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Destruir sin conocer

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Destruir sin conocer

 

Antonio García

Se habrán dado ustedes cuenta de que hoy día no hay bicho viviente, a la Izquierda de Rajoy, que se lance a la política sin definirse a sí mismo como “progresista”. Los de Mariano también lo son, aunque no hagan suyo el término con la exclusividad y convicción que lo hacen “los otros”, que todo lo que hacen, absolutamente todo, lleva el marchamo de “progresismo”. Término recurrente en su estrategia publicitaria, acompañado siempre del amuleto “libertad”. Es una palabra que, a modo de talismán, encandila. Solo hay que pronunciarla y la masa aplaude, sin que nadie jamás se plantee lo que quiere decir.

Indaguemos un poco en los significados aceptados de nuestra hermosa lengua. Progresismo se define como el conjunto de ideas y doctrinas progresistas. Con lo cual nos quedamos igual que estábamos. Pero si damos un paso más, nos encontramos con que “progresista” es lo dicho de una persona o colectividad de ideas y actitudes avanzadas. Ya solo nos queda ver qué significa ésta última palabra: Avanzar es adelantar, mover o prolongar hacia delante. Dicho todo lo cual, podemos darnos con un canto en los dientes si alguien ha entendido algo. Porque todas estas definiciones, fáciles de comprender en el lenguaje y la vida común, no nos aclaran nada respecto al “progresismo” político. Cabría preguntarse, por ejemplo, si sería progresismo instaurar hoy un sistema comunista.

A mediados del siglo XIX apareció la expresión “Liberalismo progresista”, etiqueta que se adjudicaron muchos partidos políticos desde entonces. Sepamos que los términos “progresista” y “liberal” nacieron en España y pronto contagiaron el vocabulario político de todo el mundo. Pero no nos vamos a meter en estos enredos, porque la pregunta del millón es: avanzar, si, pero ¿hacia dónde? Indudablemente es un verbo que indica movimiento, en este caso “hacia delante”. Y sigo preguntándome: ¿pero hacia dónde? Porque puedo ponerme a caminar de frente hacia la vía del tren o hacia el borde de un precipicio…

Veamos de todas formas si podemos prosperar un poco, centrándonos en los caminos actuales que está siguiendo el progresismo. En Europa y creo que en USA parece que representa algo así como la <<Nueva Izquierda>>. Estas son sus posturas, sin entrar en detalle: financiamiento exclusivamente público, o sea, estatal de todos los servicios comunitarios (salud, educación, etc.). Legislaciones del aborto, que es eso que llaman, eufemísticamente, “interrupción voluntaria del embarazo”. Libertad sexual absoluta. Eutanasia. Laicismo galopante por imposición totalitaria. Feminismo, homosexualismo –desbocados- y, para dar una nota de color, ecologismo.

O está usted de acuerdo con todos esos “avances hacia delante”, o no es usted progresista. Y ya sabe lo mal visto que está hoy no serlo.

Y claro, como es fácil de entender, para conseguir todos esos plausibles y modernos objetivos, lo primero que hay que hacer, o al mismo tiempo, es destruir el sistema social y moral existente, tan arcaico y pasado de moda él. Pero dado que, por sentido común, solo debemos deshacernos de lo obsoleto, de lo que no le sirve al hombre, a la sociedad ni al Estado, surge una nueva pregunta: ¿está obsoleto e inservible todo lo que se está destruyendo o pretendiendo destruir? ¿Está fehacientemente comprobado que ciertas instituciones y valores en proceso de derribo resultan ya inútiles? A mi me parece que no. Estoy seguro que no. Y que el personal se engancha al carro, sin la más mínima reflexión o ápice de sentido común. Díganme ustedes si alguien en su sano juicio, en sus cabales, trataría de destruir una institución hasta que no comprueba plenamente que tal institución resulta obsoleta, desfasada, en desuso.

Pongamos dos ejemplos paradigmáticos de la “modernidad”. Uno es la familia. Afirmo sin ninguna clase de dudas que políticamente, todos los pasos que se están dando respecto a esta institución son torpedos dirigidos a la línea de flotación de las familias tradicionales. No consigo explicarme qué herencia de amor familiar y valores de la institución han recibido los políticos torpederos y sus huestes. Decía Chesterton al respecto, a principios del siglo XX: <<La combaten ciegamente, de un modo fortuito y oportunista; y son muchos los que la hundirían sin siquiera detenerse un momento a preguntarse por qué se instituyó… No saben lo que están haciendo, porque ignoran lo que están deshaciendo>>. Es decir, partimos de la ignorancia y la deshumanización. Pero y esto, ¿hacia dónde nos llevaría? Irremediablemente a la tutela del Estado. El todopoderoso Estado. El Estado controla, el Estado educa, el Estado impone… ¿Esto es progresismo?

Y otro ejemplo al que ya he hecho a veces alguna referencia: la Iglesia Católica. La única institución que desde su fundación milenaria, ha defendido la dignidad del ser humano. ¡La única! La única que ofrece respuestas a los interrogantes “vitales” del hombre, la única que da razón a la vocación de inmortalidad de la Humanidad. La única institución que, desde el principio, enseña lo que realmente son la libertad, la bondad, la justicia, la solidaridad, la igualdad verdadera. La única, en definitiva, que sabe hablar de amor, porque ese fue el mandamiento supremo de Su fundador. Ninguna institución ha aportado tanto a la Humanidad. Jamás. ¿La conocen?

Y digo más, para que piensen los no creyentes: aunque Dios solo fuese una utopía, ¿qué otra utopía inventada por el hombre se puede ni siquiera comparar al mensaje del Evangelio? Les reto a todos a que me respondan. Pero claro, comprender esto requiere interés, humildad y esfuerzo. Es mucho más fácil destruir sin conocer. Sin pensar. Y hasta odiar sin ni siquiera saber por qué.

No queda espacio para comentar más e intentar ilustrar todas las propuestas del “avance”. Pero ese es el camino del progresismo moderno.

Les invito a todos ustedes a preguntárselo: ¿Hacia dónde nos lleva?

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