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Lagrimas que brotan en mi alma

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Lagrimas que brotan en mi alma

 

A todos los hellineros

(a todos los que se fueron, y a los que aquí estamos)

Si alguien me preguntara qué significa para mí la Semana Santa…, diría que con el tiempo, he conseguido descubrir que es similar a las lágrimas que nos brotan del alma.

Jamás siendo una niña, incluso una adolescente, pude imaginar que con el paso de los años, la Semana Santa estaría cosida a mis entrañas.

Cualquier cosa puede desaparecer en el espacio-tiempo.

Cualquier recuerdo se ha podido borrar.

Se han diluido mis eternos enamoramientos de adolescencia, se han deshecho parte de mis ideales, en cambio…, el sonido de un tambor sigue estremeciendo a mi corazón y hace brotar lágrimas de mi alma.

Me atrevo a decir que la Semana Santa de Hellín es mi hogar y mi eterno cobijo.

Que mis seres queridos que se fueron viven en ella, están en ella mis antepasados…

Me atrevo a confesar que a veces, necesito hacer sonar un tambor, porque su sonido me traslada a una parte tan cercana de mí misma que un redoble se funde con mi latido.

Formo parte de esos tontos, muy tontos, que han dejado pasar los años sin comprender el influjo real que supone ser de dónde provengo.

Saber que formo parte de una tradición que dentro de Hellín se convierte en mágica y poseo la llave del lugar.

¡Soy hellinera porque así el Universo lo decidió!

Sólo necesito volver a ser una niña…, una adolescente, cerrar los ojos y pensar.

¿Te vienes conmigo a la Semana Santa del ayer y el ahora?

A los días que no cambian, a las horas que no mueren.

Un día, en el colegio alguien nos contaba que la Semana Santa cambiaba de fecha cada año, porque debía coincidir con la primera luna llena de la primavera.

No hay hellinero que no conozca esa luna de Jueves Santo, seductora y brillante.

Momento, en el que pertenecer a Hellín se convertía en todo un privilegio.

Con la cercanía de la Semana Santa seguíamos con desasosiego el parte meteorológico.

Unos días antes del comienzo todo eran cábalas y suposiciones:

-Pues si esta semana está haciendo frío y con lluvia…, no tendrá más remedio que mejorar -decíamos.

-Ya te digo yo que va a llover. ¡Si siempre pasa…! -temíamos.

Los hellineros habríamos pagado cualquier cosa al Universo, para que esos días concretos la situación meteorológica jugara a nuestro favor.

Entrañables tardes de Martes Santo, en las que durante horas los chicos sacaban brillo al tambor y las chicas nos escondíamos junto a las madres en la cocina entre cacharros, huevos, harina, mandiles y grifos que goteaban sin cesar.

(Lo que daría por volver a esa escena, en el mismo sitio de siempre, con las mismas personas de siempre).

Las ventanas de las cocinas permanecían abiertas, dejándonos escuchar los tambores ya alborotados en la puesta a punto.

A la espera de que los relojes corrieran con más prisa de lo habitual, para luego detenerse en la tarde de Miércoles Santo.

¡Sucedía al revés!

En los días previos, el tiempo se nos hacía eterno. Y en el momento en el que nuestras manos se unían a los palillos, las horas volaban.

A través de la ventana también nos llegaban los aromas a fritos que salían de otros hogares mezclándose con los nuestros.

A las madres les encantaba que las acompañáramos en sus menesteres, a pesar de convertirnos más que en una ayuda, en un estorbo para ellas.

Nos daban una bola de masa, intentando que nuestras pequeñas manos la moldearan y de paso nos entretuviera, mientras que sigilosamente las costumbres nos iban hechizando el alma.

Había una ilusión en el ambiente difícil de explicar, sin cesar de mirar a través del cristal del horno las empanadillas, para ver cómo iban tomando forma, dejándose dorar, a la vez que el deseo de probarlas nos arañaba el estómago.

Los hornillos, todos encendidos con cacerolas de metal esmaltadas en color burdeos en las que bailaban los panecicos.

Sartenes con aceite hirviendo a fuego lento, a la espera…

Podría ser una fotografía en la que si el autor se alejara, con el objetivo captaría a través de casi todas las ventanas la misma escena.

Los mismos sentimientos, entrega y dedicación.

En las manos de las mujeres hellineras durante esos días se despertaba una gracia particular, consiguiendo los mejores manjares del mundo.

Un “don” transmitido de generación a generación.

Estrenábamos algún pantalón o vestido primaveral, cuya pieza de pecho estaba bordada con punto de nido de abeja.

