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Camino del Nobel

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Camino del Nobel

El Espectador

Durante las últimas semanas han sido muchas las noticias que llegaban a través de la medios de comunicación sobre los nuevos logros que el equipo que encabeza el investigador hellinero, Juan Carlos Izpisúa Belmonte, estaba consiguiendo con el trabajo que realizan en el Instituto Salk de San Diego (EE.UU).

La última fue a través del diario El País del pasado martes, día 22, en una interesante sección titulada “Yo estuve allí…” que firma Nacho Carretero, donde en la introducción, señala a Hellín como lugar de nacimiento, y significa su puesto de trabajo en el centro de estudios biológicos más importante del mundo, el Laboratorio de Expresión Genética, donde ejerce su cátedra desde 1993.

Asimismo hace mención a una de esas últimas veces que fue noticia el investigador hellinero a principios del mes de agosto, cuando todos los medios de comunicación, se hicieron eco de uno de los avances científicos, calificado como de los más importantes de la última década, al lograr, junto a otros científicos, corregir copias de genes erróneos en embriones humanos, con el fin de evitar el desarrollo de enfermedades hereditarias.

En esta entrevista Juan Carlos se explicaba así: “La vida en nuestro planeta se forma por la combinación de cuatro letras, ACGT. Una célula humana tiene alrededor de 3.200 millones de letras. Errores mínimos en el alfabeto de una célula dan lugar a enfermedades, algunas de ellas incompatibles con la vida. Lo que hemos hecho es simplemente corregir un error de cuatro letras mal escritas en una célula y con ello eliminar una enfermedad congénita del corazón que es la mayor causa de muerte súbita en humanos”.

Más adelante el investigador hellinero continuaba intentando frenar la posible euforia que podía haber desatado la noticia remarcada por la sencillez de sus primeras palabras.

“Nuestro estudio demuestra potencialidad. Sugiere que, a largo plazo, algunas enfermedades trasmitidas genéticamente podrían prevenirse e incluso ser erradicadas. Pero necesitamos seguir trabajando y realizar otros muchos estudios en el laboratorio de investigación básica y aprender infinitamente más antes de trasladar estos conocimientos al paciente y a la clínica cotidiana”.

También como señala el propio entrevistador, Izpisúa Belmonte, sabedor de la polémica levantada ponía cordura en sus siguientes palabras:
“He leído artículos que afirman que este avance nos llevará a un mundo libre de enfermedades. Otros, en el extremo opuesto, aseguran que estos estudios harán de la eugenesia y la creación de seres superiores –física e intelectualmente- algo cotidiano. Exageraciones y fantasías carentes de la mínima lógica. Ni lo uno ni lo otro. Estoy absolutamente convencido de que profundizar en estas primeras investigaciones va a permitir en el futuro paliar la trasmisión de algunas enfermedades congénitas, pero ello nunca será la panacea para la eliminación de todas las enfermedades. Respecto a la mejora física o intelectual pongamos un ejemplo: la altura de un ser humano se estima que está determinada por alrededor de más de 100.000 variantes genéticas. Nuestro conocimiento actual, tanto conceptual como técnico, es tan limitado que ni siquiera podemos imaginar la posibilidad de editar todas esas variantes y diseñar la altura de una persona”.

También Juan Carlos quiso salir al paso de los que han dudado de la ética de estas investigaciones sobre la genética en las células humanas al asegurar que se tiene que ser extremadamente cauteloso con cualquier modificación genética: “Estoy absolutamente en contra de cualquier modificación distinta a la prevención o tratamiento de la enfermedad. Pero tampoco comparto la opinión de quienes se oponen de raíz, argumentando que la investigación y el conocimiento derivados de la misma son contrarios a la vida misma. Lo que este estudio demuestra es precisamente lo contrario. Permitiría que aquellos embriones que el médico descarta para su implantación en el útero materno debido a mutaciones genéticas, puedan corregirse y, por tanto, ser implantados y generar un bebé sano. Es decir, avances como este permiten la vida y corrigen enfermedades”.

Sus últimas palabras reflejadas en esta entrevista eran concluyentes: “De todas formas, mi opinión o la de ellos son irrelevantes. La historia nos demuestra una y otras vez que, con el tiempo, nuestros baremos éticos y morales cambian y mutan, como nuestro ADN, y lo que ayer era éticamente inaceptable, si ello supone realmente un avance para el progreso de la humanidad, hoy ya forman parte esencial de nuestras vidas”.

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