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La foto en Hellín y las primarias

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La foto en Hellín y las primarias

Por María José Vicente

Hace un mes, una editorial me publicó un libro sobre economía política y comunicación política. Fue una petición del Profesor José Félix Tezanos, que había dirigido mi tesis doctoral y que estaba interesado en que se conociera más sobre el fenómeno del proteccionismo económico que había vuelto a la actualidad en los discursos de Trump, en dirigentes políticos europeos de todas las tendencias, en ensayistas y en medios de comunicación. Sólo me han dado cuatro meses para preparar el libro, esperando reunir méritos para el premio extraordinario del doctorado, mientras mi trabajo ha continuado, como abogada contra los desahucios, con los afectados de las preferentes bancarias, con los afectados de las hipotecas multidivisa, con mis clases y publicaciones sobre la ciencia política o con mis seminarios en la Universidad de Estocolmo.

Son ya 17 años desde que dejé Hellín para ir a la universidad y ya al tercer mes estaba trabajando de comercial para Amena, simultaneándolo con los estudios de Ciencias Políticas y de Marketing y Publicidad; había poco más que hiciera sentirme útil que no depender de nadie, en espera de las becas que fueron llegando y mi necesidad de reafirmarme como alguien independiente, que no es una opción mejor o peor que otras, pero en esa me he movido.

Hace dos semanas fui al programa “Contigo Hellín” de Radio Hellín de mi querida Charo López a hablar sobre el libro. Viajé a Hellín en tren, así que dependía de que alguien me llevara en coche. Sigo llevando mal tener que depender de nadie, pero mi padre se prestó a acompañarme y aprovechamos en el trayecto para hablar de tantas cosas que cuando no nos vemos y entre semana es imposible contarnos. Madrugo mucho y llego a casa muy tarde. En la conversación salió el tema de las primarias del PSOE y el recuerdo a las primeras primarias del año 1998 entre Almunia y Borrell, cuando sin tener derecho a voto en mis recién cumplidos 16 años, veía en Borrell una fuerza que no veía en Almunia: simplemente la de representar las sensibilidades de un partido que no quería resignarse a cabalgar con ideas que no eran suyas porque también, en 1998, la socialdemocracia europea pasaba por una crisis. El muro de Berlín había caído sólo 9 años antes y la izquierda andaba perdida intentando redefinirse en la hegemonía de un único modelo económico en el mundo. Borrell era mi candidato, arrastró a mucha juventud y mi padre era alcalde en esa época. Borrell se rodeaba de savia nueva y a Almunia le veía rodeado del férreo aparato que le impedía hacer discursos sobre cambio y regeneración. Daba por hecho que convocar unas primarias le confería una imagen de aperturismo y evolución, creándose unas rígidas normas y no sintiendo amenaza de que nadie más fuera a presentarse ya que Borrell irrumpió en escena mucho después.

Charo, como buena conocedora de la imagen y de la comunicación, quiso que en la foto apareciéramos mi padre y yo. Ante todo, es mi padre, una persona como yo y como cualquiera pero con una mochila que él atesora que no es la que yo llevo en los hombros. Son trayectorias distintas. Son trabajos distintos. Son formas de pensar distintas, aunque sintamos de una forma parecida lo que ocurre en la sociedad. Mi padre, en 1998, siendo alcalde, votó a Borrell. No quiso saber nada de “aparatos” pero tampoco sintió ningún peso del “aparato”; entendió que era, ante todo, un ciudadano libre y un socialista libre y sin entorpecer el camino a nadie, entendió que Borrell era mejor candidato que Almunia para representar al Partido Socialista, que aún andaba desorientado con la pérdida del hiperliderazgo de Felipe González un año antes. Valoré su integridad de no dejarse llevar por nadie más que por su criterio y conciencia y no hubo represalias en ninguna dirección, salvo que Borrell perdió su posición de candidato un año después tras una bicefalia mal gestionada pero esto ya daría para otro escrito.

Admiré la labor de muchos dirigentes orgánicos que dieron libertad a sus militantes para votar lo que quisieran. Un proceso donde haya malas caras, miedos, coacción, que no se respete la libre opción de sus militantes y se fomente el clientelismo entre la militancia, no es un buen reflejo para una sociedad que demanda otra forma de hacer las cosas, asfixiada entre las no soluciones y la corrupción que no cesa.

Una foto en la que salga con mi padre no es más que eso: una foto de un padre con su hija, como tantas que podáis tener en vuestros álbumes familiares, pero he vuelto a encontrarme con mi padre pese a tantas diferencias (lógicas) que tenemos cada uno como personas, en nuestra libertad personal. Creemos en el mismo candidato en estas primarias y no entendemos cómo en 19 años desde las primeras primarias, ahora haya un escenario en el que se mire con lupa quién ha avalado a quién y quién vota a quién. No hay nada mejor que confiar en un proyecto colectivo, que mirar en conjunto para entender mejor qué está pasando en la sociedad y en los partidos y qué demanda la ciudadanía para confiar mejor en un candidato u otro. En ese sentido, no hay nada que temer (¿qué democracia sería aquella en la que hubiera algo que temer?). Me gusta poder coincidir con alguien que tiene 40 años más que yo (la diferencia de edad con mi padre) y representa una generación diferente a la mía, porque si no existe un proceso democrático de garantías y se ve mal que cada militante pueda, bajo su propio criterio, votar lo que mejor considere siempre mirando desde una proyección colectiva, desde fuera habrá recelo cuando se hable de regeneración y de impulsar cambios que sintonicen con las demandas ciudadanas.

Que sea lo mejor, desde el sano debate, la profunda y honesta reflexión y desde el compromiso.

María José Vicente

Hellinera. Doctora en Ciencias Políticas y abogada.

Autora de “A vueltas con el proteccionismo en un mundo en crisis”.

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