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Francisco Azorín Vela “Paco Caza”

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Francisco Azorín Vela “Paco Caza”

Por Sol Sánchez

Las carpinterías era otro de los lugares que me gustaban.

Cerca de casa había una serrería.

Desde pequeña, escuchaba el sonido de la sierra cortando los troncos que hasta allí llegaban.

Los alrededores, siempre estaban llenos de serrín y tacos de madera sobrantes.

La madera, es una materia prima que llama mucho mi atención. Siempre he pensado que respira vida. Quizá por eso, uno de los oficios que más admiro, es el de carpintero.

Dicen que es uno de los trabajos más antiguos.

Manos con vida, capaces de crear tantas cosas. De convertir un trozo de madera en una figura, puertas, sillas, mesas, ventanas, cajones…

Comenzaban siendo unos zagales y tras muchos años elaborando esta tradición, conseguían con empeño y dedicación, la destreza para convertirse en Maestros de la Carpintería.

En Hellín, tuvimos el gran privilegio, de conocer a uno de esos grandes Maestros, Paco Azorín.

Su pequeño taller, dentro de la tienda de muebles que regentaba, era su lugar de trabajo. Siempre tenía amigos a su alrededor. Gente que lo quería y admiraba.

En sus últimos años de vida, talló varios Tronos para transportar nuestras imágenes de Semana Santa.

Aún recuerdo su precisión con las herramientas.

Cómo trazaba las líneas ayudado de una escuadra.

A veces, lo encontraba frotando con fuerza el papel de lijar, mientras todo se iba cubriendo de polvo. Lo mismo que cae la niebla, para después despejar y mostrar el hermoso paisaje.

Paco era un hombre sencillo. Sus trabajos reflejaban bondad.

Me pasaba mi tiempo observando, cómo día tras día, dejaba fluir su creación en uno de los oficios más primitivos.

No quería hablarle, casi intentaba retener mi respiración, mirando sin pestañear, los bellos ángeles que iban apareciendo y a los que ponía los rasgos de su nieta, Merceditas.

Él, siempre tenía palabras de halago y cariño para todos los que por allí pasábamos, sin desentenderse de las tareas.

Era como si conociera en el interior de la madera un mundo oculto que descubría con facilidad.

A causa de su humildad, creo que no fue capaz de dar valor a sus grandes obras. Ver el mérito que tenían. Cotizar el don que la vida le había dado con la capacidad y el dominio de la técnica. No buscaba aplausos. Es lo que siempre hacen los virtuosos.

Sí, conseguía lo más valioso para los artistas: El placer de disfrutar creando.

Tallaba como si se tratase de la primera y la última vez.

Esculpía como si la obra tuviera Alma. Y quién sabe… ¿Alguien podría decir que no la tiene?

Él, se fue, al igual que la mayoría de aquellos hombres artesanos.

En su caso, se marchó demasiado joven.

Siempre le agradeceremos el legado humano que nos dejo en su paso por esta vida.

Y en su prodigioso arte, la huella impresa de paciencia, constancia, entrega, creatividad y amor.

Solamente el que ama a los hombres y es generoso con el mundo, puede conseguir emocionar con su arte.

Cada Semana Santa, al paso de su obra, las lágrimas brotan en los Hellineros y el espíritu de Paco Azorín, recobra vida.

Su voz, resuena en los susurros del viento.

Sus pasos son una senda de sencillez.

Recibe la profunda admiración de un Pueblo. Tu pueblo, Hellín.

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