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Marzo

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Marzo

Marzo no tenía forma humana dentro de mi mente.

Era algo superior. Marzo representaba la pasión y los más puros sentimientos.

Vivir Marzo en la Villa de Hellín, era como tocar el cielo con la punta de los dedos.

¡Era Marzo!

Los días en la escuela no corrían, volaban, al saber que las vacaciones se aproximaban.

Sin darnos cuenta, un día nos dejábamos la trenca en casa. A veces, la primavera se dejaba notar de esa forma.

Si algo agradezco a la vida, es que me regalara la capacidad de observar.

Podía pasarme horas mirando por la ventana, fijándome en los pequeños cambios que se iban produciendo en la naturaleza.

En los días que ya eran más largos.

¡En ese renacer! En los brotes de vida que aparecían sin más en las ramas de los árboles.

La gran explanada de campos que hasta ahora presentaban colores cenicientos, marrones y grises, comenzaba a cambiar.

Los pájaros revoloteaban sobre los tejados, envueltos en una alegría especial, haciendo nidos en el hueco de la chimenea.

Huevos y pequeños gorriones que caían hasta nuestra cocina.

Llegaba el Día del Padre, San José y las fiestas de una pedanía muy querida por mí: Agra.

Allí vivía mi tía Pilar y eso me dio la oportunidad siendo casi una cría, de poder desplazarme hasta su casa y vivir con intensidad esos maravillosos días.
Casi siempre coincidían con el fin de semana.

A la una de la tarde, viernes, en la puerta de la antigua casa de Maternidad en la cruz de Los Caídos, tenía la parada el autobús, al que yo esperaba impaciente.

Cuando bajaba en la Plaza de Agra todo era diferente.

Siempre me he sentido muy atraída por las aldeas. Ese grupo de casas y vecinos tan entrañables.

La pequeña tienda, cuya señora que la regentaba, celebraba con un montón de maravillosas palabras, mi visita.

El bar sin lujos, casi siempre lleno de hombres a la hora del café, intentando superar el sopor de las horas de la siesta, jugando un dominó, hablando de la faena y los cuchicheos.

Los columpios solitarios en los días de invierno y las tardes oscuras iluminadas por las modestas farolas que parecían querer recordarme el fin de semana que tenía ante mí para divertirme.

El tractor enmascarado con hierba y flores, simulando una carroza de honor para la Reina y sus damas.

Mujeres con bata y pañuelos atados a la cabeza, con su carácter amable y acogedor.

Las casas de piedra, dejando una cercana estampa casera, liberando un humo por las chimeneas que se dejaba olisquear en las calles, llenándome las entrañas de calidez y robándome sonrisas de bienestar.

El perro de caza ladrando despavorido junto a los montones de leña, en el mismo rincón de siempre.

Ladridos que se mezclaban con el balar de una cabra que también habitaba en el espacio de aquel patio.

Recuerdo el chisporroteo de la lumbre en la cocina, entre paredes desnudas, al correr con mis manos la tela que ejercía de cortina en la puerta. Ese calor hogareño a costumbres.

Mi tía cocinando entre pucheros, poniéndole como ingrediente, aquél cariño tan especial que conseguía en sus guisos un sabor inconfundible.

El abuelo con su boina, en un carraspear constante a causa de los resfriados crónicos, sentado sobre la típica silla de anea desgastada por tanto uso, avisando que el trípode en el que reposaba la sartén en la que se freían los torreznos de tocino, estaba torcido.

Mis primos, correteando entre juegos a mí alrededor.

La mesa de madera maciza, tapada con un hule de plástico sobre el que se hacían las labores culinarias y al rato se utilizaba para comer en familia a la hora establecida.

El frutero con la fruta del tiempo. Tarros de cristal en cuyo interior se veían trozos de queso conservados en aceite de oliva. Al lado manojos de manzanilla. Leche en botellas de cristal.
El gato, restregándose en nuestras piernas, en espera de unas migajas de pan.

Detalles que se entremezclaban de manera única en un sello de identidad propia.

Era una vida sana en la que se vivía con tranquilidad. Gente muy sencilla, que al ser un número tan reducido, se convertían en una gran familia.

Y cada una de esas familias, normalmente tenían sus tierras con las que autoabastecerse de
alimentos y animales en sus patios, como gallinas, conejos y cerdos.

San José, era mi excusa para disfrutar de unos días en tan buena compañía, aunque en esos momentos me olvidara del Santo.

Por las mañanas, muy temprano, nos despertaban los cohetes y un grupo de chavales que iban tocando el tambor y la corneta en el típico pasacalles.

Comenzaban los cosquilleos en el estómago, motivados por la ilusión de compartir todos los festejos y la sensación de frío en mi nariz.

Tras días intensos, con juegos infantiles. Torneos de futbol, concursos, Misa y paellas, llegaban las noches y con ellas el baile, amenizado por una orquesta que por aquellos años, no paraban de tocar aquella famosa canción de: “El último guateque”
Se celebraba en un amplio salón del bar en la plaza del pueblo.

Las sillas junto a la pared, para los vecinos más ancianos que no querían perderse el evento.

La gente bailando pasodobles, canciones de la época, Paquito el Chocolatero…

En unas horas en las que, si las había, se olvidaban las rencillas de unos con otros en el revuelo de niños que jugaban a ser mayores y unos mayores que se convertían en pequeños, entre risas y algún vaso de vino de más.

Ningún año faltaba el graciosillo que daba vueltas por la pista, bebiéndose hasta el agua de los floreros.

Las fiestas de Agra, eran algo auténtico.

Pasado el domingo, regresaba de nuevo a casa con algún pariente encargado de recogerme y devolverme a la rutina.

Marzo era elegido por la luna en muchas ocasiones, para acunar en su regazo a la Semana Santa.

Historias de vida que dejamos para otra semana.

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