en contra de la otra, como algunos pretenden. Las tres se complementan y las tres son necesarias. Salvo que solo seamos materia y prescindamos del alma, con lo cual, ni siquiera nos haríamos preguntas. Todos sabemos que la pura materia no piensa. Y, aún así, la materia hubo de ser creada.

Algunos dicen: toda nuestra actividad, sentimientos, pasiones, amor, arte… son consecuencia de reacciones físico-químicas en el cerebro. No voy a entrar en debate con ellos (que lo hay), pero quisiera que me explicaran: ¿quién creó el cerebro y las leyes físico-químicas que regulan el comportamiento de esa materia gris?

El problema de los no creyentes en Dios, y es mi humilde opinión, estriba en que se ven incapaces de reconocer que existe Alguien superior a ellos. Hijos de la Ilustración, prefieren pensar que cada uno es su propio dios. Y que ni siquiera existen leyes naturales –el Derecho Natural- que encaucen nuestro comportamiento. De tal manera que todo está permitido, según las épocas y a la medida del hombre, que quiere decir, a la medida de los intereses del poderoso o poderosos que dominen los pueblos.

Creer en Dios, necesariamente supone relacionarse con Él, dejarse interpelar por Él e intentar seguir la ruta por Él marcada a través de Jesucristo, para llegar al destino que nos tiene reservado. Y aquellos que creen que su “libertad” está por encima de todo, deben pensar que hasta dicha libertad les ha sido dada por Dios en la Creación. Por eso es un don supremo e inalienable, como la dignidad humana y el incuestionable derecho a la vida, que nuca deben depender de lo que otros legislen. De lo contrario, habremos de aceptar mansamente los dictámenes de los más fuertes.

Pero ¿leyes divinas?, ¡jamás! ¡Hasta ahí podríamos llegar!

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