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La elección

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La elección

Por Antonio García

Recordando lo dicho en el artículo anterior, me parece sumamente interesante que sigamos reflexionando, centrándonos más en cada uno de nosotros. Porque en definitiva, se trata de preguntarnos cuál es nuestra ética personal, nuestra moral. Cuales son nuestras normas vitales y modelos de comportamiento.

Naturalmente ni de lejos pretendo escribir un tratado sobre la materia. Primero y principal por que ni estoy preparado ni soy quién. Y segundo, porque esto es el simple artículo de un aficionado pueblerino a escribidor. Pero sí que nos podemos dar el gustazo, como seres racionales, pensantes, de reflexionar sobre lo que nos parezca.

Cuando nacemos, evidentemente somos terreno abonado para cualquier simiente. Son “otros” los que han de asumir la responsabilidad de sembrar en nuestra alma, de guiarnos, conducirnos. Por supuesto, primero y principal los padres, como derecho y como deber irrenunciables, sobre los cuales no puede prevalecer ninguna potestad ajena, ni siquiera estatal. Pero a la vez, paulatinamente nos vamos insertando en la sociedad, con su bagaje de valores –y contravalores-, cultura, tradiciones, modelos, normas, ideologías… que nos van calando, impregnando. Es decir, somos, en gran medida, producto de una familia y de un “ecosistema medioambiental” –social- más amplio, que nos exige adaptación. No se puede vivir ni realizarse fuera de la “tribu”, por imperativo de nuestra propia naturaleza sociable. El mito de Tarzán es eso, un mito, una historia para entretener. Nada más.

Conforme nos vamos desarrollando, paulatinamente vamos adquiriendo la conciencia de nosotros mismos. La conciencia del “yo” se va abriendo camino, haciéndose presente en nuestro interior, cobrando fuerza. Nos vamos dando cuenta de que somos un ser diferente, distinto a los otros, y que todo el complejo mundo de ideas, sentimientos, inclinaciones, etc., es “nuestro propio mundo”. Exclusivamente mío: <<yo opino, yo creo, yo siento, yo deseo, yo…, yo…>>.

Con esa conciencia, y con la percepción de que la mayor cualidad del ser humano es la <<libertad interior>>, estamos en condiciones de preguntarnos cuáles son mis referencias ético-morales, y cómo, dónde y de quién las he recibido. Y sobre todo, el supremo acto de responsabilidad y libertad personal: si las acepto plenamente, y si puedo, quiero y debo desechar unas y reafirmar otras. Y si siento la necesidad de buscar, de explorar nuevos caminos que no se me abrieron o no se me mostraron claros en mi proceso de aprendizaje. Actitudes personales e “ideas fuerza” sobre el sentido de mi vida, familia, grupo, sociedad, religión, política, vocación, relaciones, amor…, etc. Es decir, sobre todo aquello que es “mi mundo interior” y el mundo colectivo que desearía construir. El campo es inmenso.

Ante este planteamiento, ante este reto, caben dos posicionamientos básicos: o “pasar”, es decir, ser pasivo y dejarme llevar por la corriente, simplemente “vivir la vida” sin más, o ser protagonista activo, constructor de mi mismo, en la medida de lo posible.

Dicho todo esto, considero que hay un enfoque esencial –hay muchos- determinante en grandísima medida, si hablamos de tomarnos las cosas en serio y no por pura inercia, costumbre o imitación. El mundo interior y el mundo exterior pueden considerarse de dos maneras: un mundo con Dios o un mundo sin Dios. Una vida en la que Dios intervenga, tenga “algo que decirnos”, o una vida que prescinda de Él. Lo ignore.

Llegados a este punto -si se me acepta el planteamiento-, una cosa está clara. O nuestra escala de valores la construimos sólo con las herramientas que nos proporcionan todos los agentes sociales, exclusivamente mundanos, o incorporamos a nuestro acerbo humano, carnal y espiritual (que ambas cosas nos constituyen como “persona”) la Ley Divina, las enseñanzas de la religión.

Si nos decantamos por la primera opción, tendremos claro que nuestras normas y modelos serán los transmitidos –e impuestos- por otros hombres. Hombres dirigiendo a hombres. Lo cual es un riesgo manifiesto, pues sabido es que el ser humano es

limitado, voluble, frágil y finito. Podríamos decir sin temor a equivocarnos: <<ciegos, dirigiendo a otros ciegos>>. Lo frágil dirigiendo a lo frágil. Y cuya única perspectiva de futuro será la muerte. De manera que, o nos adherimos a una ideología o corriente de pensamiento (elaboradas, dictadas y hasta impuestas por otros hombres, lo creamos o no) de las muchas existentes en el “mercado”, y a las reglas y leyes que otros dictan para nosotros, o nos quedamos en el vacío, como un bicho raro inadaptado a la grey. Nuestras referencias, modelos y valores, empiezan y acaban en la fugaz vida terrenal, sin la más mínima trascendencia, aunque en el fondo la trascendencia sea la íntima aspiración de toda la humanidad. Punto, no hay más.

Pero si descubrimos la presencia de Dios en nuestras vidas y elegimos como modelo supremo a Jesucristo, y como suprema referencia moral su Evangelio, revelación de Dios a los hombres, entonces podremos empezar a ser verdaderamente libres, aunque nos encierren en una profunda mazmorra. Porque nuestros modelos de vida y comportamiento trascenderán la veleidad humana, las egoístas márgenes del interés personal o de partido, la voluntad antojadiza o el deseo espurio de grupos de presión que siempre, siempre, tienden al totalitarismo.

La Humanidad estaría completamente perdida sin verdades absolutas, incontestables, inequívocas que sienten las bases seguras de un consenso universal sobre el bien, la justicia, la belleza y la verdad.

Lo que solo puede darnos alguien que esté por encima del hombre: Dios, revelado por Nuestro Señor Jesucristo.

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