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El juicio de los hombres

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El juicio de los hombres

Antonio García

Pongamos que se llamaban Pedro y Juan. Sólo diremos de ellos que su extracto era humilde y su nivel de instrucción, escaso. Y que eran grandes amigo, fieles el uno al otro hasta el extremo.

Pedro y Juan estaban llenos de bondad y el afán por la justicia los poseía, los alentaba y conminaba a una vida entregada al sacrificio por los demás y a la difusión de sus ideales. Con decisión, con vehemencia y con una profunda e inquebrantable fe en lo que creían.

El país donde vivían era como tantos. Gobernado por hombres soberbios que, agarrados al poder, exprimían sin compasión y sin vergüenza las riquezas de la nación en provecho propio. Orgullosos e insolentes, dictaban leyes arbitrarias como herramientas institucionales para someter al pueblo a los dictados de sus podridas ideologías e intereses. Leyes que intentaban amordazar las bocas y las mentes de sus habitantes, para que todos adorasen, al menos aparentemente, a los mismos becerros de barro a quienes ellos tributaban pleitesía.

Pero Pedro y Juan no eran dos personajes del montón. No pertenecían a esa masa impersonal y amorfa a la que solemos llamar “gente corriente”. O mejor dicho, un día ya pretérito pertenecieron, pero algo ocurrió en sus vidas que les cambió radicalmente. Donde hubo monotonía, apareció fuego, donde hubo timidez, sobresalió el arrojo, donde habitaba la penuria, se infiltró la abundancia. Y ambos, insuflados de un nuevo espíritu, se lanzaron por calles y plazas a pregonar que este modelo de mundo no nos traería la felicidad. Que las leyes que se iban aprobando en el país ahogaban más que liberaban. Que el pueblo, engañado, indeciso y cobarde debía despertar y dejar de mirar hacia el suelo. Que todos deberían romper las cadenas de la ignorancia, la sumisión y el servilismo ideológico. Y que jamás habría verdadera libertad si no eran capaces de liberarse de tantos ineptos, mangantes, corruptos, vendedores de humo y falsos profetas. Era posible construir otro mundo.

Pero he aquí que un grupo de fanáticos descabezados, poseídos de diabólicas ideologías les denunció ante las autoridades. Como era de esperar, la misión que se habían impuesto los dos amigos no gustó a los poderosos. Molestos porque enseñaban al pueblo, les echaron mano y los metieron en prisión, hasta que fue reunido el supremo tribunal de jueces y gobernantes. Llevados ante la presencia de este alto “sanedrín”, el presidente abrió la sesión, preguntándoles: ¿Con qué poder o en nombre de quién pregonáis esa extraña ideología? Entonce Pedro, lleno de fuerza y confianza les dijo: “gobernantes del pueblo y magistrados, sea manifiesto a vosotros y a todos los ciudadanos, que en nombre de la Verdad, que vosotros habéis condenado, hablamos al pueblo. Solo por la Verdad a la que vosotros escupisteis y matasteis podrá la nación salvarse”.

Viendo la franqueza y valentía de los dos amigos, y considerando que eran hombres sin letras y del pueblo bajo, se sorprendieron de su entereza y clarividencia. No supieron qué replicar. Así que los hicieron salir y celebraron consejo: “¿Qué haremos con estos ciudadanos? No podemos condenarles, pues nuestra Constitución protege la libertad de expresión. Pero tampoco podemos tolerarles que sigan difundiendo esas ideas subversivas. Les intimidaremos para que no hablen más ante el pueblo”. Y llamándoles, les presionaron y amenazaron. Pero Pedro y Juan no se arredraron y respondieron diciéndoles: “Juzgad vosotros mismos si es justo que os obedezcamos a vosotros más que a nuestras creencias y principios. Porque nosotros no podemos dejar de clamar aquello que sentimos con tanta fuerza en nuestro interior”.

Al final les despidieron con amenazas, no hallando motivos legales para procesarles y condenarles judicialmente.

Estos hechos, más que acobardarles les estimuló. Al salir de aquel improvisado tribunal corrieron a reunirse con sus amigos y les contaron lo sucedido. Estos, al oírles se alegraron y transmitieron la noticia entre todos los suyos. Mucha gente del pueblo que les escuchaba se unía a ellos, de tal modo que el grupo aumentó sensiblemente.

Fue entonces cuando, indignado y colérico, se levantó el presidente de la nación, de la secta que gobernaba el país, y ordenó detener al grupo que encabezaba aquel movimiento de buenos ciudadanos, y encarcelarlos. Pero, llegada la noche, la puerta de la celda donde les tenían presos se abrió milagrosamente y, una voz inaudible para los demás les animó a seguir predicando su doctrina. Los poderosos del país, que no podían tolerar que existiese sobre la tierra una Verdad más allá y por encima de ellos, mandaron detenerlos de nuevo y conducirlos ante el gran consejo. El presidente les conminó furioso: “Os hemos ordenado no seguir predicando”, a lo que Pedro y sus amigos contestaron: “Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres”. Estaba a punto de dictar sobre ellos un terrible castigo, cuando un hombre sensato del consejo se levantó y dijo: <<Dejad a estos hombres, dejadlos; porque si esto que predican es consejo u obra de hombres, se disolverá; pero, si viene de Dios, no podréis disolverlo, y quizá algún día os halléis con que habéis hecho la guerra a Dios>>.

Salvando las distancias y el contexto, una historia parecida aconteció, hace casi dos mil años, al otro extremo del Mediterráneo

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