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Los avatares del gato

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Los avatares del gato

Antonio García

Espero que entiendan el derrotero de este artículo, pero es una deuda que tengo contraída con los gatos. Animales que, para bien o para mal no han dejado indiferente a nadie a lo largo de la historia. Ningún animal ha sido tan controvertido como este felino, que acompaña al ser humano desde que fue domesticado en Egipto hace cinco mil años. He de confesar, antes que nada, la muy alta estima en que les tengo.

Persiste la creencia de que cruzarse con un gato negro trae mal fario. Es de mal agüero. Sin embargo en la remota Antigüedad gozó de gran prestigio. En el antiguo Egipto simbolizó la dignidad y la fortuna, inspirando tanta simpatía y tanto respeto que estaba protegido por la ley. Hasta el extremo de que quien lo mataba era condenado a muerte. En aquella civilización, cuando un gato moría la familia vestía de luto y se rapaba las cejas a navaja, embalsamaban al felino, lo envolvían en finos lienzos y se le metía en un sarcófago de madera noble o incluso de bronce. Según cuenta Herodoto, historiador griego del siglo V antes de Cristo, si se declaraba un incendio, lo primero que se salvaba era al gato. Numerosos monumentos y templos de aquellas tierras egipcias dan testimonio de la veneración que se tenía hacia este animal. Los sacerdotes del templo de Tebas lo llevaban consigo como destructor de los enemigos del Sol, y lo llamaban maau, dedicado a la diosa Bast, cuya imagen tiene cabeza de gato. Se le atribuían siete o nueve vidas, creencia que sigue vigente en la actualidad, si bien de manera folclórica. Igual de relevante fue el lugar que ocupó en la vida de la India, hace dos mil quinientos años. El filósofo chino Confucio lo protegió, teniendo a uno por compañía. Incluso se dice que Mahoma, allá por el siglo VII predicaba sosteniendo uno entre sus brazos. En el Japón habitaban las pagodas para proteger los manuscritos de la voracidad de los ratones.

Pues bien, durante todo aquel tiempo cruzarse con un gato en el camino era signo de buena suerte. Pero hubo una época en que las cosas cambiaron drásticamente para este simpático e inteligente animal. A lo largo de la Edad Media europea los gatos negros comenzaron a inspirar desconfianza, atribuyéndoles avidez, inclinación al robo, cabezonería y, en buena medida, porque su proliferación en las ciudades significaba un incordio. Los gatos callejeros eran alimentados por bondadosas ancianas, y claro, no hay nada como disponer de condumio para multiplicarse, siguiendo las leyes de la Naturaleza. Mas la cosa se torció cuando muchos comenzaron a asociar el binomio gato-vieja con alguna influencia diabólica. Sobre todo si el misino era de pelo negro y corto. No había duda: la magia y la brujería se entremezclaban en el dúo vieja-gato. ¡Qué cosas pasan! Hasta el punto de darse credibilidad a la sospecha de que las brujas se transformaban en enormes gatos negros, dueñas de los tejados, que merodeaban al acecho por el poblado. Recuerden ustedes a las brujas de Salem, antigua colonia inglesa de América. Fueron puestas ante el juez acusadas de adquirir la forma de gato para acudir a sus aquelarres y prácticas satánicas. Al ser transformados en animales despreciados y diabólicos, a finales de la Edad Media estuvieron a punto de la extinción. Fíjense hasta dónde llegó la histeria colectiva: cualquier anciana vista en compañía de un gato negro días después de haber ocurrido una desgracia, era llevada a la hoguera junto a su animal de compañía. ¡Pero qué brutos eran! Si un bebé tenía la mala suerte de nacer con los ojos saltones y brillantes, y mostraba desenvoltura y vivacidad, era sacrificado por miedo a que habitara en él un futuro brujo o bruja. Incluso podía ser que fuera producto de un coito de estraperlo.

Hay anécdotas jugosísimas en muchas partes del mundo, pero contarlas todas requiere mayor extensión de la que se me permite. Continuaremos, no obstante, con algunas curiosidades.

A principios del siglo pasado, los habitantes del pueblo gerundense de Besalú, estaban convencidos de que si las desgracias se acumulaban en una casa, había que cocer vivo a un gato negro y enterrarlo en el patio para que acabase el maleficio. En Canarias aún llegaban más allá: creían que el caldo de gato negro hervido curaba el asma. Hervidos sin pelar y sin ningún tipo de aliño. Esto parece asqueroso, pero me gustaría saber de qué hacen los jarabes actuales…

En Hungría estaban más avanzados, pues ya sabían que la transformación de gato en bruja ocurría cuando el felino cumplía los siete años. Por lo tanto podían evitarlo con antelación: les hacían una cruz en el pellejo con un punzón. Pero también sabían que tocar el lomo de un gato tres veces con los tres dedos centrales de la mano, traía la suerte de cara. En Sicilia, si mientras las mujeres rezan por los hombres embarcados maúllan dos gatos, se teme por sus vidas. Se presagian dificultades en alta mar.

Y fíjense sin embargo que, en los ambientes de la farándula siempre estuvieron bien vistos, salvo cuando cruzaban el escenario en plena representación.

Dicho todo esto y dado que se me acaba el espacio, lanzo un alegato en defensa de estos felinos –feles, en el latín clásico y cattus en el latín tardío-. El gato es un animal adorable: agilísimo, inteligente, desconfiado –instinto de supervivencia-, intuitivo, independiente, excelente observador, limpios como ningún otro. Y si uno se hace con un gato, o más propiamente dicho, si un gato se hace con uno –deciden ellos-, la amistad con un misino es sumamente gratificante. Rascarle el lomo a un gato mientras oímos su ronroneo de placer, tiene un no se qué que cautiva.

Pero no les entretengo más. Que pasen buena semana. Aunque mejor será que sin pérdida de tiempo crucen los dedos y toquen madera, no sea queee…

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