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El folklórico independentismo español

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El folklórico independentismo español

Antonio García

No, no voy a comentar el “prucés”, que ya tiene bastantes glosadores y ocupa, cansinamente, demasiadas páginas de los periódicos. He tomado la decisión de no leer ni los titulares de prensa al respecto y esperar, paciente y aburrido al batacazo. No nos engañemos ni que nos engañen: la mayoría de los movimientos independentistas, si no todos, tienen un trasfondo de interés económico. Una serie de individuos, pertenecientes a la burguesía adinerada, que quieren la independencia de “su país”, para después medrar a costa de él. O sea, puro egoísmo y avaricia insolidaria. El independentista no nace, se hace. Se provoca, impulsa, alimenta… y de ahí la facilidad con que se fabrican independentismos en España de cuarenta años a esta parte. Tampoco es que sea un fenómeno reciente: ya en el siglo XVII don Gaspar Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, maquinó un golpe de Estado para conseguir la independencia de Andalucía respecto de la corona española, aprovechando la debilidad de Felipe IV. Intento de secesión que incluso fue apoyado por potencias extranjeras, ansiosas del oro de América que llegaba a España. Que esos, y no otros, fueron los motivos del duque.

Y de eso va hoy, del independentismo andaluz. Incluso tiene su día, al margen de la fiesta oficial: el 4 de Diciembre, en que celebraban manifestaciones autonomistas, aunque el día de Andalucía saben ustedes que ahora es el 28 de Febrero.

Los actuales –y pocos- nacionalistas andaluces dicen que pueden exhibir raíces aún más profundas de su “singularidad” que las de los catalanes o vascos. Y por otra parte, afirman que el atraso de su autonomía se debe a Madrid, o sea, a pertenecer al conjunto de la nación: Ehpaña “nos roba”, ozú, nosepuéaguantá. Sin caer en la cuenta de que llevan cuarenta años gobernados por el socialismo obrero español, de inocente mano y bolsillo de cristal, como bien se ha demostrado. Por lo que concluyen que la solución está en que se reconozca a Andalucía como nación. Que por cierto, incluiría Marruecos.

Pero como decía, está la cosa de las raíces esas que, hasta étnicamente les diferencian del resto de los íberos. Cuando la Transición, ya sonaron campanas andalucistas que pregonaban la ascendencia árabe de los andaluces, olvidándose totalmente de las huellas romanas y cristianas tan esenciales en su Historia.

Lo que hay que dejar claro, una vez más, es que jamás ha existido mestizaje como el protagonizado por los españoles tras su llegada a las Américas. Y en este caso, aún menos. Salvo excepciones, que siempre las hay, el poder moruno se dedicó a sus anchas a esclavizar y explotar a los cristianos que poblaban Al-Andalus. O todo lo menos, a tenerlos como ciudadanos de tercera pagando tributos. Las mujeres hispanas jugaron un papel importante… como esclavas sexuales en los harenes de los musulmanes pudientes.

Pero veamos algunos acontecimientos importantes que marcaron un antes y un después en aquellas tierras del sur peninsular. Tras la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212, en la que los almohades se llevaron las del pulpo a manos de las tropas cristianas comandadas por Alfonso VIII de Castilla, ambos bandos firmaron una tregua. Lo que dio tiempo a Fernando III el Santo a hacerse un hombrecico y decir <<aquí estoy yo>>. Hijo de Berenguela, reina de Castilla y de Alfonso IX de León, unificó ambos reinos y cuando los hubo pacificado, estuvo dispuesto a “bajarse al moro”, pero sin intención de fumar hachís. Este joven valor patrio, que a los dieciocho años fue coronado rey de Castilla, tras arreglar sus asuntos familiares y territoriales decidió que la morería debía largarse por donde había venido, y en unos cuantos años, de los 35 que su cabeza llevó corona, conquistó los reinos de Jaén, Córdoba, Sevilla y lo que quedaba de Extremadura. Además de otras acciones en el sureste y levante español. Bien pudo haber terminado la Reconquista 240 años antes, de no haber muerto. Por cierto, este fue el rey que ordenó restituir las campanas de Compostela –que estaban en Córdoba- a sus legítimos propietarios, que habían sido robadas en el año 998 por Almanzor, un yihadista de lo más bestia que ha parido madre.

Fue magnánimo el rey y, sin tomar mayores represalias decretó que todos los musulmanes abandonaran las tierras y ciudades conquistadas. Por lo que alguien se preguntará: entonces, ¿quedaron vacías ciudades tan grandes como Córdoba y Sevilla? Pues no. Y aquí está el quid de la cuestión: fueron repobladas íntegramente por gentes venidas del norte peninsular. Como en Murcia y tantos otros sitios. De manera que si un cordobés, por ejemplo, quisiera llegar hoy hasta el final de su árbol genealógico, debería de buscar en Castilla, León, Galicia, Cantabria, Vascongadas, Aragón… Y no en el norte de África ni en Arabia.

Pero hay que buscar raíces “diferenciadoras”. Como si en Galicia dijeran, y seguro que ya algunos lo dirán, que por sus venas corre la sangre de los Suevos, un pueblo del norte de Europa que en el año 406 cruzó los Pirineos y se asentó en Galicia. Y por tanto, ellos, los gallegos de hoy tienen derecho a su propio país independiente.

En fin amigos, no se de qué pasta estamos hechos, pero como esto siga así no les extrañe que repitamos en “este país” el episodio del Cantonalismo del siglo XIX. Porque en España, todos tenemos identidades que nos diferencia de los del pueblo de al lado. <<Coria se separa de Cáceres. Jerez de Cádiz. Utrera se independiza de Sevilla. Loja de Granada…, y así en Cataluña, Valencia, Alicante, Salamanca, etc. Y la insurrección de Cartagena, que se declara cantón independiente, y durante varios meses guerrea contra Madrid>>.

¡Señor, Señor, si los burros volaran…!

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