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Breve tratado sobre el garbanzo

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Breve tratado sobre el garbanzo

Antonio García

Quisiera traer hoy a colación un tema que, si bien no parece tener importancia, considero de sumo interés para mis bien amados lectores. Aunque si alguien es demasiado supersticioso, que no lea este artículo, cuya única pretensión es ilustrar a mis amigos sobre la historia de una leguminosa que, de una u otra forma, o por uno u otro efecto no deja indiferente a nadie.

Como introducción diremos que la Cicer arietinum es una leguminosa de aproximadamente 50 cm de altura, con flores blancas o violetas que desarrollan una vaina en cuyo interior se encontrarán 2 ó 3 semillas como máximo. Legumbre con importantes cualidades culinarias y nutritivas. Introducción ésta que no viene a cuento y que además resulta de un cursi subido. Pero ahí queda.

Empezaré diciendo que, a pesar de la mala fama del garbanzo negro, se tiene por buena señal que a uno le toque en el plato de cocido uno de ese color. Pero como en todo lo humano, también en esto hay controversia, pues muchos lo consideran indicio de mala sombra. De manera que cada lector opine, de acuerdo a sus fobias particulares.

Ya sabemos lo voluble que es la condición humana, pero en términos generales da suerte encontrar un garbanzo, negro o no, en un plato donde no estaba prevista su presencia, pues es de menester convenir que es un hecho altamente insólito.

En el folclore castellano, muchos cantares populares hacen alusión al temor de las muchachas a comer un garbanzo negro; creen que si lo hacen se enfadará con ellas el novio. Creencia relacionada con la reputación de esta inocente legumbre de despertar el deseo sexual. Entiéndase que esta creencia pertenece a otra época muy anterior a la nuestra, pues si ello fuese verdad, más de una dama de nuestro actual mundo hedonista procuraría su presencia solapada en la dieta del varón de sus intereses.

El médico de nuestro rey y emperador Carlos V aseguraba que eran buenos en la edad madura, como igualmente servían para aguzar el ingenio de los rudos y zotes. Convenientes aplicaciones éstas que, habremos de convenir, conllevaban una bienintencionada finalidad.

En la medicina supersticiosa o fantástica de la antigüedad –que en diversas formas perdura hasta nuestros días- el garbanzo tuvo un abundante empleo. En el siglo I contaba el naturalista Plinio: <<Cada verruga tocada con un garbanzo el primer día de luna nueva, desaparece si se envuelve el garbanzo en un retalito de lino y lo lanzamos con fuerza por encima del hombro>>. Obsérvese que en aquellos tiempos no existían los intereses de la actual industria farmacéutica, y la curación de muchos desarreglos estaba al alcance de cualquiera.

En 1513, Gonzalo de Herrera decía en su “Obra de Agricultura” que el garbanzo <<acrecienta la sangre, y son de grande sustancia y mantenimiento>>. De hecho, los antiguos creyeron que el caldo de su cocimiento estimulaba la producción leche en las paridas, a la vez que provoca el menstruo en las mujeres a las que se le retarda, y en el hombre facilita la orina. Se recetó en Roma para tratar las piedras en vejiga y riñones; también para los sarnosos, que lavándose con el agua de cocer garbanzos quedaban sanos. Los cantantes lo tomaban en infusión para aclarar la voz, y los acatarrados creían que el agua donde hubieran hervido garbanzos aliviaba los pulmones. Se cree también que colocar tres garbanzos bajo la almohada en noche de plenilunio proporciona novio a la muchacha que lo desea. Incluso Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, alude a los garbanzos -allá por el siglo XIV- en su obra “Libro de Buen Amor”, considera una de las más importantes de la literatura medieval española.
Y hasta aquí, resumidamente, es lo que se encuentra sobre el garbanzo en la bibliografía científica e histórica de la antigüedad, y que hemos podido indagar a conciencia.

Pero se hace necesario decir que, según más recientes documentos, el garbanzo guarda otras propiedades, de todos conocidas, como responsable de los más variados estados de ánimo. Pues sus efectos fisiológicos producen desde la hilaridad desternillante hasta el cabreo mayúsculo, según la ocasión, el ambiente y la oportunidad en que se manifiestan. Incluso a veces, dentro de un mismo escenario, provoca división de opiniones, como ocurrió en el Senado español cuando –según cuentan- don Camilo José Cela, a la sazón senador, dio libertad a un cierto apretón intestinal en el preciso momento en que sus Señorías debatían algo trascendente para los destinos de la patria. Pero el pobre don Camilo se ha quedado con el sambenito, cuando es sabido que de continuo en las Cámaras españolas, en particular el Parlament Catalá, el hedor es asfixiante cuando se encuentran en ellas los políticos usufructuarios. ¿Comerán garbanzos antes de cada sesión?, me pregunto, debido a las continuas y pestilentes flatulencias que sueltan por sus bocas.

En cuanto al espécimen denominado “garbanzo negro”, su presencia es más frecuente de lo que a simple vista se cree, pues dicen los estudios realizados que en todas las familias, desde tiempos inmemoriales se encuentra al menos uno.

Espero pues que estas humildes ilustraciones les sirvan para comprender la importancia del garbanzo en nuestras vidas, y la consideración y el respeto que sin duda se merece.

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