La ropa interior, calcetines de hilo y zapatos, también solían ser nuevos, ¿te acuerdas? En todos los escaparates de las tiendas dedicadas al textil aparecía la ropa de temporada. (Os prometo que huelo, y siento la dulce caricia de esos días)

Días en los que las madres nos permitían acompañarlas a la peluquería, para que nos igualaran las puntas y arreglaran el pelo.

En los que recibíamos la visita de parientes que tiempo atrás, tuvieron que emigrar a otras partes de España, deseando que llegara esa esperada y soñada Semana para reencontrarse de nuevo con su tierra.

Las casas se llenaban de maletas y camas mueble abiertas por todas partes.

A pesar de que nuestras madres estaban nerviosas intentando atenderlo todo, a nosotros nos encantaba el ambiente.

Se abrían los salones que siempre permanecían cerrados, a la espera de eventos especiales.

Las mesas se vestían de gala, con las vajillas, cuberterías y manteles del ajuar bordados a mano.

Pero…, no siempre disfrutábamos de felicidad.

¿Quién no guarda en su retina y su corazón los días de Semana Santa lloviendo?

Hasta la masa de las empanadillas se resentía, con la lluvia cayendo sin muchas ganas de parar.

¡Ya nada era lo mismo!

Se suspendían muchas procesiones. Se tocaba el tambor dentro de los bares y portales…, bajo cualquier tejado.

Lloraba el cielo mezclándose con las lágrimas de impotencia de los hellineros.

Tristeza que presentíamos en los tronos recogidos en las iglesias.

Hay que ser de Hellín para entender el sentimiento tan intenso e indescriptible que nos nace en el espíritu esos días.

El intenso dolor que supone no poder disfrutarlos. ¡

Hay que crecer entre redobles!

Dormir en la nana de los repiqueteos de tambores, principiantes y veteranos…, es lo que nos provoca sentir la pasión por una tradición.

Semana Santa Hellinera: pasados, presentes y futuros.

Ímpetu que resbala en forma de gotas de sudor cristalino por la frente.

Sangre en los dedos.

¡Llagas de arrebato!

Pasos de delirio.

Sobre algunos hombros de los tamborileros se apoyaban troncos de árboles vaciados en forma de cruz. Recorrido que evocaba el peregrinaje de Jesucristo.

(Así vi a mi padre muchas mañanas de Viernes Santo).

Hellineros nutridos por un regocijo vital, celebrando la Semana Santa como penitentes, dejando latente el alma extendida por siempre en los rincones de un Rabal apresurado, entre rastros de vino y albores.

Despertares, nostalgias y sueños en las callejuelas.

¡Estruendos de noche!

¡Sinfonía de compositores!

Arranque de pulsos y palillos en una intensa expresividad que descubrimos e intuimos entre los silencios, cuando todo se acaba y los oídos nos siguen recordando lo que jamás tendrá fin.

Se abre para los hellineros un hueco en la noche de Jueves Santo, para liberar los gritos que pasan desapercibidos entre la intensidad del ruido.

Lamentos que nos ayudan a aliviar nuestras penas y enviar mensajes.

¿Quién no ha gritado hasta la saciedad, entre el sonido de los tambores, el nombre de un ser querido que se fue?

¿Quién no ha derramado entre el tumulto lágrimas de impotencia?

¿Quién no ha tocado el tambor de alguien muy querido, en el intento de hacer llegar sus redobles al cielo?

¿A quién no le han brotado lágrimas del alma?

Sería imposible no recordar de una manera muy especial en estos días a los hijos de la Villa que se fueron.

Los colores rosados y amarillentos del amanecer…, cuando de la mano de nuestros padres o abuelos subíamos al Calvario.

Cuestas de bostezos y encuentros con los tamborileros ascendiendo y bajando en un rastro de impulsos.

¡Cómplices del alba!

De la luna protestona, revelándose ante su misión de continuar en el camino marcado por el Universo.

Cuenta la leyenda de los misterios que se esconden en los astros, que jamás la luna ha querido quedarse en otro lugar que no sea la Villa de Hellín.

Una luna en la aurora del día, agarrada con fuerza al manto de La Dolorosa, en tonalidades azules y reflejos radiantes, pasando por delante de la mirada de los niños transmitiéndoles el fuego eterno de lo que jamás perece.

La Semana Santa tiene nombres y apellidos hellineros, bordados con fibras de oro y enigmas en el horizonte y el viento.

¡Semana Santa Hellinera!

Primaveras unidas en los recodos de los báculos, marcando el tiempo de reposo, regando la tierra de orgullo y afectos.

