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Pilar Guerrero…

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Pilar Guerrero…

Sol Sánchez

Un leve y profundo recuerdo de mi infancia me ata a Pilar Guerrero y a su marido. La imagen de unas personas a las que cada tarde que volvía del colegio me acogían por unos minutos en su tienda y me demostraban un cariño especial.

Los años fueron transcurriendo para ellos y para mí dentro de nuestro Hellin natal, hasta que los caprichos del destino, deciden que un día Pilar lea alguno de mis escritos y haga memoria para ponerme un rostro, e identificar quién soy.

Me gusto que una persona como Pilar se interesara por mí. Me informaron que había cumplido ya noventa y cinco años, y que una de sus grandes aficiones era la lectura. A veces, ocurre que algo parecido a un cordón umbilical tira de mí con fuerza, y una mañana de domingo de hace pocas semanas, me llevó junto a una buena amiga, hasta la puerta de Pilar. Un hogar con sesenta años. Frente al recinto ferial, sobre los pinos del parque. Vivienda de paredes lisas, techos altos y muebles antiguos. De fotos en blanco y negro, de detalles con personalidad que hablan de una intensa vida familiar. Me gustó la entrega de los familiares, el recibimiento de su yerno, propio de un lord inglés. Esos minutos de espera en los que me di cuenta de cómo el sol iluminaba la estancia, proporcionando un ambiente de calidez.

Apareció Pilar, apoyando levemente sus dedos sobre la mano de su yerno, movimiento propio de las princesas. Con una sonrisa que me llevó a la infancia, con un abrazo que me hizo recordar, con una sabiduría de los tiempos reflejada en su rostro. Vestía colores azules que recordaban la inmensidad del cielo. Su mano se ató a la nuestra en un nudo de afectos. Me encantó.

Pilar llevaba su tablet. Nos habló de su gran afición por la lectura desde joven. Detalló que en las noches en las que amamantaba a sus hijos, que han sido ocho, siempre abría un libro para entregarse a la magia de las letras que la transportaban a otros mundos, culturas, formas de vida. Fue entonces cuando miré con detalle a su cara y comprobé que a día de hoy, Pilar es una maestra de la vida. Esa sonrisa permanente esconde algo muy ansiado para muchos de los que nos movemos en incertidumbres, en su sonrisa habita la paz. Una mujer de aspecto frágil, cuyo gesto es una fortaleza en la que me habría gustado acunarme.

A veces, cuando tenemos la inmensa suerte de estar ante un “hada” me gustaría que no pasaran las horas. Que el tiempo me permitiera conocer todo los secretos de vida que los

sabios albergan en su interior. Que me hiciera conocedora de la forma en la que se aparcan los miedos, de ese saber estar…, para que en mi rostro comenzara a dibujarse el gesto acogedor que todo lo abarca, que deja una huella imperecedera en los que te conocen.

Gracias Pilar, por aquel cariño inicial que me dio siendo una niña y por unas horas de su tiempo tantos años después. Me hace entender que lo importante no es la cantidad, sino la calidad de los momentos. Y a su vez, del por qué durante tantos años nada pudo borrar su imagen de mi mente. Y es que el amor que nos entregan desinteresadamente nunca se olvida.

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