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Algo se muere en el alma…

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Algo se muere en el alma…

Sol Sánchez

Nacer en un pueblo es una gran suerte. Crecemos casi siendo una familia. Cualquier cosa que pudiera pasarte, ahí estaban los vecinos, dispuestos a ayudarte y defenderte.

En Hellin teníamos la suerte de tener cierta intimidad, y a la vez, conocer a casi todos. Además son muchos los hellineros que en Hellin se han casado y han desarrollado su vida en la misma ciudad en la que nacimos.

Cada uno tenemos nuestras circunstancias y en ocasiones parece que no eres tú quien decide, sino un destino que te zarandea y dirige. Lo cierto es que llegados a este momento social creo que es una gran suerte vivir en la burbuja de un pueblo en el que uno se siente al resguardo de todo.

De todas las vivencias que he tenido… ha sido una la que me ha hecho tener muchas ganas de refugiarme en Hellin y no volver a salir. Os cuento…

De niña, en Hellín comencé a darme cuenta de la presencia de una señora pidiendo cada domingo y días festivos en la puerta de la Iglesia. A mí esa situación me destrozaba por dentro. En Hellín que yo recuerde, únicamente esta familia pedía en la calle. Con el tiempo fui conociéndolos más. Eran padres, hijos y se añadieron con los años nietos.

Supe que tenían una casa y los veía pasar por la puerta de la imprenta de mi padre con las manos cargando bolsas del supermercado. Pero pedían dinero en las iglesias y puerta por puerta y para mí eran personas pobres.

A veces he estado en Madrid, y en las plazas he visto a personas durmiendo entre cartones. Tuve un gran amigo que se dedicaba a ayudar a estas personas. Unos no están bien psicológicamente, otros no quieren ir a dormir a los albergues, en fin…
Hace unos meses por razones de trabajo tuve que viajar a Grecia. ¡Qué maravilla! -Pensé. Conocer la cuna de nuestra civilización… pero la vida me tenía preparado otro encuentro trascendental para mí.

Conocía la entrada masiva de refugiados a Grecia. Lo había visto semanas atrás en la televisión. Pensaba que estas personas estaban en algún sitio concreto, tipo albergues, no sé. Lo cierto es que nada más llegar a Atenas te recibe un aeropuerto muy nuevo y un súper tren a la última que te lleva al centro de la ciudad. Una avenida repleta de tiendas de las mejores marcas, los turistas que van y vienen, y ni una sola persona pidiendo en las calles protegidas por la policía.

No sé cuántos serán los turistas que no salen de ese recorrido, en nuestro caso no fuimos unos de ellos.

Al alejarte y visitar el puerto, por ejemplo, es casi ir al tercer mundo. Jamás en mi vida me había visto ante una situación igual, ni parecida. De una mañana de sol, pasé en unos instantes a un día ceniciento y gris. Comparado con aquello los pobres de mi pueblo, los pobres que hasta ahora yo había visto, eran pobres… ricos.

Me vi ante familias viviendo en pequeñas y destrozadas tiendas de campaña. Niños durmiendo en las cajas que se utilizan para transportar la fruta. La gente no solamente es que no tengan para vestir en condiciones y poder ducharse… la gente lleva el horror y la necesidad en el rostro. Ancianos envueltos en edredones malolientes y putrefactos en cualquier rincón. Tapados hasta arriba como si no quisieran volver a asomarse al mundo. Me vi frente a miradas devastadas, sin esperanza. Gente que no tiene más remedio que coger a los niños y lanzarlos a la mendicidad. Niños que no saben lo que pasa, que imitan y hacen lo que sus progenitores les dicen…

Supongo que esos padres pensarán que los niños calan más a la sociedad. Niños que se acercan a los restaurantes y los camareros los echan como cuando entra un gato, o un perro, o las palomas dispuestas a comerse las sobras. Nadie quiere que en su restaurante se moleste a los turistas. Los clientes son dinero y hay que proteger al Dios don dinero.

