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Las masas

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Las masas

Antonio García

Nunca he creído en “las masas”, o lo que es lo mismo, nunca he creído, como razón y guía de conducta, en el pensamiento de las masas. O sea, de las mayorías. Por la sencilla y demostrable razón de que las masas no piensan. Una masa humana es como un mastodonte con miles de cabezas, pero sin cerebro.

Permítanme que les cuente una anécdota, que creo ilustra bien aquello de <<¿Dónde va Vicente?: donde va la gente>>. Hace unos cuantos años se emitía por una televisión local un programa en el que, entre otras cosas, varios políticos de la ciudad opinaban sobre la despenalización del aborto en nuestro país. Y a la pregunta hecha por el presentador a un componente de la corporación municipal de esa ciudad sobre si estaba de acuerdo con el aborto, la respuesta fue: <<hombre, los países avanzados de Europa lo han legalizado…>>. O sea, que su argumento fue que España –Vicente- debería de legalizarlo también, porque Europa –la gente- iba por ahí. Confieso que me sorprendió tan brillante razonamiento. Porque ahí se quedó la respuesta.

La masa no piensa. Solo el individuo, como tal, es capaz de hacerlo, siempre y cuando no se deje arrastrar por el hormiguero. Pero claro, el ser humano es gregario, lo que quiere decir que es un animal que vive en manada. Que está con otros, sin distinción, y que junto con otros animales, sigue ciegamente las ideas o iniciativas ajenas. Con una particularidad elemental: le horroriza “desgregarizarse”. O sea, “sacar la patica” de donde todo el mundo la tiene metida.

Un ejemplo claro y manido es el de las modas en el vestir. Los que componemos la masa de ciudadanos no inventamos lo que se ha de llevar la temporada que viene: Lo impondrán los diseñadores y fabricantes. Los demás nos limitaremos a decir que <<esto es lo que “se lleva” en la presente temporada>>. En resumidas cuentas, nos lo dan pensado y hecho. El resto lo hará la publicidad. Por supuesto que no todo el mundo vestirá igual, pero los nuevos diseños y colores <<crearán tendencia>>.

Decía Rosa Luxemburgo, teórica marxista de origen polaco-judío que <<Es necesario preparar a las masas en forma tal que ellas nos sigan con entera confianza>>. Y de eso se trata. Unos piensan, y los demás les siguen. El pensador es hábil, pues detecta carencias vitales en el pueblo en una época determinada de la historia y sabe aprovecharlas para, con un discurso demagógico, lleno de expectativas esperanzadoras y promesas de felicidad, intentar imponer su cosmovisión particular a todo el mundo. Ese es el proceso de todas las ideologías. Todas. Y de esta forma, mediante la manipulación, las clases dominantes pugnan por atraer progresivamente las masas a sus intereses, a sus objetivos. Naturalmente cuentan con el complot de los medios de comunicación, de manera que cuando suelen decir: “la mayoría desea o pide esto o aquello”, en muchos casos es mentira. Pero crean la conciencia de que así es, y uno, ingenuamente, teme distanciarse del rebaño. Sin embargo, para lo que realmente interesa socialmente –como las pensiones o el impuesto de sucesiones, por ejemplo-, las mayorías desaparecen de la boca de los manipuladores y de los medios informativos.

Pero para alcanzar todo ello, es necesaria una labor previa y paciente de vaciar al ser humano de sus requerimientos espirituales. Con mucha razón decía Ortega y Gasset que “el hombre masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas del pasado, y por ello dócil a las disciplinas llamadas internacionales. Más que un hombre, es un caparazón de hombre”.

De ahí el fundamento de la ignorancia procurada, el ominoso destierro de la excelencia, la incultura planificada. Porque estos factores son la fuerza principal de los gobernantes. Ya en el siglo XVII, el filósofo inglés Thomas Hobbes aclaraba que “las masas sin educación son fácilmente influenciables por la lisonja y la adulación de los políticos”. Peritos en desinformación y manipulación de gentes. Expertos en la elaboración de premisas falsas, que más que a la razón van dirigidas a los sentimientos. De manera que nos movemos más por sentimentalismos ideológicos que por procesos de elaboración intelectual. ¡Oh, el pueblo soberano! Ese pueblo que es capaz de amar sin saber por qué, y odiar hasta el extremo sin ningún fundamento.

Pero amigos, tal vez estemos de acuerdo ustedes y yo que no necesariamente lo que es –o aparenta ser- más popular, por más compartido que esté, es lo más correcto, conveniente o sabio. No, las mayorías no siempre tienen razón. Por más que griten. Nos adherimos a una u otra tendencia, las más de las veces sin pasarla por el tamiz de nuestra propia reflexión. Pero los gobernantes saben de nuestros miedos y nuestros complejos. Y todos tememos, en mayor o menor grado la presión de las mayorías, la exclusión del “sistema” y, tal vez, la soledad. A lo que hay que añadir que cuentan con el poder suficiente para legislar aquello que desean imponer, con el consenso de las masas o sin él.

Termino, de qué mejor manera, con otro pensamiento de Ortega y Gasset: <<La rebelión sentimental de las masas, el odio a los mejores, la escasez de estos… He aquí la razón del gran fracaso hispánico>>.

Para pensarlo

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