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La ética

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La ética

Por Antonio García

 

La ética es, primariamente, personal. Todo hombre, dentro de la situación en que se encuentre en cada momento de su vida, ha de decidir o proyectar lo que va a hacer. Tendrá varias posibilidades para responder a esa situación, pero él es quien ha de elegir. Y entre los proyectos que forje para su vida, también es él quien ha de optar, preferir. Es decir, que el quehacer de sus actos y su vida es al “interesado” a quien corresponde, a quien incumbe.

Pero las normas de comportamiento, los modelos conforme a los cuales decidimos guiar nuestra vida, han de ser libremente reconocidos y aceptados por el tribunal de nuestra conciencia. Y así es como, incorporados a nuestro ser, a nuestros hábitos, y convertidos en “deberes” se constituyen en “moral”. Y de esta manera, las normas y modelos elegidos y aceptados son los que fundamentan nuestro “código moral”. Los principios que nos ayudan a distinguir el bien del mal, tanto individual como colectivo.

Mas con ser esto verdad, es una verdad incompleta. Porque, ¿de donde proceden estos <<modelos>> y <<normas>>?

Puede que alguien, encontrándose en una situación imprevista, inédita, invente la solución adecuada. Puede ser que alguien, un gran reformador, “invente” una nueva forma de comportamiento, un nuevo “modelo” de vida. Pero en general, esto es más que improbable. La inmensa mayoría de nosotros elegiremos entre reglas o patrones previamente dados, aprendidos. Ningún hombre “inventa” cada vez lo que debe de hacer. Ningún hombre es siempre un “primer hombre”, un nuevo Adán. De manera que, si bien no posee todas las respuestas, al menos sí que tiene las <<piezas>>, las herramientas que le ha proporcionado la sociedad con su experiencia, su acerbo de saberes prácticos, sus patrones de comportamiento. Así pues, por muy fuerte que sea el individualismo de una persona, esta sigue estando condicionada por la pertenencia a una sociedad, grupo o clase social que determina los “prejuicios” y los “intereses” que enmascaran las normas morales.

Por tanto existen la moral individual y la moral social. La pregunta ahora es: ¿hay equilibrio siempre entre ambas o, más bien, hay encontronazos, colisiones, disparidades? ¿Cuál predomina?

Yo diría que, según. Las don intervienen, pero el peso de cada una de ellas en cada persona es diferente y depende mucho de grado de “autoconstrucción personal” al que cualquiera puede llegar, si cae en la cuenta que es su derecho y su deber hacerlo. Sí, tenemos la libertad de “poder conducirnos” y elegir libremente el modelo de persona que queremos ser. Con todo el tremendo reto que ello supone, más cada generación que pasa. Porque, amigos, es un reto y un riesgo ir contra corriente si es que “la corriente” no nos satisface, no nos proporciona los modelos y los valores que cada uno ansiamos. No nos hace feliz. No nos ayudan a “construirnos” tal y como quisiéramos ser.

Todo esto viene a cuento porque vivimos en un mundo que cada vez nos presiona más. Que nos “conduce” o intenta conducir con sutiles técnicas de manipulación de masas, de manipulación del pensamiento, de las que apenas somos concientes. El ser humano, dicho esto asépticamente, quiera o no ha de seguir una ruta, un camino ético y moral que le sirva de base vital, de esqueleto que soporte y mantenga una forma de ser, una personalidad. Un yo. ¿Y cómo construye eso? ¿A qué referencias acude y se adhiere? ¿Quién se las proporciona? ¿De dónde saca los argumentos para juzgar si una cosa está bien o está mal, conviene o no conviene a su camino? ¿Qué o quién le proporciona los elementos para creer y entender cual es su destino vital, el sentido de su existencia? Y eso si es que hay alguien que le diga que su existencia tiene un sentido, un destino.

Naturalmente se dan un gran número de condicionantes que influyen o son decisivos en esa tarea de “hacernos” a nosotros mismos: económicos, culturales, de pertenencia a un grupo humano concreto, relaciones de amistad, educacionales, políticos, liderazgos atrayentes en cualquier actividad, etc.

Naturalmente serán los grupos de poder los que siempre intentarán -y con frecuencia conseguirán- extender uno u otro modelo de pensamiento y comportamiento de acuerdo a sus intereses, a menudo opacos e inconfesables. Valiéndose para ello de las armas más eficaces y letales de las que el común de los mortales no disponemos: los medios de comunicación de masas, a través de los cuales, por presión, coacción o compra, difunden sus doctrinas y manipulaciones. Es decir, intentan transformar artificialmente la sociedad, llevándola al huerto de su ideología particular.

Creadores de nuevas éticas que, a base de insistencia, propaganda y machaqueo, y valiéndose de su capacidad legislativa y coercitiva, imponen paso a paso en una sociedad cada vez más inconsciente de su destino. No sin antes, eso sí, convencernos de que somos absolutamente libres. Libertad que consiste en elegir sus dictámenes, de tal manera que el disidente será reo de ninguneo, persecución, marginación, desprestigio social y, si se empeñan, víctima de sanción o de cárcel. Es más cómodo vivir sin disentir, o hacerlo solo en el marco y bajo los límites de lo “políticamente correcto” desde alguna de las corrientes ideológicas que se muevan a sus anchas por el país. Lo que da la sensación de “pertenencia”, de estar protegido por el grupo.

 

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