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El Muro de las Lamentaciones (I)

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El Muro de las Lamentaciones (I)

Por Antonio García

Esta es la noticia: <<La UNESCO niega todo vínculo entre el judaísmo y el Monte del Templo. En una insólita decisión, tomada a instancias de Palestina, el organismo desvincula a los judíos de su lugar más sagrado>>.¿Y quién es esa señora llamada UNESCO? Pues para quien no lo sepa, yo les cuento: la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, es un organismo especializado de la ONU, creado con el objetivo de contribuir a la paz y a la seguridad del mundo mediante la educación, la ciencia, la cultura y las comunicaciones. Su sede está en París. Se dedica a orientar a los pueblos en una gestión más eficaz de su propio desarrollo, a través de los recursos naturales y los valores culturales, y con la finalidad de modernizar y hacer progresar a las naciones del mundo, sin que por ello se pierdan la identidad y la diversidad cultural. Pero esto es solo la rimbombante teoría.

Dicho lo cual añado, afirmo y ratifico que la UNESCO la ha cagado. Se ha cubierto de gloria, por no decir otra cosa en la que ustedes piensan, pero que resulta soez.

La resolución ignora todo vínculo entre el Monte del Templo de Jerusalén y el judaísmo, limitándose a considerarlo un lugar de culto musulmán. Esa fue la resolución que adoptó este martes sobre la preservación del patrimonio cultural y religioso en Jerusalén Oriental que indigna a Israel, al ignorar el vínculo entre el judaísmo y la Explanada de las Mezquitas (Monte del Templo para los judíos y Mezquita de Al Aqsa para los musulmanes).

Votaron 58 países. Veinticuatro a favor, seis en contra, veintiséis abstenciones y dos ausentes. España se abstuvo. De los demás, no sé, pero de España me parece lógico. Ignora su propia historia, cuanto ni más la de Jerusalén. ¿O es que hay gato encerrado?

Pero no se preocupen, amigos lectores. Por mi parte voy a hacer todo lo posible por que ustedes no permanezcan “in albis” y puedan hacer sus propias elucubraciones sobre esta metedura de pata de la UNESCO. De manera que, si me lo permiten, voy a contarles sucinta pero claramente –y entretenerles con ello- la historia de ese disputado lugar que se emplaza en el llamado monte Moria de Jerusalén, y que ha supuesto, a lo largo de los siglos, digo más, milenios, uno de los lugares más venerados y más codiciados del mundo.

Allá por los siglos X-XI antes de Cristo, la tierra de Palestina estaba dividida en dos reinos: Israel al norte y Judá al sur. El rey David (el que tumbó a Goliat de un riscazo con la honda entre ceja y ceja) unificó todo el territorio y estableció su capital en Jerusalén, la antigua Sión, a la que sus habitantes jebuseos daban el nombre de Jebús. Cuando David conquistó esa ciudadela, apenas era un poblado, poco más que un pequeño baluarte de montaña en una tierra que tendría muchos nombres: Canaán, Judá, Judea, Israel, Palestina, Tierra Santa para los cristianos y Tierra prometida para los judíos. En cualquier caso, David conquistó la fortaleza de Sión, a la que cambió el nombre por el de <<Ciudad de David>>. Reparó las murallas y ordenó el traslado a Jerusalén del Arca de la Alianza. Después de siglos de lucha en aquellos territorios, David anunciaba que Yavé había encontrado un hogar permanente en una ciudad santa. Es posible que Jerusalén no sobrepasase las seis hectáreas, justo lo suficiente para albergar a 1.200 personas alrededor de la ciudadela. Antes de morir, David, el rey que había unido a los israelitas y conferido a Jerusalén el papel de ciudad de Dios, encargó a su hijo y sucesor Salomón que construyera el Templo en el monte Moria.

La obra maestra de Salomón sería el Templo de Jerusalén proyectado por su padre.

Se tardaron siete años en construir el templo y trece en construir su palacio, más grande todavía. El rey Salomón fortificó el monte Moria ampliando las antiguas murallas y, a partir de aquel momento, el nombre <<Sión>> describió tanto la ciudadela original como el nuevo monte del Templo. Cuando todo estuvo terminado, Salomón reunió a la población para que viera cómo los sacerdotes transportaban el Arca de la Alianza -un baúl de madera de acacia- desde su tienda en la ciudadela de Sión, la ciudad de David, hasta el Templo en el monte Moria.

Jerusalén se convertiría en el lugar supremo en el que la humanidad y la divinidad se comunican en la tierra.

Pero demos un salto en la historia convulsa de este pueblo, buscando solo lo que aquí nos interesa. En el año 597 a. C. Nabucodonosor, rey de Babilonia, conquistó Jerusalén, saqueó el Templo y deportó al rey y a diez mil nobles, artesanos y varones jóvenes a su ciudad imperial, en la que vivían un cuarto de millón de personas. Una ciudad tan majestuosa y hedonista que se decía que la diosa del amor y la guerra, Ishtar, pasaba de puntillas por las calles besando a sus favoritos en posadas y callejones. Los babilonios arrasaron Jerusalén, derribaron el Templo y el palacio y dejaron caer los escombros en el valle bajo la ciudad.

En el exilio babilonio, muchos de los antiguos habitantes de Judá mantuvieron su compromiso con Dios y con Sión. El pueblo de Judá empezaba a definirse a sí mismo a través de sus propios textos bíblicos y de su remota ciudad. Y sería allí donde la Biblia empezara a tomar forma. Alejados de Judá, los hijos del pueblo de Judá se estaban convirtiendo en judíos.

(Continuará)

 

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