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Elogio a la nostalgia (II)

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Elogio a la nostalgia (II)

Por M. A. Tomás

Hace unos años, cuando dirigía otro medio de comunicación, escribía en su segunda página una columna diaria que, con el tiempo, cogía un nombre propio para pasar a denominarse “El espectador” que aún conservo después de tanto tiempo, aunque ahora, lógicamente, se publica cada semana y no todas. Los años no pasan en balde.

Hace unos días, al repasarlas tropecé con algunas de ellas, publicadas hace más de 10 años, dedicadas a estos días que se avecinan de Navidad que llegan al trote, dándome cuenta de cómo pasa el tiempo y de qué forma todas las cosas que nos rodean cambian o evolucionan. No hay nada más que ver, como ejemplo, lo que significa para todos esos aparatitos telefónicos llamados móviles, que han pasado a ser como un miembros más de nuestra anatomía, una nueva mano, que no abandonamos ni para ir a hacer nuestras necesidades más perentorias.

Leyendo uno de esos artículos que titulaba “Elogio a la nostalgia” meditaba sobre la llegada de este tiempo que dedicamos a las navidades, donde solía acudir casi siempre, para muchos de los que hemos sobrepasado el ecuador de nuestras vidas, una sensación agridulce que hacía que esa máxima que sentencia “cualquier tiempo pasado fue mejor”, tomase visos de realidad e hiciera necesario tener que apoyarnos en los recuerdos para poder llevar con mayor ligereza estos días de alborozo, cánticos, comidas familiares o de empresa, cotillones, excesos de todo tipo y otras circunstancias muchas veces ya poco apetecibles, a las que nos arrastraba inevitablemente la tradición y la monotonía, para así lograr no caer en cierta tristeza que nos pudiera conducir a una pequeña depresión.

Por eso también indicaba que aún se hacía más difícil no tener que recurrir a esos recuerdos para poder sostener tu equilibrio psicológico ante todo lo que te venía encima, al cesar aquella grata tarea de compartir la ilusión con tus hijos de esperar ese juguete tan ilusionante que les llegaba el día de Reyes.

El escrito seguía con estas palabras:
“Así, con frecuencia corrían por tu memoria, como una película de blanco y negro, los años de infancia, cuando apenas se hablaba de Papa Noël, y mucho menos de Santa Claus, ni tampoco se colocaba el ya inevitable árbol de Navidad.

Era el sencillo y humilde belén el que ocupaba un rincón de la casa y eran los Reyes Magos de Oriente los únicos protagonistas a la hora de pedirles el juguete deseado, que en muchas ocasiones era un pequeño tanque, un For-Ti, con soldados e indios de goma en plena batalla, incluso unas inocentes pistolas, o un Winchester, con lo que jugar en el Parque a “manos arriba”.

Entonces no se hablaba aún de la perniciosa influencia del juguete belicista para aquellos niños, a los que nos volvían locos los tebeos, perdón comic, de “El Guerrero del Antifaz”, “El Capitán Trueno, “Yuki , el temerario”” o “El Cachorro”, por nombrar los que más me gustaban, cuyo tema principal, no lo olvidemos, eran las enconadas guerras de moros y cristianos, indios y vaqueros u otras similares.

No sé si los niños de las presentes generaciones serán mejores o peores que nosotros, sin duda la actual educación de los escolares es mucho más completa y mejor dirigida, y quizás sean menos agresivos, ojalá , aunque cuesta creer que parte de la culpa de este asqueroso mundo en el que hemos vivido y vivimos, lleno de guerras, atentados terroristas, catástrofes con miles de muertos, muchas de ellas evitables, hambre y desamparo, la tuvieran aquellos ingenuos tebeos o esos Reyes Magos inconscientes, que en la noche del 5 de enero dejaban en nuestros balcones aquellos modestos juguetes bélicos.
¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?”

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