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La cruz de Callosa

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La cruz de Callosa

Por Antonio García

Seguramente ustedes tienen noticia de ello, pero es que hay cosas que da gusto contar, recontar, y hasta si es de menester, regodearse con ellas. O sea, disfrutarlas, paladearlas como a un buen vino de reserva.

Callosa de Segura, ciudad alicantina de poco más de 18.000 habitantes, le acaba de dar un golpe bajo a la desconsideración, odio, falta de respeto e incultura galopante de su zafia, resentida, burda y vengativa casta política hoy dominante en el Ayuntamiento: PSOE, Izquierda Unida y “Semos” Callosa, ésta última, marca del conocido “Potemos”. Que se han tenido que “arrejuntar” para llevarse el gato al agua, pues el ganador de las últimas elecciones –con diferencia- fue el PP.

Ya se que algunos estarán pensando lo derechón que es este humilde escribidor, pero se equivocan, ningún partido político me conduce a la catarsis. Lo que ocurre, y esto es constatable si uno sigue más o menos lo que se publica, que pegotes como el que vamos a contar sólo los produce la izquierda izquierdosa, o por lo menos en abrumadora mayoría. Los “otros” –y siempre hablo a nivel general del país- no es que sean santos de mi devoción, pero en estas cosas no meten tanto la pata, que ya tienen campo donde meterla.

Pues bien, resulta que junto a la fachada de la Iglesia Arciprestal de San Martín existe una cruz de mármol, erigida sobre un pedestal con la inscripción de una serie de nombres referentes a callosinos muertos en la Guerra Civil española. Y como suele ser habitual, encabezados por el de José Antonio Primo de Rivera. Fue erigida en 1941 durante el régimen de Franco. Creo que todo el mundo conoce este tipo de cruces. Pues bien, el tripartito gobernante se ha empeñado en quitarla de ahí por lo mucho que ofende y por cumplir con la Ley de la Desmemoria Histérica zapateril, que dicho sea de paso, debería ostentar el título de Bazofia Mayor del Reino. Pero de esto no vamos a discutir ahora. También hay que decir que la propuesta obtuvo el rechazo de la oposición del Partido Popular (PP), que votó en contra y advirtió que el Ayuntamiento podría acabar enfrentándose a una batalla legal con la Iglesia, que defiende que la plaza situada frente a la Arciprestal de San Martín, en la que está ubicado el monumento, es de su propiedad «desde tiempos inmemoriales». Esto ocurrió en el mes de marzo.

Por su parte, la Asociación Española de Abogados Cristianos lanzó una campaña de firmas en defensa de la cruz, que ha conseguido recoger hasta 20.000 rúbricas.

Pero mire usted por donde, los callositos han dicho que naranjas de la China, que la cruz no se quita de donde está así vengan los tanques de la tercera república. Porque la cruz les pertenece: a ellos, a la ciudad, a su historia, a su tradición religiosa y a sus gónadas.

Pues bien, el reciente 14 de Diciembre el Ayuntamiento lanza la ofensiva con todas sus fuerzas de asalto, ¡pero!… en cuanto se enteraron los callosinos de la llegada de la grúa y los operarios desmontadores, hicieron piña rodeando el monumento y no dejaron pasar ni a las moscas. ¡Que no, hombre, que no, que aquí no se arrima nadie! Ni policía municipal, ni autoridades ni el sursuncorda se atrevieron con el pueblo soberano. Para la izquierda, el monumento conmemora a José Antonio Primo de Rivera y a los caídos del bando franquista en la Guerra Civil. Y los vecinos responden que es simplemente un signo cristiano. De manera que el primer asalto quedó en agua de borrajas, debiendo retirarse atacantes y material bélico a su cuartel de invierno. Mas, dolidos por este primer fracaso, lo intentan de nuevo. Y así, el día 16 de Diciembre lanzan una nueva ofensiva. Atacan temprano, a primera hora de la mañana, pero los vigías estaban al loro y en un decir “amén”, suenan campanas, se corre la voz, y los defensores, saliendo de la tierra como setas en otoño acuden por docenas, se agrupan más de doscientos combatientes en formación “de piña” rodeando la cruz y, cantando villancicos o himnos a la Virgen defienden sus posiciones, impasible el ademán, unos de pié y otros sentados en sillas. Les rodea la policía y la Guardia Civil –que se negó a reprimir a los vecinos-en un apretado cerco que pasará a la historia como “el sitio de Callosa”, junto a los de Zaragoza, Gerona y la batalla de San Marcial. Acude el alcalde a pedirles a los ciudadanos que entreguen la plaza fuerte. Pero ni por esas. La bravura de los defensores supera en mucho la insidiosa mezquindad de la corporación izquierdista, que nuevamente ha de introducir el rabo entre las patas. Se retiran grúa y operarios, y el alcalde, cabizbajo y preocupado, se marcha a sus aposentos a pergeñar una nueva estrategia traicionera. Pero los intrépidos vecinos, conocedores de la inquina de la izquierda a las cruces, vigilan la plaza continuamente -especialmente las personas de mayor edad, con más tiempo libre-, hacen turnos y están organizados para congregarse rápidamente si vuelve el vil enemigo.

El párroco está dispuesto a negociar. Se puede quitar el nombre de José Antonio. Pero el resto de vecinos recordados consta que no murieron en combate, ni siquiera estuvieron en el frente. Fueron simplemente fusilados.

La cruz significa muchísimo para los callosinos. Es algo suyo. Forma parte de su identidad. Ha estado presente en bodas, bautizos y comuniones de varias generaciones durante 70 años. Muchísimas familias se han fotografiado junto a ella y guardan su recuerdo. Y es un símbolo cristiano.

Así que, no me toquen la cruz.

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