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La cosecha

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La cosecha

Sol Sánchez

Estoy escribiendo sobre unas servilletas mientras tomo un café en una cafetería instalada en el quinto piso de unos grandes almacenes. Me suele pasar con frecuencia el hecho de necesitar plasmar los pensamientos que sin previo aviso se apoderan de mí. Hoy pensaba que las personas somos similares a un libro abierto con páginas en blanco en las que se van estampando día a día cada una de nuestras vivencias.

Me gusta ese extenso capítulo dedicado al aprendizaje. Esas lecciones que no se aprenden en la Universidad, sino en la Facultad de la vida en la que todos somos alumnos y pocos, muy pocos profesores.

De todas las asignaturas que voy aprendiendo en esta vida, hay una que me inspira, y es comprobar cómo cada uno de nuestros actos, nuestra forma de ser con el mundo y las personas…, los sentimientos que engendramos y las sonrisas o tristezas que repartimos se van convirtiendo en una cosecha de la que tarde o temprano recogemos sus frutos.

Cada vez estoy más convencida que a todos nosotros la vida nos devuelve lo que sembramos bueno o malo. Y me parece genial.

No sé si es esa energía a la que muchos llaman “karma”, pero lo cierto es que he podido comprobar que si persistimos en buenas acciones la vida nos acaba sonriendo. Y eso no quiere decir que a las personas buenas no les lleguen momentos malos. La vida consiste en unas de cal y otras de arena. Sin las malas experiencias no sabríamos valorar las positivas. Y creo que no hay nada más importante que caer y aprender a levantarse. Pero a la gente generosa, altruista y entregada…, la vida les da “regalos” que les colma de felicidad interior, y nos empuja a abonar nuestro pequeño huerto de afectos, a querer tener los ojos muy abiertos para poder ver a la gente que hay a nuestro alrededor y sufre por perdidas, fracasos…, por enfermedad.

Vivimos en un mundo cada vez más individualista en el que cada uno va a la suya, en el que buscamos que nos escuchen pero no escuchar. En el que pedimos ayuda pero no ayudamos. En el que vemos que el vecino las está pasando canutas y cerramos nuestra puerta para que no nos afecte. En el que deseamos cada vez más cosas materiales y nos olvidamos de las espirituales, que en definitiva son las que verdaderamente importan.

Ya os he contado mil veces que me apasionan estas fechas en las que en cada paso que doy me aparece un Papa Noel, una postal, un árbol de Navidad y una de esas bolas de cristal en las que me miro y me recuerdan la cercanía, a los amigos, la solidaridad y ese momento íntimo en el que todos volvemos, o deseamos volver a sentirnos niños para creer en la magia. Para sentir que un día hace ya mucho tiempo nos fuimos a la cama esperando el milagro de la Navidad que a través de San Nicolás, o los Reyes Magos conseguían que nuestro deseo material se hiciera realidad.

Ahora en la madurez la llegada de un fin de año nos hace paramos a valorar cómo nos ha ido en esos meses. Unos hacen números para cuadrar las cuentas, sin importarles demasiado las personas, y otros agradecemos que la gente a la que queremos siga con nosotros. Agradecemos que el amor haya entrado en nuestra vida, lo mismo que nuevos amigos.

Agradecemos que nuestra mirada se haya parado muchas veces sobre la sonrisa de nuestros hijos, padres, amigos y nietos y que a lo largo de este tiempo hayamos tenido la oportunidad de ayudar a otros.

Y muy especialmente agradezco darme cuenta y ser consciente cada día de que lo que se siembra se recoge. Que de la misma manera que tratamos y lo que deseamos para los demás…, es como nos tratarán a nosotros y esos deseos que enviamos volverán como un efecto rebote natural que nos manda la propia existencia…, porque para bien o para mal nos estará bien empleado.

Cerca del lugar en el que me encuentro se haya la sección de Navidad en la que han colocado muchos buzones y sobres para escribir y dejar una carta. Os desvelo que en mi “mensaje” personal a la magia le he pedido que la vida me trate tal y como yo trato a los demás. Que todo lo que deseo para aquellos a los que miro sea como una pelota de tenis que envío y vuelve a mí.

Pido que la cosecha que recoja, sea la misma que siembro y que jamás deje de aprender a cultivar mejor mi huerto. Y tú… ¿qué pides?

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