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Hellín y su magia

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Hellín y su magia

Por Sol Sánchez

Ha finalizado la Feria y de nuevo a la normalidad. Las temperaturas siguen veraniegas y las lluvias se hacen rogar. Quizá no sea un día apropiado para acurrucarnos en los cuentos, o quizá sí. Si dispones de esos cinco minutos de relax a la sombra de una terraza o un árbol. Si me dejas compartir tu café, tu tiempo libre…, con la ayuda de mis letras te llevaré a un viaje por nosotros mismos, por nuestros orígenes, por ese devenir de una vida con la que a veces estamos contentos y otras no. Hay cosas, símbolos y personas que estaban con nosotros desde el primer día que fuimos conscientes de la vida. De las que nunca preguntamos por qué estaban ahí y cuál era su significado. Quiénes eran de dónde venían y a dónde iban. Simplemente estaban. Tras su pérdida y con el tiempo me encanta idealizarlas. Vestir sus vidas y sus tareas diarias de una forma única y especial, que a la vez, cubre de cierta magia mis días. Siempre agradezco al Universo que me permita asomarme por los recovecos del ayer en Hellín y que a través de mi “pluma” consiga dar vida y luz a sus callejuelas, a su gente. Estar bajo el candor de tantos hombres y mujeres que surcaron por nuestras vidas y a los que podemos encontrar adentrándonos a través de la cerradura de una Villa de la que sólo sus moradores poseemos la llave.

El cometido es engrosar la nutrida notoriedad que tienen los ciudadanos hellineros que se marcharon, para recordarlos y que nadie se olvide de ellos. Agradezco a este otoño que me deje encender su chimenea para que a todos nos impregne de aromas que son nuestros, que van con nosotros, que nos pertenecen. Un besazo y espero que disfrutes mucho con esta historia. Que te guste es lo mejor que me puede pasar para seguir escribiendo estas memorias profundamente documentadas, puesto que yo estaba allí, los conocí, les hablé, los rocé, a algunos de ellos levemente. Es evidente que construyo estas historias desde el corazón de la niña que fui, donde únicamente puedo observar la belleza que forma parte de las cosas. Hombres y mujeres humildes, cercanos para unos y lejanos para otros, cada uno con una peculiaridad intrínseca. Al leer estos relatos sólo podremos definirlos con un único apelativo: magia.

La calle Macanaz, ahora Cuesta de los Caños es una pendiente que nos adentra en las profundidades de Hellín. En el número ocho, en una casona grande de dos, o tres plantas, cada mañana se escapaban fragancias a dulces horneados. Era un olor que influía en positivo en el comportamiento de los habitantes. Se producía una extraña conexión que hacía resurgir afectos y emociones buenas.

La autora de aquella mezcolanza era una anciana de pelo blanco sujeto en un moño con horquillas negras. Mujer de edad avanzada, estatura pequeña y pasos lentos. Siempre vestida de negro, fruto de algún luto interminable, que armonizaba con un delantal en tonos grises.

Poseía una personalidad introvertida, pero amable. Vivía sola con la compañía de un gato. A la mujer la apodaban Bañona. Era enigmática y parecía estar dominada por un sustancioso “don” en sus manos.

La puerta de cristales velados siempre estaba abierta para los vecinos del Pueblo y los muchos forasteros que llegaban desde otros lugares, apresurados, en busca de los suculentos manjares.

La entrada era un ancho pasillo de techo alto que ejercía de almacén en el que a ambos lados, descansaban sacos de harina y azúcar. Garrafas de aceite de oliva con origen hellinero. Pasillo en el que al entrar, ya invadían los dulces aromas.

A veces en el centro del día, algunos rayos de sol se colaban por la cristalera de la puerta, dejándose ver la coreografía de partículas suspendidas en el aire, creando un ambiente de acertijos.

Al pasar el corredor, los visitantes llegaban a una amplia sala de aspecto humilde, llena de calidez y encanto, iluminada en los fríos inviernos por una chimenea cuya lumbre dejaba escapar murmullos chisporroteantes y melodiosos, contrastando con un horno y una vieja mesa de madera que iba envejeciendo a la vez que su dueña.

Ya fuera otoño, o primavera, la Bañona pasaba sus días amasando, dando forma a la mezcla, seleccionando los ingredientes, jugando con esmerados aderezos, dejando fermentar, introduciendo bandejas en el horno con maestría, vocación, trucos y secretos.

Así obtenía las mejores magdalenas, empanadillas y rollos, consiguiendo un sello propio en el arte de la tradición. En tal solemne ocupación sus ojos desprendían una mirada que, parecía convertir el estado de felicidad en un deber.

Pasaban los años en un Pueblo impregnado de aromas, gracias a una hellinera virtuosa, que dentro de su burbuja de soledad era consciente de sus habilidades, envuelta por una fuerza sobrenatural que movía sus manos y dejaba en el interior de su mente las inmejorables recetas, quizá enviadas por alguno de sus ancestros.

En una cuesta en la que niños, hombres y mujeres se deleitaban con el placer de saborear las ricas magdalenas esponjosas y sabrosas, recién hechas.

El tiempo no se detuvo y a causa de su avanzada edad, la Bañona tuvo que dejar su pequeño Pueblo en el mundo terrenal llevándose el tesoro de sus secretos.

En la cuesta y sus alrededores, perdurará por siempre un sutil rastro de perfume a vainilla, huevo, almendra molida, limón y canela. Es Hellín, nuestro Hellín.

Gracias querida Bañona por haber sido real en el pasado y a la vez convertirte en un personaje entrañable cuento en este presente.

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