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Hellín…

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Hellín…

Por Sol Sánchez

Hellín…, tierra de honores y presagios. De melancolías y sueños.

Hellín…, pueblo de primaveras y latidos. De despertares y promesas. De nudos y ausencias.

Hellin despierta en los acordes de cada primavera. Entre los repiqueteos de tambores que ensayan entre callejuelas. Sonido que se eleva por el viento, que recorre la vida, que espera entre horas que descuenta el tiempo.

Hellín…, desperezo de un instrumento llamado tambor.

Tambores aletargados durante meses al calor de la espera en las viejas estanterías de siempre, en la cámara de la abuela, entre telas y polvo, entre rumores de palomas sobre el alfeizar del misterio.

Hellín…, tierra de rojas amapolas, de sangre en los dedos.

Gente que llega, que pasa, que viene y se va. Lugar en el que sólo permanecen los hellineros.

Hellín…, pespuntes en mi alma en aquél atardecer, cuando alguien me cogió de la mano para darme a conocer un lugar llamado Calvario un Viernes de Dolores, entre cuestas que suben y bajan, entre pasados, presentes y futuros, junto a hombres que avanzan en un viaje entrañable dentro del sonido libre de los tambores en un lenguaje único y sagrado que, sin que nadie nos lo explicara, comenzamos a entender. Confluencia entre el polvo del suelo en la oscuridad de la noche. Añoranzas que hasta mí llegaron desde el cercano campo santo, desde el que vi un vuelo de luciérnagas uniéndose a nuestro mismo escenario.

Hellín…, entre palmeras y caramelos. Sobre zapatos nuevos y la huella infinita de una tradición sin fin. El reloj de la Parroquia marcando una hora que no existe, excepto en los latidos de un Pueblo.

Hellín…, Lunes y Martes Santo. Entre fondos de armarios y bolas de naftalina que embriagan túnicas negras y pañuelos rojos. Entre masa de empanadillas, pucheros y hornos. Mandiles e imperdibles con medallas que se ajustan al pecho de nuestras madres que sonríen y trabajan, que cuidan al detalle el decorado, que saben de promesas y encantos.

Hellín…, bostezos de Viernes Santo, de nuevo hacia un Calvario con colores sonrosados en las nubes del horizonte que nos marcan una profecía. Sendas que me llevaban a un destino común entre los nidos de pájaros.

-¿Dónde vamos abuelo?

-A nuestro hogar, mi niña.

Respuesta de sabios. De amores y empeños.

Mi morada es Viernes Santo, su historia, su encanto, entre costumbres, creencias, estilos e historias personales. Mi cuna son los pasos de nazarenos que ascienden al Universo. Imágenes en las que en la lejanía pienso y siento como la piel en la que habito junto a mis paisanos hellineros.

Mi linaje está en el sudor de la frente de cada tamborilero.

Mi patria está en la huella de esos tamborileros que por siempre permanecerá unida a la tierra, en el polvo de la travesía tras la Procesión. Mi origen está en los latidos de su corazón.

Tierra que se prende de sombras y tristezas ante la saeta de los Maestros. Pueblo de honras y suspiros, de susurros imperecederos agarrados a los pétalos y al sueño.

De una mirada que se muere y me mira con recogimiento a su paso, mientras una voz me dice que es de Jesús…, Jesús el Nazareno. De sonidos de cristales en el movimiento del trono que lo sigue y mece a La Soledad. Mis ojos lloran de emoción junto a los de mis paisanos. Mi piel se estremece ante su canto de dolor. Ella, llora desconsolada lágrimas que brillan bajo sus ojos. Llanto que cristaliza en piedras preciosas.

Hellín…, pueblo que despierta entre vuelos de palomas mensajeras de promesas y vida, de colores y estallidos que nos liberan del dolor. Pueblo que arranca y nos arranca con su propia mano el puñal de la angustia, que libera sentimientos entre redobles de arrebato.

Hellín…, gentes de pactos, de concordia, de usanzas, de arrullos. Niños y niñas que respiran la Historia. Hombres y mujeres que conservan y robustecen sus convicciones. Ancianos y ancianas que acunan al gran misterio que sólo pertenecen a los Hellineros.

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