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Septiembre…

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Septiembre…

Por Sol Sánchez

Septiembre para mí, siempre ha sido como una bocanada de aire fresco y nunca mejor dicho. Septiembre me lleva a la infancia y a unos días que son inolvidables.

En casi todos los Pueblos, se solía visitar algún Monasterio cercano. Se veneraba a algún Santo. Los fines de semana de Septiembre, los Hellineros solíamos acudir al Santuario de La Virgen de La Esperanza. Desde niña, escuché muchas historias sobre milagros y deseos cumplidos por la Virgen. Supongo, que visité el lugar siendo muy pequeña. Motivo por el que, para mí, nunca fue algo nuevo. Tenía la sensación de conocerlo desde antes de nacer.

Conforme fui creciendo, más me enamoré de su mágica historia: una cueva con muchos siglos de existencia, al parecer hecha, por las propias aguas del río Segura. Cuenta la leyenda que un Pastor, encontró allí la imagen de la Virgen, que tanto se honra.

La visita a la Ermita, llevaba su ritual.

Todo comenzaba el día que mi abuela materna, iba a encargar los billetes para el autobús y me decía, que al siguiente domingo iríamos. Esa noche del sábado, dormía en su casa. Antes de irnos a la cama, bajo la bombilla de luz tenue en el comedor, mi abuelo se arremangaba los pantalones, introduciendo los pies para lavárselos en un barreño de plástico, ante mi mirada, mientras me contaba con qué vecinos y familiares coincidiríamos en el autobús.

La noche la pasaba inquieta y emocionada.

Muy temprano estábamos preparados. Desayunábamos, leche con sopas sobre la vieja mesa de madera. Aquella que conocía todos los secretos de la casa. Agarrábamos las cestas, que mi abuela con su característico nervio, ya había preparado y andábamos entre las callejuelas hasta la plaza de la Iglesia, punto en el que esperaban varios autobuses.

Las campanas tocaban las ocho de la mañana. Era el despertar de nuestro pueblo en una jornada festiva, en la que unos se dirigían a misa, otros a tomar el café al casino y muchas familias a la Virgen.

No era un recorrido muy largo, por lo que me gustaba mirar por la ventana del autobús, que además en aquellos tiempos se podía abrir y dejar que nos rozara el viento en la cara.

Recuerdo la vegetación que había, en el trayecto desde Hellín a Calasparra. Lo mucho que ha cambiado ese paisaje, dando paso a extensiones de terreno de colores parduzcos y tierras áridas debido a la sequía.

El ayer, todavía me permite hacer ese viaje entre frondosos bosquecillos de árboles frutales y pinos, hasta que encontrábamos el Santuario de piedra. Muchas cosas, me impresionaron aquellos días. Había una subida por la carretera, en la que aparecían peregrinos. Hombres y mujeres de todas las edades, caminaban de rodillas por el asfalto, con las piernas ensangrentadas.

Mis abuelos me explicaron que era por una promesa. No pude entenderlo y aún no lo entiendo, excepto si

lo asumo a la sinrazón de los hombres. Yo no podía creer, que la Virgen necesitara esa forma de mostrarle agradecimiento. Que tuviéramos que ofrecerle dolor.

Aquella mañana, en la que observé a algunas ardillas trepar por los troncos, acompañadas por el canto de los pájaros ausentes, revoloteando sobre los árboles, seguro que agradecidos a un nuevo día, miré al cielo para preguntarle a Dios:

¿Por qué la Iglesia y sus normas, nos dictan que hay que sufrir para acercarnos a Ti?

Preguntas que se resolverían, en cada uno de mis pasos y hallazgos en esta vida.

Demandas que no paraban el tiempo, ni al autobús, que nos dejaba, en el extenso aparcamiento. Lugar en el que enseguida nos encontrábamos con compañeras de clase, vecinos, familiares…

Lo primero que hacía nada más llegar y conocer el sitio en el que estaríamos ubicados, era entrar a la pequeña ermita, empotrada en la roca. Me gustaba hacerlo sola. Sentir el frescor de la Cueva. Mirar las velas encendidas, que entonces eran gratuitas y cómo habían teñido de negro la roca en la que se cobijaban. Los deseos parecían estar suspendidos en ese aire. Me apresuraba a subir hasta el Camarín y tocar el manto de la Virgen, un manto de terciopelo con bordados de hilo que parecía oro.

¿Os acordáis, de aquella habitación, en la que se dejaban figuras de cera? Además de fotos, ropa y miles de papeles con mensajes. Me impresionaba mucho, al igual que los vestidos de Novia y los Capotes de Toreros.

Creo, que fue otro de los momentos, en los que la vida, me presentaba el sufrimiento ajeno.

Leía todo los papeles que podía. Hasta el propio trazo de las letras, me llegaban al Alma, me entristecían y llenaban de cierta angustia. Entonces mi deseo, era que todas aquellas personas se curaran.

Después venían otras vivencias: La subida de los ciento y pico peldaños hasta lo alto de la montaña. El baño en las frías aguas del rio. Las paellas cocinadas al fuego, en los espacios permitidos. Había una gran responsabilidad, por parte de las personas, que hasta allí se acercaban. Cuidábamos el medio ambiente con mimo.

La vuelta a casa era tranquila. Casi siempre, dando vueltas entre mis dedos, a alguna medalla o recuerdo de la pequeña tienda. Atrás quedaban los altos pinos que acunaban al río. La Cueva, albergando esperanzas, rezos, promesas y relatos sobre milagros. Lugar en el que cada año, intentando comprender al mundo, un pellizco de mi niñez se quedaba entre la escalinata de piedra, junto a la naturaleza, que no necesitaba de adiestramientos ni creencias.

¡Era todo tan natural! Con el paso de los años, ha dejado de tener para mí, el mismo encanto.

Demasiado enfocado al consumo, más que a la espiritualidad. Se me quedó dentro, el sonido de las azoradas aguas corriendo por el caudal del río.

La diferencia de temperatura entre el calor bajo el sol y el frescor a la sombra de los pinos. Era mi Septiembre.

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