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Juan Bravo Castillo

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Juan Bravo Castillo


¡Oh, Capitán, mi Capitán!

Por Sol Sánchez

Jamás olvidaré esa escena. Las veces que he visto la película: “El Club d los Poetas Muertos” he llorado. Y estoy convencida que no ha sido, solamente, por lo mucho que me gustó, sino porque siempre he querido tener en mi vida, a uno de esos profesores que marcan tu existencia en positivo. Que te dejaban una huella imborrable a la que, volver de vez en cuando. Lo máximo que he tenido…, fue alguna profesora que no era tan despectiva, malhumorada, e irrespetuosa como los demás.

En mi última visita a Hellín, un buen amigo, me prestó un libro de Juan Bravo Castillo “Frente al espejo”. Una vez en Suiza tardé unos cinco días en devorar sus seiscientas treinta y ocho páginas. Me atrapó.

Me sentí identificada con ese niño, su manera de mirar desde el corazón, los lugares, las formas, las personas que estaban dentro de su mundo. Con mi imaginación y la narrativa de Juan, pude ir a “la casica”, esconderme entre el maizal, pedalear sobre la bicicleta por las carreteras hellineras que conducían al Pueblo a comprar tebeos. Sentarme sobre el tronco del árbol a leerlos, mientras los dorados rayos de sol acariciaban los tejados.

Pude…, casi sentir el rostro y las dulces manos de su abuela paralítica, y escuchar las batallas de la guerra de su padre. Conseguí sonreír, varias veces, a su madre, cuando se escondía bajo las sábanas por el miedo a las tormentas. Sembré, vi crecer y casi saboreé las hortalizas en el huerto. Sentí la pérdida de su tío.

Fui una más en los viajes con toda la familia a Los Chorros. Paseé por los restos del Azaraque (lugar que nunca conocí). Sentí cierto miedo en “Los Franciscanos” y entré a Cuevallá tras la fila de amigos.

Me encantó conocer los sentimientos que a Juan le despertó Francisco Alifa. Me subí a la furgoneta la noche en la que toda la familia partió de Hellin a Albacete, y me acurruqué a su lado, mirando esa línea pintada sobre el asfalto que nos marca y nos limita. Sentí muy dentro el desgarro que producen las frustraciones. Pasé tardes en la Mercería y juro, que me habría encantado entrar a comprar alguna cosa…

Hermoso “don” el que tiene para describir los detalles. Para poner adjetivos a las cosas, hasta el punto de hacer sentir al lector, la caricia del viento. Un intenso paseo por la vida de un hellinero, de un gran hombre, que consiguió con la fuerza de sus letras, que me temblaran las piernas el día que tuvo que imponerse frente a su padre para defender su libertad. El momento en el que un médico le dice que tiene una grave enfermedad, y la fortaleza con la que afrontó ese “infierno” del que salió victorioso, tal y como salen de las batallas los grandes guerreros.

La vez que tuvo que visitar a su vecino de la casa Pinares dejando el orgullo dentro, demostrando que hay momentos y actos que nos hacen valiosos.

Personajes dentro de un libro que son reales, sencillos, sensibles. Que respiran y sienten, que son cercanos. Que nos conducen hasta nuestro propio corazón y nos enseñan sin proponérselo. Pocas veces los autores consiguen, que al levantar los ojos de las páginas, el lector tenga que pestañear varias veces porque no sabe dónde se halla.

Tras la lectura de este libro que me ha parecido corto, he sentido una honda admiración, y le digo, que me habría encantado tenerle como profesor. Estoy segura que me habría enseñado a descubrir los caminos que nos llevan a lugares recónditos de nosotros mismos. Pero sucede, que a veces los libros son mágicos, y pueden convertirse en un gran amigo. Un libro imparte lecciones de vida, y es lo que me ha sucedido. Por fin puedo decir que he tenido un profesor:

Juan Bravo Castillo. ¡Oh, Capitán, mi Capitán!

Quiero agradecerle cada una de esas horas en la madrugada, que dedicó a la habilidad de escribir y expresar su vida. En ese recorrido tan maravilloso, que es adentrarnos en el pasado, para ir descubriendo cosas que estaban adormecidas en el valle del olvido. Nunca sabemos a dónde, cómo y a quién pueden llegarles nuestras palabras, y mucho menos podemos intuir, el poder que esas vivencias pueden tener sobre otros. Me parece el mejor regalo que un padre puede hacer a sus hijos…, me habría encantado tener en mis manos la biografía de mi padre, escrita por él. Conocer con detalle sus sentimientos e inquietudes. Es el mejor obsequio que un profesor puede dar a sus alumnos. Y que un vecino puede ofrecer a sus compatriotas (para mí lo ha sido).

A día de hoy, me habría gustado una conversación en la que poder decirle que también soy una

amante empedernida de la naturaleza, que me abrazo a ese mundo de antes, lleno de valores, y que pocas cosas me gustan del actual. Que he visitado Chamonix, he mirado el Mont-Blanc, y paseo muchas veces junto al Lago Lemán. A su vez, también le doy las gracias por valorar a mi hermano Ángel Luis por la persona que es.

A partir de este momento, si alguna vez alguien me pregunta si he tenido un buen profesor en mi vida, gritaré muy alto su nombre:

Juan Bravo Castillo… ¡oh, Capitán, mi Capitán!

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