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Los avatares del cerdo

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Los avatares del cerdo

Antonio García

Como todo el mundo sabe, el cerdo es un mamífero artiodáctilo del grupo de los suidos, de cuerpo grueso, cabeza y orejas grandes, hocico estrecho y patas cortas, que se cría especialmente para aprovechar su cuerpo en la alimentación humana. Desde el morro hasta el rabo.

Muchas formas hay de llamar a este simpático y virtuoso animal, sostén alimenticio de generaciones y generaciones desde tiempos inmemoriales, mucho antes de Mari Castaña: puerco, marrano, gorrino, cochino, guarro… y demás sugerentes sinónimos, que lo mismo alegran que ensombrecen.

Pero no siempre ha sido gloriosa la historia de este benefactor humano. En la remota antigüedad, nos dice el libro bíblico del Deuteronomio al tratar sobre las leyes acerca de animales puros e impuros: “Tendréis por inmundo al cerdo; porque si bien tiene la uña hendida, no rumia. No comeréis de la carne de estos animales, ni tocaréis sus cuerpos muertos”. Esta prohibición repercutió en el pobre animal, cuyo prestigio quedó seriamente dañado. Y así por ejemplo, Homero relata en la Odisea cómo Circe retuvo a Ulises en la isla de Ea tras convertir a sus compañeros en cerdos. No se le ocurrió otra cosa a la diosa y hechicera para fastidiar la aventura del mítico guerrero, rey de Itaca. Sabido es que Circe transformaba en animales a sus enemigos y a los que la ofendían mediante el empleo de pociones mágicas y otras argucias, pero transformarlos en cerdos… Se pasó un pelín.

Pero no solo ocurría esto en el Próximo y Medio Oriente, sino que los pueblos Celtas europeos también despreciaban a este generoso animal. Los marinos se negaban a llevar en sus barcos carne de cerdo: creían que ello les acarrearía desgracias. Cuenta el griego Apolodoro de Éfeso, en su “Interpretación de los Sueños”: <<Soñó cierta mujer que su amante le regalaba una cabeza de cerdo. Empezó a sentir odio hacia él, tanto que acabó por abandonarlo. Porque en verdad este animal no es grato a la diosa Afrodita>>. ¡Pues vaya con las diosas!

En ciertos ámbitos rurales aún se piensa que si un cerdo muere de repente, algún miembro del entorno familiar la espichará. Y es de mal fario para los novios que una comitiva nupcial se cruce con un cerdo. Estas y otras creencias populares también tenían una contrapartida positiva: a los niños con paperas se les llevaba envueltos en una manta a la gorrinera, donde se le restregaba la cabeza por el lomo del cochino. El animal cargaba con la enfermedad y el niño quedaba sano. Soñar con cerdos es de mal augurio, pues presagia desastres o disgustos domésticos. En algunos puntos de Irlanda aún se cree que este animal es capaz de ver el aire.

En muchos sitios, la palabra “cerdo” no se pronuncia entre gentes de buena sociedad, siendo sustituida por otra. En Inglaterra e Irlanda no se menciona ni se alude a él en viernes.

Pero lo curioso es que, aunque hoy se le llama cerdo a la persona grosera, infame o abyecta, fue una creación eufemística surgida cuando “puerco, marrano y cochino” eran vocablos malsonantes.

Sea como fuere, posiblemente el cerdo se lleva la palma en cuanto al maltrato y desprestigio del mundo animal, cuando merecería y merece un puesto de honor, como rey de la fauna mundial, incluido el ejemplar humano. Todos los tópicos que han recaído sobre él son puras mentiras, cosa fácil de demostrar. La frase <<sudas como un cerdo>> en totalmente equívoca: los cerdos no sudan. No tienen glándulas sudoríparas. <<Comes como un cerdo>> es frase engañosa: rara vez comen de más.

Sería más justo decir: <<comes como un ser humano>>, sobre todo si papea de gorra. <<Eres un cerdo>>, se suele decir, en alusión a la falta de higiene, sin saber que el cerdo hace sus necesidades en un lugar distinto al que duerme. Los cerdos son inteligentes, astutos, son domesticables… Posiblemente esa inteligencia molesta a los humanos, ya que muchos, me consta, no parecen descender del mono, sino del gorrino.

En la actualidad, el ejemplo más palpable de esto último que acabo de decir lo tenemos en nuestros políticos nacionales. Son astutos, marrulleros, engañosos. Se dejan domesticar por “el partido”. Comen de todo, preferentemente de lo ajeno. No sudan a la hora de cobrar comisiones o meter mano en la caja. Reparten sus cagadas por todo el territorio nacional, autonómico o local, pero duermen en buenos y adecentados pisos. Es decir, son unos auténticos cerdos ibéricos. Pero hay una gran diferencia: el cerdo autóctono, original, nos quita el hambre; el cerdo-político, nos la procura.

De manera que distingamos bien si alguien nos llama cerdos: porque si aluden a la cosa política, malo. Pero si se refieren al puerco de gorrinera, nos están haciendo un honor. No existe ser viviente más beneficioso y agradecido.

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