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El huracán Irma

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El huracán Irma

Antonio García

Nada original puedo añadir, pues mucho se lleva dicho ya, salvo dar testimonio, como tantos otros del dolor que producen la desolación y la muerte, por este potente ciclón con nombre de mujer. Muerte de seres humanos -treinta y cinco hasta la fecha- y destrucción de haciendas por la fuerza implacable de la Naturaleza desatando su furia incontenible. Y orar a Dios por los muertos, y por los vivos que guardarán en su recuerdo, de forma indeleble, para siempre, el horror de la tragedia y las consecuencias de la devastación.

Pero dicho esto, y dicho con toda sinceridad, quisiera entrar en un aspecto que, de forma recurrente, acude a la mente de muchos cada vez que se produce un cataclismo natural de nefastas consecuencias. La sempiterna pregunta de unos: ¿Por qué permite Dios las catástrofes naturales? Y la sempiterna respuesta de otros: “En castigo por los pecados del mundo”. En algún sitio he leído esto: << Cuando Adán y Eva pecaron, el mal entró en el mundo y este desorden también afectó a la naturaleza, hasta entonces pacífica y en calma, (creando la posibilidad de que haya desastres naturales). Los desastres naturales no son «obra de Dios» sino el resultado de la corrupción de la naturaleza>>. Con nada de esto estoy de acuerdo.

Quizás, por mi condición de creyente piensen que voy a entrar en exégesis bíblica o teologías, para lo que en absoluto estoy preparado. Mi intención es solamente contarles un poco de historia. Y dejar sentado, aunque todo el mundo lo sabe, que estos episodios no son una novedad en los 4470 millones de años de vida del planeta.

Los medios de comunicación actuales nos permiten conocer casi al instante todo lo que ocurre en el mundo. Y no hay año en que no nos aterroricen una o varias catástrofes, servidas al instante en nuestros propios hogares. Pero veamos qué pasaba cuando no existían la prensa, la televisión ni Internet.

Nuestro planeta es inquieto y violento desde su misma creación. Momentos aquellos en que ni siquiera podría haber sido imaginable la existencia de vida sobre él. Desde tiempo inmemorial nos asolan terremotos, erupciones volcánicas, inundaciones, tormentas descomunales… que llegan sin avisar sembrando pánico y destrucción. Y seguimos casi tan indefensos como nuestros remotos antepasados.

Todo el mundo ha oído hablar de la extinción de los dinosaurios. Estos animales se enseñorearon de la Tierra durante más de ciento cincuenta millones de años, y hace sesenta y cinco millones que desaparecieron por completo. Casi de repente. Aunque se han manejado diversas hipótesis, la ciencia es unánime en afirmar que el cataclismo fue, a nivel planetario, de unas dimensiones incalculables. ¿Se imaginan si ya hubiésemos estado nosotros?

No voy a entrar en los mitos existentes sobre “diluvios universales”. Casi todas las culturas antiguas tienen el suyo. Pero también es cierto que todo mito nace de un acontecimiento real. Grandes inundaciones asolaron enormes extensiones de tierra, aunque siempre de carácter limitado ¿Cuántos seres humanos y animales perecerían ahogados? Pero dejemos tiempos tan remotos a los que es casi imposible ponerles fecha, y entremos en la Historia.

Hace 3.500 años, Santorín era una sola isla, situada al sureste de Grecia, en el mar Egeo. Entonces se llamaba Thera en honor a un héroe espartano que la colonizó. Verde y de una hermosura incomparable, estaba culminada por un pico montañoso de 1.500 metros de altura. Junto a Creta formaba parte de la civilización marítima más importante del mundo antiguo, que dominó el Mediterráneo oriental durante más de 1.000 años. Santorín es hoy un archipiélago formado por cinco islas. Un día de verano de 1628 a. C. una terrible erupción volcánica procedente de las propias entrañas de Thera hizo temblar el mundo y fraccionó la isla. Una inmensa nube volcánica ascendió hasta la estratosfera, acompañada por detonaciones colosales que pudieron oírse desde el centro de África hasta Escandinavia. El polvo que el aire arrastraba convirtió el día en noche, y probablemente alteró el clima en todo el mundo. A partir de ahí comenzó el rápido ocaso de la floreciente civilización Minoica. ¿Cuánta gente pudo morir?

Y podríamos mencionar la ira del Vesubio, cuando aquel 24 de Agosto del año 79 d. C. sepultó las ciudades de Pompeya y Herculano, enterrando bajo lava incandescente a miles de personas, la mayoría de sus ciudadanos.

Pero esto es solo un breve artículo, nada pretencioso. Relatar la historia completa de los “desastres” naturales habidos hasta la fecha, requeriría volúmenes, y ya se ocupan de eso las distintas disciplinas científicas.

Quiero decir, amigos, que la Tierra es un planeta vivo, dinámico, en movimiento incesante. Con increíbles tensiones constantes interiores y exteriores. Poderosas e indómitas fuerzas que se manifiestan continuamente en cualquier lugar del planeta. Piensen que la corteza terrestre es habitable, pero apenas es una delgada piel de una masa que tiene 12.000 kilómetros de diámetro y en cuyo núcleo central, las temperaturas rondan los 6.700º. Y esta dinámica es así desde su creación. Desde muchos millones de años antes de que apareciese la vida. Y lo seguirá siendo, hasta el día de su extinción.

¿Castigo de Dios? ¿La ira de Dios? Estoy convencido de que no. Pero dicho esto, y dado que el ser humano es el que más muertes ha producido a lo largo de la historia, y sigue produciendo, sí que es verdad que debemos pensar seriamente en el camino que lleva la Humanidad. Y sus negativas consecuencias en la población mundial, que nosotros mismos nos buscamos sin necesidad de desastres naturales.

Tal vez todo esto nos hable de la fragilidad y pequeñez del ser humano y nos conceda un poco de humildad.

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