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¿Quién construirá un mundo mejor?

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¿Quién construirá un mundo mejor?

Antonio García

Leopoldo Abadía, profesor, escritor y conferenciante, padre de 12 hijos y un tropel de nietos, contó hace años una anécdota que me impactó, y creo que jamás se me olvidará. Hay que decir que este hombre se hizo famoso cuando publicó el libro titulado La crisis ninja y otros misterios de la economía actual, que le llevó además a ser entrevistado en diversos programas de televisión. Bueno, pues la anécdota a la que me refiero y que se hizo “viral”, la cuento con sus propias palabras: <<En muchas conferencias, se levanta una señora (esto es pregunta de señoras) y dice esa frase que a mí me hace tanta gracia: “¿qué mundo les vamos a dejar a nuestros hijos?” Ahora, como me ven mayor y ven que mis hijos ya está crecidos y que se manejan bien por el mundo, me suelen decir “¿qué mundo les vamos a dejar a nuestros nietos?” Yo suelo tener una contestación, de la que cada vez estoy más convencido: “¡y a mí, ¿qué me importa?!” Quizá suena un poco mal, pero es que, realmente, me importa muy poco>>.

Pero luego nos cuenta esta otra: <<Al acabar una conferencia la semana pasada, se me acercó una señora joven con dos hijos pequeños. Como también aquel día me habían preguntado lo del mundo que les vamos a dejar a nuestros hijos, ella me dijo que le preocupaba mucho más qué hijos íbamos a dejar a este mundo>>. Y añade: <<A la señora joven le sobraba sabiduría, y me hizo pensar…>>.

Y esa, amigos lectores, creo que es la clave. Mejor dicho, estoy seguro. ¿Se han dado cuenta de lo muchísimo que nos quejamos? De la cantidad de veces que comentamos: “cómo está el mundo”, “dónde vamos a ir a parar” ó “esto no tiene arreglo”. Y puede que sea verdad, que las posibles reparaciones de este mundo roto sean dificilísimas de llevar a cabo. Y claro, no hacemos nada…

¿Hace falta repasar el mundo que les vamos a dejar a nuestros hijos?: guerras, pobreza, corrupción galopante, ideologías perversas, aceptación del crimen del aborto, naturaleza degradada y sobre explotada, persecuciones y mil injusticias más que no son objeto de este artículo. Esto no tiene arreglo… ¿No lo tiene? Dejemos por un momento de ser y hacernos las víctimas, y cambiemos la perspectiva. ¿Qué hijos vamos a dejar a este mundo?

En este punto recuerdo una anécdota que se cuenta de la Madre Teresa de Calcuta. Estando en el hospital de un campamento de “parias de la sociedad”, vio que una nueva enfermera voluntaria se apuraba y estresaba por la cantidad de trabajo que allí había. Eran muchísimos los pobres y enfermos que atender. No lo recuerdo textualmente, pero la buena Madre Teresa le dijo algo así: <<no te preocupes por tanto sufrimiento como aquí ves, elige un enfermo cada vez y entrégale todo tu saber, toda tu atención y todo tu amor, y no te apures. Dios proveerá>>.

Los padres nos preocupamos por los hijos y querríamos dejarles un mundo perfecto en que impere la paz, el orden, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la honradez, la tolerancia y el respeto… pero nos desazona levantar la mirada y mirar al exterior, y leer la prensa, y ver los noticiarios, y constatar día a día que las cuentas no nos salen, que el aire es amenazante, que casi sentimos el aliento de los Jinetes del Apocalipsis…

Ya sabemos qué mundo vamos a dejar, pero la pregunta es: ¿nos importa un bledo o…reflexionamos e intentamos hacer algo? Porque creo que solo hay una solución a nuestro alcance: “echar toda la carne en el asador” en la educación de nuestros hijos. En preparar adecuadamente hombres y mujeres que sepan edificar, con el esfuerzo necesario, ese “mundo mejor” que todos ansiamos. ¿Quién si no lo ha de construir? ¿Dejamos que siempre lo hagan “otros”? ¿De verdad que no tenemos ninguna responsabilidad ninguno de nosotros? ¿No suena eso a comodidad, a cinismo?

No, no podemos arreglar el mundo, pero sí podemos construir familias que sean el semillero de todos aquellos que, un día u otro, tengan la oportunidad y la responsabilidad de forjar el futuro. Cuantos hoy gobiernan el mundo o cualquier cachito de él, son personas que, como todos, tuvieron un origen familiar.

Entonces, ¿qué hacer? Yo sugeriría algo parecido a lo que aconsejó la Madre Teresa a aquella enfermera voluntariosa y novata: centrarnos con todas nuestras fuerzas en nuestra familia. Educar en valores. Pensémoslo.

Si educamos en competitividad, materialismo, consumismo. Ausencia de esfuerzo y sacrificio. Si enseñamos aquello del si te dan una, devuelve tres. Si predicamos lo de tú a lo tuyo y los demás que arreen. Si andamos con el “triunfa a costa de lo que sea y de quien sea”. Si lo más importante en la vida es hacerse rico y tener todos los caprichos. Si no les hacemos seres pensantes, críticos y verdaderamente libres: “sigue la corriente y no te metas en problemas”. Si se dejan llevar por cada “bocazas deslumbrador” que les sale al paso. Si no hay verdades superiores en las que creer y todo depende del capricho del hombre. Si el respeto a la vida desde su concepción no es su bandera. Si la formación ética y moral queda en segundo plano o brilla por su ausencia, ¿por qué nos quejamos de que haya tanto sinvergüenza suelto por el mundo, incluso ocupando puestos de responsabilidad y poder? ¿De dónde nos creemos que han salido?

En definitiva –porque a buen entendedor pocas palabras bastan-, si expulsamos a Dios de nuestras vidas, ¿qué nos queda sino la ley del mundo, que es precisamente la que se está cumpliendo? La ley de la selva.

Créanme, solo hay un camino a seguir: el Evangelio de Jesucristo. ¿Qué ese es un ideal? Claro, pero ¿dónde vamos sin ideales de altura?

Les agradeceré que me comuniquen, si lo tienen, otro remedio para “arreglar” el mundo.

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