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Orígenes de España, para descreídos y separatistas

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Orígenes de España, para descreídos y separatistas

Por Antonio García

¿A qué llamamos España? ¿Desde cuándo somos España?

Los rasgos culturales saltan a la vista y poseen un carácter latino fundamental: hablamos, pensamos y soñamos en un idioma común derivado del latín. Como elementos más definitorios, tenemos un Derecho y unas costumbres venidas, en gran parte, de la antigua Roma. Más la impronta milenaria del cristianismo, introducido en la península en la época romana y en estrecha relación con esa cultura. Así pues, las bases culturales de España fueron sembradas y arraigaron con la colonización romana, que “solo” estuvieron aquí desde el 218 a. C. hasta el 410 d. C.

Desde luego, había una base demográfica anterior que la llegada de nuevos pueblos e inmigraciones no la alteró de modo fundamental, aunque sí muy significativamente.

Los originarios pobladores de la península formaban un heterogéneo mosaico político y cultural, casi tribal, a menudo enfrentados entre sí, que solo podían ser objeto de las pretensiones de potencias superiores, como Cartago y Roma, por aquellos entonces verdaderos estados fuertes y organizados.

Primero, la península se convirtió en zona de influencia de Cartago que, desde África (actual Túnez) vino a asentar sus reales en estas tierras, fundando Carhago Nova (Cartagena). Lo lógico hubiera sido que ellos hubieran ejercido el papel unificador cultural de la península, pero, enfrentados como estaban a Roma, la genialidad de uno de los mejores estrategas de la historia, Publio Cornelio Escipión, apodado “el Africano” por derrotar a los cartagineses en su propio territorio y vencedor del general cartaginés Aníbal –otro general fuera de lo común- propició que Roma sentara sus reales en estas tierras por espacio de casi siete siglos. Si alguien tiene derecho al título de fundador de España como unidad cultural, ese no es otro que Escipión.

La conquista de Hispania –mera denominación geográfica- por los romanos tardó en completarse, dada la valerosa resistencia de los pueblos del interior, que fueron capaces de derrotar a las legiones romanas en numerosas ocasiones, pero incapaces de unirse para un esfuerzo prolongado. Por lo que terminaron sucumbiendo uno tras otro ante la poderosa máquina guerrera de los romanos.

La presión de Roma, a lo largo de los siglos, cambió radicalmente el panorama político y cultural de la península. Tanto, que las invasiones posteriores de pueblos germánicos prácticamente no le afectaron. Más bien al contrario, también fueron culturalmente conquistados.

Bajo Roma, España no era una nación, sino solo una parte de un inmenso imperio. Digamos, una provincia romana. Pero la llegada de los visigodos, en el año 410 –decadencia del Imperio romano- cambió las cosas, adquiriendo rasgos claramente nacionales. No enseguida, pues los germanos dominaron largo tiempo como simples bandas de opresores en diversos territorios sin identificarse con los pueblos dominados, pero con la llegada del rey godo Leovigildo, que reinó del 572 al 586, todo adquirió un nuevo sentido. Él concibió un estado auténticamente español sobre toda la península, con desaparición de las diferencias entre autóctonos e invasores. La conversión de su hijo Recaredo al catolicismo, casi unánime en toda España, no hizo sino culminar el proceso abierto por su padre, a quien podemos considerar el creador político de la nación española. El sentimiento patriótico o nacional surgió entonces con fuerza, según muestran con claridad los documentos de la época.

Pasado el tiempo, en el año 711 llegó la embestida musulmana, coincidiendo con unas agrias pugnas internas por el poder en España, que impidieron una efectiva resistencia a los árabes. A pesar de ello, “la pérdida de España” se convirtió en un tópico popular, y el recuerdo idealizado del reino godo tuvo tal fuerza moral y política que sin él no puede entenderse el proceso, iniciado casi inmediatamente, de reconquista y “recuperación de España”.

El dominio islámico en la península difirió radicalmente del dominio godo. De ningún modo se asimiló culturalmente a la herencia latina, sino que la redujo progresivamente casi a la ruina, como hizo en el norte de África. España desapareció en gran medida

para convertirse en Al Ándalus, volviendo a la órbita africana. Y como dicen las crónicas andalusíes: <<¿Qué mal pueden hacernos unos cuantos asnos salvajes?>>, -refiriéndose a los españoles-. Pero aquellos asnos salvajes llegarían a imponerse, penosa y lentamente. Y a recuperar el viejo reino de España. La notable civilización traída por los árabes se estancó pronto, mientras que las concepciones culturales de los cristianos estaban llamadas a un desarrollo impetuoso: una idea de la libertad personal inexistente en el Islam, una mayor autonomía recíproca entre religión y política, la monogamia, una superior consideración de la mujer, etc. El bagaje cultural español, a pesar de la pobreza de los comienzos era potentísimo. Nada menos que el legado de Roma y el cristianismo. Pero la historia de la Reconquista es otro cantar.

Así pues, desde Leovigildo, España existe como unidad. Como entidad política y cultural.

Unidad hoy amenazada de nuevo por los separatismos y por la moderna invasión islámica que están logrando, de una sola tacada –con el apoyo de nuestra chusma política-, desmembrar nuestra Patria y cambiar de arriba abajo la política española.

Vivir para ver…

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