Niños con un vaso de plástico entre los indefensos dedos, que se te acercan y te miran a los ojos, y con esa mirada te hablan de su realidad. Niños con ojos de ancianos cansados y condenados a la miseria de que la gran mayoría les digan que no tienen dinero para darles, eso los que lo dicen, otros simplemente hacen un gesto de indiferencia para que se les deje tranquilos.

Nadie se acerca al puerto. Además el tren que te lleva hasta allí es viejo y cochambroso. Es una especie de máquina que también parece estar decepcionada de los hombres y el mundo creado. Un tren que pide retirarse del escenario de cada día, al sentir cada jornada sobre él, los pies descalzos de los pequeños. Un tren que te traslada de la ficción de lo bello a la realidad de lo horrible.

Nunca he sentido tanta angustia. Esa sensación de impotencia y decepción que parece ahogarte en la garganta. Ese momento en el que crees que estás viviendo una pesadilla y que no puede ser verdad. Y… ¿qué puedes hacer? Unas monedas no van a salvarlos.
Al marcharnos, más bien al huir…porque de estas situaciones no te vas…huyes. Fuimos a un bar a comer algo que nos calmara la huella de desazón en el estómago. A los cinco minutos entró una chica de unos diecisiete años con un bebé en los brazos. Nos pidió dinero, al decirle que no, se puso a llorar y nos dijo que no había comido. Siempre piensas que le darás un bocadillo y no lo querrá, que lo que buscan es dinero…Y en ese día me habría encantado que así fuera. Que hubiera rechazado la comida. Pero no fue así. Le dije… ¿quieres mi comida? Me dijo que sí. Cogió el plato y se marchó a otra mesa cercana… nunca antes había visto a alguien comer con esas ganas. Allí estaba…llorando y rociando la comida de lagrimones Le compramos un menú…pan para hoy y hambre para mañana. Desde ese bar hasta el hotel, aparecieron otras chicas, con otros niños. Parecía un déjà vu continuo.

Si algo ha hecho que en mi vida haya un antes y un después ha sido esa vivencia. Cuándo tengo hambre y digo: “Voy a comer algo” pienso en la gran suerte que es… tener hambre y poder comer. Tener sed y poder beber. Tener sueño y poder descansar en una cama confortable sin frío. Desear una ducha y meterte bajo el chorro de agua cristalina…Mirar a tu alrededor y comprobar que la gente a la que quieres no tiene grandes necesidades. Pero también entiendes que estamos llenos de exigencias. Que siempre se desea más de lo que se tiene. Que estamos ante una sociedad injusta y cruel, en la que debemos cambiar muchos de nuestros hábitos de consumo.

Cuando hablo de esto con otras personas, casi todos me dicen que es un problema que deben solucionar los gobiernos. Y es cierto pero… no hay que ser demasiado listo para saber que a los políticos no les importa en absoluto estas personas. Para saber que un ser humano no tiene todo el tiempo del mundo. Una persona sin hogar, sin comida, sin nada… no puede sentarse a esperar… para muchos no habrá tiempo.

Esa noche, paseando por las puertas del Teatro Nacional, vi llegar a los Políticos y a gente distinguida con chofer en sus grandes cochazos. A menos de un kilómetro la desidia que os he contado. Y encima de unos y de otros… un cielo repleto de estrellas que brillaban… al lado unos arbustos con florecillas que dejaban escapar un aroma dulce a fragancia… no muy lejos, el sonido de algunos grillos…

Estos días con la ola de frío a través de la televisión los vi de nuevo. A ellos, a los refugiados. Haciendo largas filas para un plato de comida… algo de mí se quedo en aquel lugar, o sería mejor decir… se rompió en aquella realidad… y de nuevo pensé en esa acogedora sensación de vivir en mi pueblo. El que nunca me mostraba cosas tan tristes y desagradables, en el que los pobres…eran ricos. En el que brillan las estrellas y en la Rosaleda las flores desprenden aromas a arrullos cuando los grillos comienzan su serenata.

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