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El nacimiento de Europa

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El nacimiento de Europa

Por Antonio García 

En la segunda mitad del siglo VIII nacía, en una ciudad cercana a la actual Lieja (Bélgica) el que quizás sea uno de los personajes más importantes de la Historia de Europa: Carlomagno. Hombre corpulento, de cuello de toro, ventrudo, heredó el trono franco el año 768, gobernando durante 46 años con mano de hierro pero enorme benevolencia. Carlos el Magno. Tanto él, como los clérigos que formaban la comunidad intelectual del Occidente medieval, estuvieron vinculados mentalmente con una idea y un término: Europa. Y por ello luchó este genial político y militar, siglos más tarde llamado “el padre de Europa”.

Pero retrocedamos unos pocos siglos, a los tiempos en que el Imperio Romano se aproximaba a su crepúsculo definitivo en Occidente. Sin fuerzas, sin prestigio, con gobiernos débiles, el otrora imperio más poderoso de la tierra daba sus últimos estertores. No se rindió fácilmente, pero estaba tocado de muerte.

En diciembre del año 406, en lo que hoy es Alemania occidental el invierno fue terriblemente crudo. Un frío cortante y fatídico heló la barrera natural que servía de frontera del Imperio, al norte de las Galias, ya prácticamente desguarnecida: el río Rin. Durante la última noche del año, alrededor de 15.000 guerreros bárbaros, junto con sus mujeres, hijos y animales domésticos, cruzaron el río congelado adentrándose en aquella enorme provincia imperial. No era su primer intento, pero esta invasión supuso un hito en la historia. ¿Qué motivaba a los pueblos a estas emigraciones en masa? Lo de siempre: el hambre. La búsqueda de recursos, de mejores tierras de labranza, de mejores pastos, de climas benignos… Procedentes de Escandinavia, su tierra nativa, y al no encontrar oposición, se dispersaron y se encaminaron al sur siguiendo un camino de pillaje y destrucción al azar. Un viaje que les llevaría a “su nueva patria”. En el año 410, tan solo cuatro después de cruzar el Rin, se dejaron caer sobre Roma, saqueándola sin miramientos. Sin embargo, y en contra de la leyenda que se extendió sobre ellos, eran hombres feroces, si, muy dados a estallar en cóleras imposibles de prever, mas no eran salvajes cuando irrumpieron en el imperio que se desmoronaba. Apenas eran más brutales que los propios romanos. Hicieron también gala de su capacidad para el afecto y la generosidad y de mucha más fidelidad a sus esposas que los otrora dueños del mundo “civilizado”.

Y así, con el correr del tiempo, la sangre de Visigodos y Ostrogodos, Jutos, Borgoñones, Lombardos, Vándalos… se expandió por gran parte del continente, asimiló la cultura romana y, con el curso de los siglos, dos pueblos y dos civilizaciones se fusionaron con el mutuo beneficio que de ello se siguió. Pronto estuvieron buscando, de buen grado, darle alguna forma de gobierno a las muchas tierras conquistadas. Al mismo tiempo que fueron asimilados por el imperio, inyectaron energía, audacia e ingenio a una población que prácticamente carecía de los tres valores.

La baja Edad Media fue un tiempo de siembra política y social. En poco más de seis siglos los invasores germánicos (o pueblos del norte) crearon una sociedad nueva y vital para sustituir a otra decadente, transformando el mundo occidental, que de ser un estado monolítico orientado al Mediterráneo pasó a ser un conjunto de principados independientes que miraban al mar del Norte y al Atlántico: el núcleo de Europa. De estos reinos rudos y beligerantes surgieron los primeros estados-naciones modernos y una civilización que fijó la pauta a todas las demás en cuanto a libertad personal, desarrollo económico y progreso científico. Así pues, hubo una revolución política entre principios del siglo V y finales del VIII, que puso los cimientos de la civilización medieval. Pero he aquí un factor clave: la sociedad occidental, incapaz de mantener por más tiempo su estructura de gobierno romano, se reorganizó sobre la base del principio cristiano. La nueva entidad pacificadora y unificadora fue el cristianismo, una comunidad mística de naciones que unió a todos los creyentes a través de las fronteras cambiantes de los reinos bárbaros. La fe fue el patriotismo del nuevo orden.

Esta revolución fue inspirada y fraguada por la Iglesia. Ningún otro organismo de Occidente, durante el derrumbe del imperio o mucho después de este, podía haber llenado el vacío que dejaron los débiles emperadores romanos y los impreparados reyes germánicos. Solo la Iglesia tenía una actitud constructiva hacia la sociedad y una organización capaz de llevar la teoría a la práctica. La Iglesia, movida para servir al bienestar general por una inquebrantable fe en su misión para con toda la Humanidad, asumió la guía de Occidente con resultados políticos tan significativos, como sus contribuciones posteriores al arte, la arquitectura y el despertar del saber. Y la impagable transmisión de la cultura greco-romana, de la que era celosa depositaria y fiel guardián. La Iglesia procuró imbuir ideales sociales y valores morales. Puso a Occidente bajo la gran influencia de la doctrina cristiana, aportó personal capacitado… Estos y otros hechos positivos demostraron ser tan decisivos, que casi resulta imposible imaginar el rumbo que hubiera podido tomar la historia occidental si la Iglesia hubiera caído con el imperio romano.

Este artículo apenas es un esbozo del largo recorrido que terminó configurando Europa. Pero sí quisiera resaltar un hecho evidente: el no reconocimiento actual de una realidad histórica que, por más que muchos se empeñen, jamás se podrá borrar de los anales. Historia que o se ignora o se quiere ocultar. Historia que se ningunea y desprecia en base a los nuevos postulados del “progresismo vigente”, tributario de un Nuevo Orden Mundial destructivo y decadente. Y al impune ataque a una Institución sin la cual Europa -y toda la civilización occidental- no serían hoy lo que es.

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