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Roni y Careto

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Roni y Careto

Por M.A. Tomás

Hace 12 años, escribía en mi anterior periódico una columna titulada “Roni y Careto” que dedicaba a los dos perros que habían convivido con mi familia.

En el escrito explicaba que Roni era un pequeño “Shih Tzu”, que apenas tenía cuatro años, un capricho de mi hija, pero a quien había cambiado la vida en algunos aspectos era a mi.

Al hablar de Careto lo hacía en plan nostálgico, un cachorro de pastor alemán que llegó a casa con menos de tres meses, pero ya convertido en un hermoso y enorme animal, al que llamamos Careto por una mancha blanca que tenía en la cabeza.

Las circunstancias de aquella época no nos permitieron cuidar de él como después lo hicimos con Roni, y un día, tras mucho meditar, se tomó la decisión de bajarlo a una casa de campo familiar.

Allí, durante los primeros días, el animal, acostumbrado a vivir tres meses en casa rodeado de cariño y compañía, los pasó muy mal.

Nunca olvidaré la primera noche que lo dejamos allí solo, encerrado en el amplio patio de la casa. Su cara de tristeza, sus lastimosos aullidos cuando cerramos la puerta y nos marchamos.

Al día siguiente, cuando fuimos a verlo, Careto se había mordido el lomo de la desesperación, creo, de encontrase solo, y aunque lloré al verlo cuando se lanzó hacía mi para abrazarme, volví a marcharme dejándolo otra vez solo. Era imposible, me justificaba a mi mismo, tenerlo en el piso.

Poco a poco se fue acostumbrando a su nuevo hogar. Allí estaba bien cuidado, había personas que siempre estaban con él cuando realizaban las labores del campo y solamente se quedaba sin compañía, y no siempre, al anochecer. Nosotros también bajábamos a menudo a verle y estar un rato jugando y paseando, pero siempre, siempre, en su mirada creí encontrar una chispa de tristeza, quizás un reproche por haberle abandonado.

Así pasaron los años, Careto un día amaneció muerto y yo volví a llorar al enterarme. A pesar de la insistencia de mi hija, ella aún no había nacido cuando tuvimos a Careto, no quise cometer otro error, que a veces aún pesa en mi conciencia, pero de nuevo las circunstancias (ya lo dijo Ortega y Gasset ), me embarcaron en otra aventura, y así Roni pasó a formar parte de nuestras vidas.

Nuestro nuevo perro no se parecía en nada a Careto, era pequeño, bullicioso, gruñón e incluso algunas veces se ponía un poco agresivo, que se lo digan a su veterinario y sobre todo a su peluquera, que le daban “sudores de muerte” cada vez que aparecía por la clínica. El pastor alemán en cambio, era grande, callado y noble, recuerdo que casi no se atrevía a cruzar el umbral de mi habitación porque allí dormía mi hijo recién nacido. Roni todas las mañanas entraba, para recordarme que era la hora de salir a la calle, si no le hacía mucho caso, comenzaba a ladrar, gruñir, se ponía a dos patas y hasta que tuvo fuerzas, se atrevía a subirse a la cama de un salto, aunque me enfadara, y todas las noches, cuando abría la puerta del portal de la calle, ya oía sus ladridos impacientes y apremiantes para que lo volviese a sacar.

Tenía un carácter fuerte. Recuerdo una anécdota de hace unos años, cuando hicimos un viaje nos lo llevamos con nosotros, pero en el hotel no le dejaban quedarse aunque nos indicaron un lugar, que por cierto se llamaba “Cinco Huesos”, donde lo cuidarían. El encargado era un holandés al que antes de dejarlo le advertimos de dicho carácter, pero nos tranquilizó recordando que estaba acostumbrado a tratar animales más peligrosos.

Al regresar para recogerlo, se quedó mirando fijamente con una media sonrisa y nos dijo “será un shih tzu, pero tiene corazón de dóberman”.

Ahora, Roni también se ha muerto, tras casi 16 años de convivencia. El vacío que ha dejado ha sido enorme, no me acostumbro, ni yo ni mi familia, a vivir sin él, a no oír los ladridos cuando abro la puerta de de casa, no ver en su lugar el cesto donde dormía o no encontrar sus cacharros para comer y beber, a no pasear la calle diariamente con su compañía.

Puede que algún lector me tache de exagerado, pero serán solamente los que nunca han tenido un perro.

A pesar del deterioro que sufría, durante las últimas semanas, privado de la vista y el oído, arrastrando las patas de atrás por falta fuerzas, la decisión tomada fue demasiado penosa y superar la situación muy difícil.

Con esta adversidad he vuelto a recordar de nuevo a mi noble pastor alemán y creo que cuidando a Roni y dándole todo el cariño que un perro necesita, he pagado de alguna manera la deuda que tenía con Careto.

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