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Cuentos de Hellín (Pasaba la vida…)

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Cuentos de Hellín (Pasaba la vida…)

Por Sol Sánchez

Dolores acababa de sentarse junto a la ventana en el interior de una casa grande, situada frente a la entrada de la Ermita del Rosario. Ventanas de rejas negras que llegaban hasta el suelo. Allí había vivido durante toda su vida, en aquella casa heredada de sus padres. A sus sesenta años, seguía haciendo las mismas cosas de siempre: faenaba la casa, preparaba sus guisos, y a las tres de la tarde se sentaba sobre su malgastada silla de anea para zurcir calcetines y bordar a mano sobre un bastidor, mientras las horas, los días y los meses le iban pasando de largo.

Pepe era su marido. Llegaba más o menos a la misma hora, arrastrando su vieja bicicleta con cadena oxidada. Cada mañana iba a la Laguna de los Patos a recoger las raíces del “palilú”. Aquella tarde a través de los cristales Dolores lo vio venir, con una espuerta llena, atada al sillín de la bicicleta.

Pepe dejó caer la bici sobre la pared, junto a las cuerdas con ropa tendida, lugar en el que se secaba pronto con el calor del verano y se quedaba “tiesa” en los inviernos.

-Pepe, hijo… -le dijo la mujer desde la salita-. ¿Cómo te has “aviao” hoy en las escuelas?

-¡Pos bien mujer! -contestó el hombre-. He “vendio” cincuenta pesetas en la puerta del colegio Isabel La Católica.

-¡Ay, madre mía de mi vida! ¡Eso no es na de na! Ya me dirás cómo me las gobierno yo…, pa pagar al Polonio lo que le debo y en ninguna tienda me van a fiar más. Hasta Don Miguel Picazo el maestro de música, me ha dicho que no le lleve más zapatos pa arreglar, sin pagarle antes los veinte duros que ya le debo.

Dejó sobre la mesa el huevo de madera con el que zurcía, y se fue hasta la cocina en la que Pepe bebía algo de agua del botijo y a la vez cogía una fritilla de la panáera.

-¿Y por qué no vas a vender el “palilú” a la puerta del colegio de las Monjas? Sabes que allí van las niñas de familias bien, y seguro que vendes mucho más.

Era verdad. En la puerta de aquel colegio vendía más. Pero a él le gustaba Isabel La Católica porque allí estaba Filomena, la conserje. Una mujer a punto de jubilarse. Una hellinera esbelta, guapa y educada que jamás se casó porque no encontró al amor de su vida. Cada tarde se preocupaba de poner en fila a las niñas, mientras que Pepe contemplándola, se dejaba llevar por aquella brisa del amor que nunca antes había sentido. Allí se quedaba hasta el último de los instantes…, momento en el que Filomena cerraba la verja con un candado, dejándole la melodía de su voz con un correcto: “Buenas tardes”, volviendo rápidamente a sus tareas del colegio.

Pepe agarraba la bicicleta y caminaba rodeando la muralla del jardín, observando el contorno de las nubes. Pasaba junto a las puertas del Levante, mirando las fotos de la cartelera de cine. Imágenes en las que los protagonistas sellaban su amor con un beso. Seguía calle arriba hasta ver la Parroquia, perdiéndose por el callejón de la sacristía, parando bajo el Arco del Salvador.

Allí desde un pequeño bar, un hellinero octogenario al que llamaban “el ciego” porque a causa de los estragos de una bomba perdió la visión en la guerra civil, arrancaba acordes a una vieja guitarra entonando canciones de Antonio Machín. Allí Pepe lloraba en silencio su amor frustrado y marchito. Lloraba lo que no pudo ser.

Lo habían casado con Dolores, su prima hermana. En tiempos de hambre y desamor. Cincuenta años llevaban juntos sin caricias, ni arrumacos.

Así transitaba la vida en el Hellin de viejas y dormidas décadas en las que Dolores bordaba sobre el bastidor entre suspiros de aires ajenos. Mirando a través de los cristales a los vecinos del Pueblo que entraban y salían del Rosario. En una vida que se iba, sin más.

Pepe maldecía ese encierro espiritual en el que le había tocado vivir. Entrañas en las que albergaban los acordes del amor y se apagaba el fuego de una pasión cada mediodía.

Días en las que Filomena veía jugar a las niñas en el patio, les ataba los cordones de los zapatos y a escondidas leía algún poema de Pablo Neruda.

Horas en las que en Hellín la vida pasó de largo, en medio de los sonidos de una vieja guitarra entre canciones de Antonio Machín.

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