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Decir adiós…

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Decir adiós…

Sol Sánchez

La vida está llena de situaciones fáciles y otras complicadas. En nuestra cultura y forma de vida, estamos acostumbrados a querer vivir, nunca a desear y elegir morir.

Con los años he hecho mucho hincapié en convertir la vejez en algo “dulce”. Raro es encontrar alguno de mis relatos en los que no aparezca la figura de un anciano. No veo el mundo sin ellos, sin sus historias, los surcos de su rostro y esa espiritualidad que en ellos alberga.

Siempre que pienso en la vejez, me veo junto a una chimenea, escribiendo cuentos. Me veo con cierta plenitud en el corazón. ¡Me veo feliz!

Pero en la vida, no siempre caminamos por un camino de sueños, a veces tampoco de rosas. Los días no siempre son como queremos, ni las circunstancias. La realidad se deja sentir, los relojes no se detienen, y si lo hacen es porque están rotos y cansados. Porque ya no volverán a funcionar.

En mi última visita a Hellín, una mañana mientras me tomaba un café, me llegó un mensaje de wassap. Una amiga me enviaba uno de esos pequeños cuentos filosóficos que andan por Internet. Hablaba de la esperanza y decía: “”Esperanza” es acostarnos cada noche sin saber si nos levantaremos, y aún así, ponemos el despertador”. Me hizo pensar. Y curiosamente durante el día me crucé con personas muy mayores…, cuyas expresiones en sus rostros me indicaban que si pudieran elegir, es probable que no pusieran ese despertador.

El martes una noticia saltó en todos los periódicos suizos: un hombre de ciento cuatro años nacido en Australia volaba hasta este país para recibir el “suicidio asistido”. Había sido científico y en su último cumpleaños le pidió a la familia que respetara su decisión de morir. El miércoles llegó a Suiza y con una sonrisa que todo lo llenaba, se puso frente a los periodistas y cualquier persona que quiso ir a verlo. Contó que no tenía ninguna enfermedad. Contó que había tenido una caída, no hacía mucho y a partir de ese momento empezó a notar su declive al no poder moverse con normalidad. Contó que la vista ya no le permitía ver bien, que su oído no le funcionaba…, contó que le gustaría hacer muchas cosas en la vida, pero que no le importaba ya dejarlas inconclusas.

Hoy jueves a las doce y media de la mañana, él mismo se ha inyectado un medicamento mortal, en un suicidio asistido, que lo ha dejado plácidamente dormido en el sueño eterno.

Hoy en Suiza el cielo está cubierto de nubes grises y no deja de llover.

Hoy he mirado de vez en cuando a ver si algún pájaro sobrevolaba este pequeño espacio en el que me encuentro…, un ave que me dejara estelas de sueños al pasar.

Hoy he deseado con todas mis fuerzas que ocurriera una señal.

Pero nada he visto, excepto sentir cierta tristeza y a la vez pensar, que la vida, el hoy, este presente es lo único que tenemos y por lo que hay que apostar.

Adiós David Goodall. Espero que su esencia anide en estos profundos bosques.

Su proeza nos dice que todo empieza y todo tiene un final. Que debemos conseguir una vida plena. Que debemos aprender y amar. Que los momentos cuentan y los sueños deben perseguirse hasta ese final. Que no dejemos pasar los días y las horas vacías.

Su valentía nos enseña que somos dueños de nuestra propia vida, que debemos decidir cómo y hasta cuándo. Que somos los encargados de poner o no poner el despertador para volver, o no volver a despertar.

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