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Reflexión sobre las pateras (I)

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Reflexión sobre las pateras (I)

Antonio García

Quede claro antes de nada que no voy en plan censura, juicio crítico, reproche ni nada por el estilo. Digo esto porque hemos llegado a una situación en la que, a nada que se emite una opinión o reflexión en voz alta –no sentencia- que se salga del cauce de la “corrección política”, lo mínimo que le cae a uno encima es aquello de “racista”, “xenófobo”, etc. Con lo que la mayoría prefiere estar calladico, por si acaso. Aunque luego, palpando la realidad, ya sea en la calle, en los bares, en las redes sociales y foros de Internet, con nombre propio o con pseudónimos, la gente normal y corriente expresa mayoritariamente su rechazo al actual fenómeno de la inmigración masiva que estamos sufriendo en toda Europa. Esta es la percepción que me llega por ojos y oídos, y que no voy a discutir.

Mas hoy me aventuro a lanzarles a ustedes una reflexión que, dicho con todos mis respetos, está exenta de la intención de quedar bien ante nadie.

Y es que tengo para mí, que cuando se habla de inmigración hay que matizar. No se trata de estar en contra o a favor, sin más. Es evidente que, de toda la vida, las gentes se han movido de un lugar a otro del planeta. Y seguirá ocurriendo. Y es igualmente obvio que existe el derecho fundamental de toda persona a viajar y establecerse en donde le parezca, dentro de la superficie del globo terráqueo. En numerosas ocasiones a lo largo de la historia, hasta pueblos enteros han migrado, buscando mejores condiciones de vida. Unas veces violentamente, en plan conquista, otras veces de forma pacífica. Pero nadie abandona la tierra que le vio nacer, por capricho. Salvo los turistas, cuyo periplo es de carácter lúdico y temporal.

Pero, verán ustedes, hay cosas que no me cuadran, y me llevan a ciertas reflexiones. Y quiero empezar por desentrañar el significado de algunas palabras importantes: la “humanidad” –humanitarismo- o sensibilidad y compasión por las desgracias de otras personas. Alto y noble sentimiento que dignifica a cualquier ser humano que lo posea. Pero es eso, un sentimiento que, si no nos mueve a la caridad, se queda en un mero sentimentalismo infértil. Y hablar de caridad es ya hablar de palabras mayores. Porque la caridad es acción. Es salir, impulsados por nuestra humanidad, a socorrer al otro. Es decir, a la solidaridad “eficaz” con el sufrimiento ajeno. En cristiano, definimos la caridad como virtud teologal que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo. Fíjense: virtud y amor. O sea, la caridad no se queda en mera filantropía, es mucho más, es amor. En virtud de lo cual podemos afirmar que es un valor personal, individual, que pertenece solo a uno mismo. Una sociedad no es caritativa, aunque muchos de sus miembros lo sean. Por su propia esencia, no es una cualidad colectiva, aunque muchos puedan concurrir en ella. Y así, podemos asegurar que las Instituciones, o sea, el Estado, no son caritativos. Es más, no es su misión. El Estado, gestionado por políticos y funcionarios solo puede ser justo y equitativo, pues no tiene más papel que administrar honradamente los bienes y potencialidades de su país, de su comunidad. Por encargo de los ciudadanos y para sus ciudadanos. Punto. Ahora bien, un colectivo de ciudadanos sensibles, solidarios, humanitarios y caritativos sí puede agruparse y constituir una organización, una institución de caridad. Utilizará los medios aportados por sus colaboradores y las ayudas estatales pertinentes para proyectos concretos y bien definidos, cuyos gastos deberán justificar y ser sometidos a auditorías, por tratarse dinero público. Y a nivel individual, pues hasta donde cada uno llegue.

Reflexiono es esto porque, ningún padre deja pasar hambre a ninguno de sus hijos, para darle de comer a otras familias. Todo lo más –y ya es heroico- puede acordar con su propia familia ajustarse el cinturón y hasta soportar algunas carencias para ayudar al prójimo. Y el cabeza de familia dando ejemplo.

¿Pero que está pasando con nuestro Estado? Digo yo que, si España no tiene suficientes recursos para atender dignamente a sus ciudadanos en situación de pobreza, o los tiene y “alguien los malversa”, si aquí no se perdona un puto desahucio, por más precaria que sea la situación de una familia, si ya hay españoles que ni cobran la ayuda familiar ni encuentran trabajo, si miles de oriundos ibéricos solo tienen por dormitorio los bancos de un parque, etc., ¿dónde está la “caridad” del Estado con los suyos? Perdón, quería decir ¿dónde está siquiera la justicia?.

Y si esto es así, ¿parece lógico que a las masas de inmigrantes descontrolados se les facilite vivienda, sueldos en forma de prestación, ayudas por hijos, asistencia sanitaria universal…? Algo no me cuadra. El mundo industrializado no solo no soluciona los problemas de África, por ejemplo, sino que los incrementa expoliando sus recursos naturales, condenando a la pobreza a sus dueños legítimos. Con toda la jeta. Al mundo civilizado le importa un pijo que se mueran más o menos negritos allá en su tierra natal. El mundo “desarrollado” no quiere tener hijos y se está suicidando lentamente, pero nos vende la trola de que consentir esta masiva inmigración es por tener mano de obra. Y por humanidad. Cuando en África y en Oriente el mundo rico no para de provocar conflictos raciales, guerras, destrucción masiva, muertes y hambrunas…

Insisto, algo no me cuadra. Me quedan más cosas que decir pero se me acaba el espacio. ¡Ah! Y si algún moderno “buenista” piensa que no tengo sensibilidad con el sufrimiento de los demás o soy racista, que le den.

Continuaremos reflexionando otro día.

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