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No se calienten la cabeza

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No se calienten la cabeza

Por Antonio García

No, no se la calienten, les va a dar igual. Aunque también podríamos decir lo contrario: todos los males que sufrimos, que nos afligen como pueblo, como nación, quizá sea porque no nos calentamos el coco lo que debiéramos.

Me parece que ya les he comentado alguna vez lo mucho que me aburre leer un periódico, o gran parte de él. Sea de papel, digital o en su versión televisada. Ya, ya se que esto no es una virtud, pero más sincero no puedo ser –que sí es una virtud-. Me aburren soberanamente. Por eso solo “los ojeo” y si, por una de aquellas algún titular me llama la atención, pues entonces le clavo el diente. Vayamos por ejemplo a la actual actualidad. Uno coge la prensa, de la tendencia que sea y, lo primero que tiene para llevarse a la boca es el pifostio que hay montado entre PP, PSOE, C´s y Podemos o dejamos de poder. Y si avanza en la lectura enseguida advierte de la mala leche que se gastan unos con otros. Los exabruptos, las descalificaciones, los desencuentros, las trabas y trampas que se ponen…, y es que claro, cada cual quiere su buena tajada y, a ser posible, el plato de tajadas completo.

En realidad, hay un partido político en el que mayor número de españoles han coincidido a la hora de elegir el futuro gobierno. El que, podríamos decir, mayor consenso en las urnas ha suscitado. Y ello además, después de un período de gobernanza. ¿Bueno, malo, regular? En estos momentos no es lo más importante. Lo importante es, repito, que –a falta de otro mejor- ha sido el que mayor porcentaje de votos ha sacado. O sea, en el que más número de españoles ha coincidido en depositar su confianza, no importa la ajustada diferencia que tenga respecto al que le pisa los talones. A partir de ahí, una dispersión. Sin ser, que no soy, defensor del PP ni de ningún otro de los que “chutan” hoy en España, me parece un infantilismo, una vergüenza y una falta de ética que el mensaje que se lance para conseguir que las izquierdas ganen el poder sea: <<todos unidos contra la derecha>>. Para empezar, a estas alturas de la Historia y de mi vida, el concepto político de izquierdas y derechas me toca el ocho, que está junto al nueve. Para seguir, dada la forma en que están diseñadas, organizadas y dirigidas Europa y el mundo, tengo por absolutamente seguro que ningún gobierno de izquierda lo hubiese hecho mejor, o menos peor que el de estos últimos cuatro años. Y experiencia de ello ya tenemos en España. Y por último, porque desde que un político lanza la consigna de <<ir contra>>, en vez de propagar la de <<ir a favor de>>, en este caso, de España, pues qué quieren que les diga, que para mí ya está clara la radiografía de su categoría como persona y como político. ¿Esa es la fórmula para gobernar un país? ¿Ese es el remedio para la felicidad de los españoles? ¡Por el amor de Dios! Que fulanito se quede ciego, aunque yo pierda un ojo.

Y así hemos llegado a donde hemos llegado, al grotesco espectáculo de una jauría de hambrones, que con todo su populismo hortera y su asquerosa demagogia, solo sueñan con el poder, o sea, con todas las prebendas que conlleva el poder.

Verán ustedes, el devenir la Historia, la sucesión de generaciones, sociedades, sistemas políticos, ideas, modas de pensamiento y de las otras, etc., en muchos sentidos tienen de original lo que yo de monje tibetano. O eso creo. Y me explico. Siempre, siempre, ha habido una lucha por el poder. Y los poderosos de la Tierra, siempre, siempre han manejado a los demás de acuerdo a sus intereses. Escasísimas excepciones.

Les invito a elucubrar, a darle rienda suelta a nuestra imaginación. Figúrense, queridos lectores que existe una persona, digamos… “ideal”. O sea, culta, preparada, inteligente, trabajadora, honrada a prueba de martirio. Con un gran amor por su nación y sus ciudadanos. Con dotes de mando y capacidad de liderazgo. Sin ambiciones materiales. Con espíritu de servicio… Y ya es bastante. Es decir, alguien que podríamos encuadrar en el selecto grupo de “los mejores”. Una vez identificada esa persona, fantaseemos ahora con lo siguiente: le manifestamos el deseo de un nutrido colectivo de que sea él nuestro Presidente. El gobernante que dirija los destinos de la

Nación. Y supongamos que él, que tiene su profesión y su forma de vida está dispuesto a entregar unos años de su existencia a tan alto, noble y digno cometido.

¿Qué creen ustedes que pasará? Pues les daré mi opinión: que no va a llegar a ningún sitio. Porque si aquellos que tienen la sartén económica por el mango no ven en él un filón para sus intereses, un toma y daca que compense el apoyo a su campaña, va a tener que financiarse con billetes de autobús.

Pero supongamos que ésta persona, en un momento de su vida, siente vocación y quiere entrar en política con la mejor intención del mundo. Es decir, ansioso de servir a su pueblo. Y se afilia al partido que en ese momento le parece que mejor cumple con sus ideales. ¿Qué creen ustedes que pasará? Pues que no se comerá una rosca. A lo mejor llega a alcalde de pueblo o ciudad pequeña, pero como quiera seguir escalando y llegar a un Ministerio o a jefe, jefe, o las chupa de todos los tamaños y reniega de buena parte de sus principios (o de todos) o lo expulsan del partido, o se queda “atascao” hasta que él mismo se aburra y se vaya.

Seguramente aún no ha nacido semejante dechado pero, en el hipotético caso de que hubiese alguien que se le acercara, ninguno de los que ahora se están dando besos y puñaladas para ver quién se lleva el gato al agua le llegaría a la planta del pie, ni de lejos. Así que, ¿tiene uno motivos para estar asqueado del elenco político de este país en donde, el que no cojea, renquea, o las dos cosas a la vez? Que se lo digo yo, que por el camino que llevamos esto no tiene arreglo.

Y ahora van ustedes y lo cascan.

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