Espacio de los siglos, tomando vida en un Hellín sencillo de laderas y caminos.

En un lenguaje codificado de pintores y poetas.

Versos y trazos de pinceles.

Prestigios, verbos y adjetivos, convertidos en la peculiar forma de expresión hellinera.

Nuestros ojos, los de un niño entre exclamaciones, eran el espejo en el que se reflejaba y agarraba el gran culto.

Por ellos pasaban las llamas encendidas de las velas, dibujando en el iris caminos de antigüedad y porvenir.

Los nítidos colores de unas telas derramando deseos infinitos de perfecciones en el capuz del nazareno, en el que a través de unos agujeros, descubríamos miradas humanas, cercanas, que trascendían a las usanzas y sabidurías.

Guantes blancos hablándonos de pureza.

Regalándonos caramelos de dulzura y voluntades, contagiándonos el espíritu de evidencias y emociones benditas.

Guantes blancos, teñidos de luto y desasosiego en la noche de Viernes Santo. Dedos, en los que se podía apreciar el palpitar de corazones fundidos en los sentidos. Por los que resbalaban pétalos de claveles arrancados por la brisa en un acto de complicidad.

Nunca las pulsaciones del alma se fundirán de la misma manera con la imaginería, en un desliz de vida, encuentros y claves compartidas.

Crecimos entre el centelleo del respeto que pasaba ante nosotros envuelto en las sombras de la noche y la tristeza.

Se nos alteraba la piel por el sonido de los pasos en la marcha fúnebre. Ante el serio rictus de los hombres que precedían a una Madre desatada por el tormento y la angustia.

Sin tener la capacidad de comprender, entendíamos…

¡Fruto de un milagro de designios!

La silueta del Cristo Yacente…, dejando en el camino de los hellineros un arroyo de sollozos y dolor.

Lamentos escondidos en el interior de las gentes.

Hellín nace y muere cada noche de Viernes Santo entre la delicadeza, plegarias, expresividad, la riqueza y el arte de las saetas con olor a incienso.

Pocas veces en la vida hemos sentido tal estremecimiento ante palabras a flor de piel que envuelven.

Ante el convencimiento de que el amor es eterno y hay un Dios Misericordioso en cada uno de nosotros y en el corazón de esta tierra.

Lugar en el que durante la procesión del Santo Entierro sus habitantes pierden las sonrisas. Miles de personas caminan por las calles de regreso a sus casas y no se escucha un alboroto.

Crecimos entre esos murmullos de pasos sigilosos, en un ir y venir con el espíritu roto.

Crecimos viendo como las túnicas, año tras año, se nos iban quedando cortas. Se las bajaba el ruedo y, a veces, se agregaba un trozo de tela.

Túnicas que se fundían con nuestra piel y que envejecían al ritmo de su dueño. ¡Que se heredaban!

Piel de esmeros y concesiones, al mantener grabada entre sus filamentos el devenir de la historia de un tamborilero fiel.

Crecimos observando gotas de sangre agarradas a la piel de los tambores. ¡Connotaciones de veneración!

Algunas tardes de colegio, en la asignatura de Religión, la maestra nos explicaba las pocas certezas que se tenían sobre el inicio de los tambores.

Desde el corazón de los niños, el único lugar en el que se pueden hallar las verdades, comprendíamos que no había orígenes que buscar.

Los tambores surgieron de la misma forma que nacieron las flores, el amor, las estrellas y la emoción ante las saetas.

Tocar el tambor en sí, tiene palpitaciones que se conforman de vida. Un lenguaje propio, lleno de esplendor y calma. Emoción y referencia en la lejanía.

Por eso cada año, estemos dónde estemos, en la tierra o en el cielo, nos busca y nos encuentra.

Nos llama a la puerta para solicitar nuestra presencia.

Semana Santa hellinera: pasados, presentes y futuros.

Palomas blancas al viento, ante miles de miradas apreciando la Resurrección. Puñales que se arrancan. Tronos que bailan. Costaleros que sudan.

Forasteros mudos de palabras, admirando la gran obra…

Así finalizaban nuestras Semanas Santas.

Guardando los tambores, esperando volver a abrazarlos, lo mismo que a los familiares que regresaban a sus hogares.

Aún quedan caramelos escondidos en los bolsillos del tiempo y desde aquí, miro al cielo ansiando de nuevo el sonido de un tambor que haga brotar lágrimas en mi alma.

(En esa foto que os muestro, ya latía mi corazón al son de los tambores en el interior de mi madre) Un beso muy grande para todos

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